Polvos ilegales, agarres malditos (XXVI)

Fernando Morote

SenO II

—No es fácil vivir entre un grupo de personas que tienen un concepto diametralmente diferente de la vida. En especial si esas personas son tu propia familia.

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Rodearon la calle de las pizzas y avanzaron varios metros por una transversal de Diagonal. Mateo disminuyó la velocidad del antiguo Oldsmobile de su papá.

—Ahí es —dijo Judas, señalando el balcón de un segundo piso en la acera de enfrente.

Cristóbal Duarte, su viejo amigo, salió a recibirlos. Tomó a Judas por el cuello y le dio un beso en la mejilla.

—Te presento a Mateo Carranza —dijo Judas.

—Mucho gusto. Sírvanse lo que quieran, muchachos. La casa es suya.

Sobre una mesita esquinera brillaban pequeños platos de porcelana azul llenos de coca. Pinturas cubistas y afiches de clásicos de Hollywood resaltaban en la tenue iluminación interior. Una guapa morena con extraño peinado en forma de tirabuzón, que hacía recordar exóticas copas de helado, abordó a Mateo.

—¿Quieres escuchar música clásica? —le preguntó.

Judas se dirigió al baño. La morena cogió a Mateo de la mano y lo llevó hasta el equipo de sonido.

—Escucha esto —le dijo.

A Mateo se le salían los ojos por ver lo que había debajo de ese estrecho vestido negro. —¡Oye! ¡Ésos son los Rolling

Stones! —exclamó.

—Exacto.

—¿No dijiste música clásica?

—Toda la música inmortal es clásica.

Judas regresó del baño y se ubicó al otro extremo de la sala para contemplar el panorama. Bebió un trago largo de vodka. Se sentía preparado. Empezó a buscarla con la mirada. Lo impresionó una elegante mujer, que fácilmente podría tener unos sesenta años, pero conservaba intacta lo que años atrás había sido seguramente una figura despampanante. Mateo apareció de repente por detrás. Estaba ya ebrio. Había logrado zafarse por un instante de su profesora de música.

—Señor, disculpe —le dijo a Judas, imitando un micrófono con su puño derecho—, estamos haciendo una encuesta. Díganos, ¿qué le pediría usted al Señor de los Milagros?

—Que todos los días salga el sol —respondió Judas, y saltó empujado por un golpe de hipo.

—¡Salud por eso! —Mateo chocó el vaso de Judas con el suyo.

—Vamos a la cocina a conseguir más trago.

—¿Ya encontraste a la hembrita que anda preguntando por ti? —dijo Mateo.

—¿Quién es?

—No sé. Llegó recién. Está en el balcón con unos compadres. Anda a buscarla. Tiene ricas tetas.

Judas se preguntó si sería ella. Había venido a la fiesta sólo para verla. Cuando la conoció no le pareció más que una niña mimada. Pronto se le hizo antipática porque provenía de la acaudalada familia González-Orbegozo Ruiz Huidobro de Trujillo y llegaba a clases con su chofer. Pero había descubierto que cuanto más desprecio le provocaba una mujer, más la deseaba.

Buscó un espejo y se acicaló un poco. Entonces la vio en el balcón. Lucía era el centro de atracción. La escuchó reír con estridencia. Y ella, mientras se llevaba un sorbo de cerveza a los labios, lo sorprendió espiándola. Mateo irrumpió una vez más detrás de él.

—Y ahora, ¿por qué tan callado?

—No estoy callado. Estoy esperando. Ya la vi.

Lucía se acercó de improviso.

—¿Te pasa algo, Judas? ¿Por qué no me saludas?

Mateo dedujo rápidamente que, dadas las circunstancias, su presencia estorbaba. Antes de irse fingió llorar en el oído de su amigo: “Las mujeres destruyen la amistad entre los hombres; no porque sean un elemento maligno sino porque no tienen nada entre las piernas” y descargó una carcajada convulsiva.

—Ya nos saludamos con la mirada hace un momento —contestó Judas, secamente— ¿No te diste cuenta?

Lucía jugó con su vaso, haciéndolo rotar como un tiovivo.

—Escuché lo que dijo tu amigo. A mí, en cambio, me parece que los intelectuales se masturban porque aman en silencio.

El movimiento del vaso de Lucía producía un efecto hipnotizador en Judas. Empezó a sentir que todo lo demás tambiéngiraba frente a sus ojos. Se disculpó para ir al baño. Cuandoregresó, deambuló varios minutos por el departamento, buscándola.Decidió ir por otro trago. Lucía esperaba escondida tras la puerta de la cocina. Cuando Judas entró, ella le salió al pasocomo un atracador callejero.

—¿Quieres tomar un poco de aire?

Judas estaba animándose a hablar un poco más, el fresco de la noche lo edificaba, así que la siguió al patio de la lavandería. Lucía tomó un atajo. Dejó su vaso sobre la tapa de una canasta de mimbre y se abrió la blusa. No tenía sostén. Sus senos cayeron como máscaras de oxígeno en una emergencia aérea. Transcurrieron unos segundos. Ante la exasperante pasividad de

Judas, protestó con voz desafiante:

—¿No te causan ningún efecto las mujeres desnudas?

—Yo diría que sí —contestó Judas, totalmente relajado—.

—¿Acaso no te gustan mis pechos?

Judas se cogió el mentón. No era en absoluto un observador mediocre.

—Son preciosos —opinó.

—¿Quieres tocarlos?

Judas escuchó unas risas contenidas detrás de él. Volteó para indagar. Reconoció las cejas y los dedos de Mateo, agazapado tras el repostero.

—No, gracias.

Lucía González Orbegoso-Ruiz Huidobro desapareció clandestinamente de la escena al despuntar el alba, sin que Judas le besara las tetas, o le hiciera algo más, según era su deseo. Judas, por su lado, abandonó la casa de Cristóbal Duarte a bordo del antiguo Oldsmobile conducido por su amigo Mateo Carranza, paladeando el exquisito gusto de la venganza sellada.

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