Polvos ilegales, agarres malditos (XXV)

Fernando Morote

Pies II

—Mis amigos son adorables, hasta que se ponen a hablar de sexo. En ese momento se convierten en los seres más detestables sobre la tierra. Porque me recuerdan la cantidad de mujeres que deseo y que no puedo tener. Muchas de las cuales ellos se han levantado con extrema facilidad.

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Lo último que recordaba, antes de perder el conocimiento, era estar apurado pero sin saber adónde iba. A la mañana siguiente sintió que alguien le refregaba los genitales.

—Oye compadre, levántate.

Judas reconoció una sombra encima de él.

—¿Qué?
—Levántate —insistió el muchacho, un tipo joven y delgado, vestido con uniforme de trabajo— Es tarde ya. Todo el mundo te va a ver aquí tirado.

Judas entró lentamente en conciencia. Sentía la espalda destrozada. Alzó el cuello. Sus pies sólo calzaban unas asquerosas medias blancas de lana. “Mis zapatillas”, pensó. Se incorporó a duras penas. Comprobó que estaba meado y cagado por todas partes. Palpó sus bolsillos.

—Parece que alguien te robó, hermano —le dijo el muchacho.

Judas esbozó una sonrisa denotando lo obvio del comentario. “Maricón de mierda”, pensó.

El muchacho lo ayudó a ponerse de pie y sacudir el polvo de su ropa. No dejó pasar la oportunidad de palmotearle nuevamente el sexo. La luz roja del semáforo detuvo un ómnibus frente a ellos. Los escasos pasajeros de esa típica mañana dominical observaron la escena con desaprobación. Judas se sintió abochornado.

—Si pudiera, me quedaría para ayudarte más —dijo el muchacho, mirándole con pena las medias— Pero tengo que irme. Buena suerte, amigo.
—Gracias —contestó Judas— Yo me las arreglo.

Con el rostro demacrado y el pelo resinoso, cruzó el puente de la Vía Expresa y empezó a caminar sin zapatos por plena avenida Benavides. El pantalón manchado de orines y excremento le volvía imposible la tarea de disimular su estado. Frente al Parque Reducto estiró la mano para detener un taxi. El chofer pegó su auto a la vereda, pero cuando Judas se asomó a la ventana partió a la carrera sin darle oportunidad de abrir la boca. Otros taxistas ni siquiera hicieron el intento de responder a su llamado. Resignado, cubrió un trayecto de casi treinta cuadras tratando de esconder los pies hasta llegar a su casa. Desmoralizado y culpable, lavó su ropa antes de que su mamá volviera de la misa de ocho. Recordó que su nombre en hebreo significaba “Alabanzas sean dadas a Dios”.

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