Cuando Emilio regrese

Adriana Lisnovsky

Anciana

Le di mi teléfono al peluquero para que viniera a peinarme. No me llamó. ¡Qué desfachatado! Después llegó esa mujer que dice que es mi hija (¡pobrecita, está loca!) y me dijo que ése era el número de Adrogué, que hacía más de treinta años que yo no vivía en aquella casa. ¡Me da tanta lástima esa chica! Yo no la quiero contradecir, pero ¡si somos casi de la misma edad! Debe tener algún problema psicológico, me habla de nietos, dice que me extrañan. A veces llora. No es por menospreciar, pero el día que tenga una hija, a ella no se va a parecer. Además, todavía no está en nuestros planes la paternidad. Queremos viajar, disfrutar un poco. Yo, volver a París; mi marido, hacer un safari por África. Es un poco extravagante, pero ¡lo quiero tanto! Pero esta chica que insiste  (a veces viene dos veces por semana) ¡es una persona tan vulgar! Con ese pelo llovido, nada de arreglo, y una espantosa combinación de colores y pantalones que se parecen a los del jardinero de la casa de Adrogué, tan poco femenina. Me cuenta cosas que no me interesan, como que trabaja todo el día, que la plata no le alcanza, que el hijo más chico empezó primer grado. Yo me veo obligada a seguirle la corriente. Fui educada en la caridad cristiana y una pobre criatura desequilibrada me inspira piedad, aunque no pertenezca a mi clase social. ¿Qué va ser de ella cuando me vaya del hotel? En unos pocos días regresa Emilio de Europa y nos volvemos a la quinta. Mientras él no está, yo prefiero este lugar, no quiero lidiar con tanto personal de servicio sola. Él, con su temperamento, en seguida los pone en vereda. Yo soy más blanda y hacen lo que quieren. Emilio siempre me dice: A esta gente hay que tratarla con mano dura. Déjamelos a mí, que te los hago andar derechitos. Y sí, Emilio está acostumbrado a tratar con ese tipo de gente, si no tuviera carácter, los obreros se le subirían a la cabeza. Pero hay que nacer con voz de mando y a él por suerte le sobra.

Las personas que están en el hotel tampoco son de nuestra clase social. No entiendo cómo un lugar que fue de tanta categoría, esté tan venido a menos y acepte este tipo de huéspedes. Yo trato de no hablarles, no más que los buenos días o buenas noches. Juegan todo el día a las cartas o algo que llaman bingo. ¡Qué horror! Jamás vi a nadie acercarse al piano o con un libro entre las manos. ¡Qué tiempos vivimos, una crisis cultural espantosa! Espero no cruzarme con ningún conocido, aunque en esta época del año ya habrán partido hacia Europa. Nuestras amistades sí que tienen nivel. Hasta el nombre del hotel es decadente “El descanso”. Yo conozco el Alvear, el Ritz y muchos más que son una monada. Aquí, incluso el personal de limpieza es estrafalario. Visten un uniforme parecido al de las enfermeras y a la noche se empeñan en acompañar a los huéspedes a la habitación, hasta que se acuestan. Yo debo cepillarme el pelo, ponerme mis cremas, mi bata de seda (me la trajo Emilio de Roma). Y ellas se quedan ahí paradas, con gesto impaciente. Cuando me acuesto y tomo mi libro, me dicen: Bueno abuelita, no se quede hasta muy tarde. Pero ¡qué impertinencia es ésa! ¡Malos modales! ¡Si algunas me doblan en edad! ¿No ven mi piel, mi cabello, mi porte? ¿Será un nuevo modismo de las clases bajas llamar abuelita a las personas que sirven? Si es lo que dice Emilio. En este país hay un abismo cultural entre la clase baja y la gente como uno.

La chica rara viene más seguido. A veces no habla; sólo me toma las manos y llora. Le recomendé un producto francés excelente. ¡Es increíble la aspereza de sus manos! No me dijo si lo compraría. Yo siempre le sigo la corriente. ¡Tan perturbada la pobrecita!

Ayer me dio lástima su insistencia y le pregunté dónde vivía. Me dijo que en el barrio de Boedo, en un departamentito de dos ambientes. Y son cinco. Tiene tres hijos. Pobre gente. Vino con un hombre que vestía unos espantosos pantalones iguales a los de ella. De un azul desteñido y tela rústica. Él también parecía enfermo. Me decía que si don Emilio estuviera…, pero qué le va a hacer la vida  es así. Bueno, por lo menos es ubicado, lo de “don” fue muy acertado para un arquitecto de la talla de mi marido. Debe ser empleado suyo. Por mi educación basada en la caridad cristiana tuve un rapto de empatía con esta gente y les dije que, cuando volviera Emilio de Europa, los llevaríamos a la quinta, les daríamos el chalecito del jardinero y, si querían, se podrían quedar trabajando. Una casa tan grande cada vez demanda más personal. Además, ya es la época de poda de los rosales. La chica, extraña, me dijo:

 – Bueno, mamá. Vamos a ir a la quinta con vos.

   De alguna manera tengo que hacerle entender que está enferma. Tal vez le busque un buen psiquiatra. Y agregué para que me tomase confianza:

– Podés llamarme Tere, querida. Todas mis amigas lo hacen.

Me dijo:

– Bueno, Tere. Gracias.

Y me tomó las manos. Encontré las suyas más ásperas que la otra vez. Evidentemente no había comprado la crema francesa que le recomendé.

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