Polvos ilegales, agarres malditos (XXIV)

Fernando Morote

Almohada III

—Mi mujer asegura que no me costaría ningún trabajo hacer un retiro de silencio.
—Tiene razón. A veces llegas a creerte la mentira de que “sufres mucho porque amas demasiado”. Lo cierto es que “te aturdes demasiado porque te obsesionas mucho”

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Como resultado de los inevitables desacomodos, Judas fue a parar al dormitorio que ocupaba cuando era adolescente, donde su mamá había colocado un par de camarotes para hospedar a los visitantes. La última vez que Patsy estuvo en la casa era aún una niña flacuchenta y arrogante. Ahora tenía los pechos crecidos y una figura de barbie. Viniendo de Nueva York, Judas pensaba que su prima podía usar un pijama más sugestivo, pero se trataba de un insulso conjunto beige de dos piezas. Mientras esperaba que llegara Edmundo, el hijo de su tía Rosalía, cavilaba acerca de cómo iniciar una conversación divertida con Patsy. Imaginó qué podría interesarle. ¿Era mejor hacerle una pregunta o resultaría más apropiado contarle algo? Su sensación de salir expectorado a la primera palabra que pronunciara lo acechaba constantemente y, en la mayoría de las ocasiones, lo convencía de abandonar la empresa antes de iniciarla. Edmundo, en cambio, sí que sabía envolver a las chicas diciéndoles cosas audaces. A ellas no les importaba realmente lo que un muchacho guapo les dijera; les bastaba con que fuera guapo.

Desde su posición observaba la luz que venía del jardín. El ingreso de su primo al cuarto lo regresó a la realidad. Contuvo la respiración. Cerró los ojos. Tenía el techo muy cerca de su cabeza. Sintió una opresión en todo su cuerpo. Poco después escuchó unos cuchicheos. Abrió los ojos. Aguzó el oído. Risitas ahogadas. Creía que Patsy estaba ya dormida. Un tono de voz más grave le reveló que Edmundo había entrado en acción. Reconoció una sombra saltando rauda de una cama a otra. Al rato un temblor estremeció su camarote. No era una sacudida fuerte, como la que hace alguien en busca de una postura más cómoda para dormir. Se trataba de una ondulación suave, cadenciosa. Las risitas traviesas otra vez. El ritmo crecía en intensidad, pero al mismo tiempo en sigilo. Momentos después quedó suspendido como sobre los rieles de un tren corriendo a toda velocidad. Volvió a cerrar los ojos y se obligó a dormir. No quiso asomar la cabeza para ver qué estaba pasando abajo.

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