Polvos ilegales, agarres malditos (XXIII)

Fernando Morote

Oficina II

—Le doy gracias a Dios por mi mujer. Es el mejor regalo que me ha podido hacer. Sólo a su lado llego a ser el que verdaderamente soy. Ése es el poder que tiene ella en mi vida. Y cuando le hago el amor, muy aparte del placer carnal, siento que crezco espiritualmente.

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—¡Yo llegué primero! —dijo.
—Espero que esta vez pongas pestillo —acotó Judas, recordando aquella ocasión cuando la sorprendió orinando en el baño de la oficina.

Destino se había tomado ya varios pisco sours, se reía a carcajadas, hacía bromas pícaras, cruzaba las piernas de un modo provocador, se echaba para atrás en el sillón y dejaba ver su calzoncito rojo mientras conversaba animadamente con los demás.

Judas la empotró en la pared como si estuviera intentando derribar el Muro de Berlín. Tan discreta y recatada en la oficina, Destino de pronto se desenvolvía como una profesional. En el fragor del combate, se refugió apresurada en el baño. Judas quedó acribillado por una duda existencial. ¿Entraba de golpe o esperaba? Al cabo de un breve, aunque intenso intervalo de cuidadosa consideración, giró la perilla de la puerta. La parte posterior de Destino, redonda como un durazno en almíbar, apuntaba directo a su cara. Se detuvo un minuto observándola. Estaba inclinada en el water, tratando de arrojar.

—¿Te sientes mal? —le preguntó —¿Por qué no me dijiste?

Destino meneó la cabeza. Judas la llevó del brazo hasta el lavatorio. Consiguió un vaso en el botiquín y le sirvió un poco de agua.

—Toma esto —le dijo— Te refrescará.

Con pulso tembloroso, Destino bebió un sorbo. Al hacerlo, un chorrito rodó hasta su pecho. Judas, solícito, la secó manoseándole con desparpajo los senos.

—¿Mejor, Destinito?

La charapita tenía un gesto amargo en la boca. Contestó que sí con la cabeza, pero casi se dio un trancazo contra la mayólica. Empezó a vomitar a cántaros. Otra duda existencial sobrevino al espíritu de Judas. El espectáculo era imposible de desatender. En silencio retrocedió brevemente y con mucho cuidado, desde una de las puntas, le levantó la falda. Emergió una pierna, blanquísima, luego la otra, carnosa, y arriba de ambas los dos mofletes perfectamente dibujados y la rayita divina. Un fino surco esperando a ser sembrado. El calzoncito colorado lo confundió. ¿Toro de lidia o matador? Muy majo, saltó al ruedo. Se le enredaron los cuernos con la muleta. No distinguía entre sangre y arena, sol y sombra, banderillas y picadores. Sin la venia del comisario, plantó la estocada mortal. Destino dejó de vomitar. Sintió algo frío detrás. Volviendo la mirada, entre nubes borrosas, sorprendió a Judas embelesado, recibiendo a dos manos la ovación del respetable. Esa tarde cortó rabo y oreja.

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