Polvos ilegales, agarres malditos (XXII)

Fernando Morote

Impotencia

—Carlos Monzón, el boxeador argentino acusado y condenado por la muerte de su esposa, declaró sin escrúpulos a la prensa: “Yo le pego a todas mis mujeres”.
—Quizás debido a eso es que tantas mujeres se mueren todavía por Carlos Monzón.

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—Vivir en el campo, sí, pero con luz eléctrica, agua potable, televisión, radio, cantina y prostíbulo. De otra manera, me quedo en la ciudad.

Solange soltó una carcajada.

—No tengo eso que los otros llaman “espíritu aventurero”. Me gusta afrontar lo desconocido, pero provisto de las seguridades básicas. Coger una mochila con cuatro cosas y echar a andar por el mundo entero, sin un centavo en el bolsillo, es algo que yo nunca haría.

Judas giró su cabeza hacia el arroyo. Su mirada se topó en medio de la hierba con un pequeño arbusto, debajo del cual una heroica gardenia se erguía majestuosa entre un cúmulo de piedras.

—No tienes remedio —suspiró Solange—. Yo creo que no podría vivir contigo.
—Yo tampoco puedo vivir conmigo.

Hacia las cinco de la tarde el sol empezó a caer en picada y el viento a soplar con furia.

—¿Por qué no vamos a Punta Hermosa? —planteó Judas.

El alcohol, sin duda, le hacía encontrar coherencia en los asuntos más estrafalarios.

—¿Adónde? —preguntó Solange, aterrada —Eso está a 45 kilómetros al sur de Lima ¡Y nosotros estamos en el kilómetro 30 de la carretera central!

Al llegar a Punta Hermosa, con la noche completamente instalada y la humedad ahogándolos de calor, fueron atacados por un escuadrón de zancudos asesinos, más avezados aún que los sorteados en Chosica.

—No tengas miedo —dijo Judas, al ver el rostro de Solange invadido por el recelo.
—He escuchado decir que ayuda a bajar de peso —respondió ella, intranquila.
—En cierta forma —aseveró Judas— ¿Por qué?
—Me siento gorda.
—Pero no lo estás.
—No seas mentiroso. Mira. Toca acá.

Judas tocó. Apretó.

—Está bien —afirmó— ¡Estás bien!
—Estoy a dieta. Tomo pastillas para bajar de peso.
—Es lo peor que puedes hacer.
—¿Tú crees?
—Reemplaza las pastillas por la oración.

Judas se volvió hacia la mesa para separar la primera dosis con una gillette.

—Judas…
—¿Sí?
—Mira…

Sentada sobre el sillón, una pierna estirada y la otra recogida, Solange bajó despacio uno de los tirantes de su sostén. Ofreció a Judas una glándula enorme, adiposa y fofa, que rebalsaba sobre el tórax exhibiendo un impresionante lunar en forma de trapecio arriba del pezón.

—¿Te gusta?

En momentos como ése, Judas anhelaba tener a mano un microscopio para examinar al detalle cada partícula del órgano, que él encontraba ajeno e independiente al resto del cuerpo. La mama aplastada contra su nariz le impidió continuar respirando. Solange lo remolcó hasta la cama. Lo primero que hizo Judas fue esconder su paquete salvador debajo de la almohada. Tendido con los brazos cruzados atrás de la nuca, la contempló desnudarse sin apuro. Notó que con disimulado esfuerzo logró hacer rodar el calzón a través de sus rollizas piernas. Solange se recostó a su lado y afinó los dedos como un músico antes de iniciar su sinfonía. El instrumento a tocar parecía estar en las mismas condiciones que su dueño; en otro mundo. A lo mejor sus metacarpos carecían de magia. Tal vez sus belfos serían más propicios para causarle un despertar brusco. En una pausa de su abnegado intento, descubrió a Judas apoyado sobre uno de sus codos metiéndose ansiosamente dos dedos a las cavidades nasales.

—¡Farsante! —estalló, presa de la más iracunda indignación— ¡Me traes hasta aquí, me envuelves en tus engaños, haces que me quite la ropa, que me meta en la cama contigo y lo único que haces es drogarte como un huevón!

Judas no logró ensamblar una humilde frase. Su lengua ahora estaba tan inerte como su miembro (cuestionablemente) viril.

—¡Cómo me haces perder el tiempo, carajo! Y esa cosa que ni siquiera se te para. ¿No te da vergüenza?
—T..tt…ta….tra…..t……

“Tranquila”, “tranquilízate”, “tranquilidad”, era lo que probablemente Judas quería decir, pero sus cuerdas vocales lo traicionaban. Entretanto no dejaba de untarse el tabique con cargados envíos, en un desesperado intento por evitar las trágicas consecuencias de un impredecible rapto de violencia por parte de Solange.

—¡Eres una rata de cloaca! —sentenció ésta, implacable.

Tapándose los genitales con la almohada y sosteniendo los residuos del químico en la otra mano, Judas no encontró saliva suficiente —quizás tampoco el valor— para refutar.

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