Polvos ilegales, agarres malditos (XXI)

Fernando Morote

Judas I

—¿Encuentras algo diferente?
—Deja ver.
—¿Qué es?
—Mmm, no sé…
—¿No te das cuenta?
—Tu vestido. ¿Es nuevo?
—¡No!
—Tus uñas. Te las pintaste diferente.
—¡No!
—¡Cambiaste de maquillaje!
—¡No!
—¡Ah, ya sé! ¡Tu pelo!
—¡Sí, mi pelo! ¿Qué es?
—¿Te lo cortaste?
—¡No!
—¿Qué es, entonces?
—¿No lo ves?
—No.
—¡Me lo pinté de rojo!

———-

———-

Tenía la cara enterrada. Para calentarse ondulaba su cuerpo como si estuviera haciendo el amor con la arena. Llevaba puestos calcetines de hombre, el pantalón arrugado y la blusa ligeramente subida. Viejas estrías escapaban por un recodo de la cintura. Gruñía palabras incomprensibles. Una malagua muerta, varada por el océano, podía tener mejor aspecto. La sacudieron un poco para despertarla. Las sucias greñas de color mostaza y las sandalias con la correa desatada marcaban los signos de una ardorosa batalla nocturna. Sus pantorrillas de futbolista presentaban picaduras de mosquito por todos lados.

—Quedó arrecha… —coligió su cuñado.
—¿Cómo les gusta, chicos? —la mujer exhaló una densa estela de aguardiente— ¿Uno por uno o los dos al mismo tiempo?

La treparon al auto. Muerto de frío en aquella solitaria playa de Magdalena, Judas esperó afuera observando cómo su cuñado traqueteaba los amortiguadores. Escuchaba a la mujer resoplando, quejándose, haciendo ruidos feos, una mezcla de eructo, tos y jadeo. Cuando le tocó su turno, el rostro de satisfacción que exhibía la hiena despanzurrada en el asiento trasero lo hizo dudar sobre sus posibilidades de superar la faena cumplida por el esposo de su hermana. Tuvo que esperar algunos minutos a que la tipa se recuperara. Además, las dimensiones del Volkswagen eran demasiado estrechas para sus necesidades de espacio físico. Disolvió la tensión con una propuesta de sexo oral. Luego de un rechazo inicial, la mujer con gesto aburrido se reclinó hacia atrás y abrió las piernas sin más ganas que las de acabar rápido. Judas le abrió la blusa y le extrajo los pechos. Fue bajando de a pocos hasta experimentar el fétido olor de la comisura vulvar. Entonces una duda terrible lo embargó. Tan sólo minutos antes el pene de su cuñado había estado entrando y saliendo como ave de rapiña en esa concavidad lechosa. Se rascó la frente intentando expulsar de su pensamiento aquella imagen perturbadora. Decidió olfatear el orificio antes de entrar en mayor profundidad. Asomándose a las vísceras le pareció toparse con la ardiente manifestación de una incipiente almorrana. No pudo resistirlo. Se entregó de corazón a besarle la matriz con la dulzura que una madre mima a su hijo recién nacido. Los muslos de la mujer rozaban sus mandíbulas. En un instante sus labios resecos por el frío se condensaron en una espuma blanca y agria. Se sentía dichoso.

Entonces un chirrido de cascajos lo desconcentró. Elevó el cuello para ver a través del vidrio empañado. Una entidad vacilante en la bruma matinal. Al primer vistazo no alcanzó a distinguir el sombrero. Reconoció el uniforme sólo cuando lo tuvo encima. Desesperado buscó con los ojos a su cuñado. La playa entera se veía desierta. Cuando se dio cuenta, encontró imposible subirse los pantalones con las manos esposadas.

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