El espejo de los charcos

Marita Rodríguez-Cazaux

Camille Corot

“Muchacha peinándose” de Camille Corot

La señora para la que trabajaba desde chica le había contado historias de santos, juglares, príncipes rubios como los hijos del alemán de la chacra; palacios,  relojes, zapatos de cristal y escaleras más altas que las que limpiaba los martes a la mañana.

Todas esas maravillas estaban guardadas dentro de los libros de la biblioteca que plumereaba sin falta los jueves y donde apenas podía deletrear los nombres sobre las tapas de cuero, imaginando siempre finales felices.

Un sábado, mientras peinaba a doña Aída, la mujer le había asegurado que la princesa que se peinara cada noche frente al espejo, vería la cara de su enamorado.

Desde ese sábado, ahorró moneda tras moneda, para comprar en la perfumería el peine más caro, que se destacaba en la vidriera por sus dientes finos, y un espejo repujado, que costaban casi tres pares de medias y un camisón de plumetí.

Mirándolos desde el otro lado del vidrio, supo que cuando se peinara sola, en su piecita del fondo, vería aparecer la cara ansiada, perfecta como la del letrero de la sastrería.

Así pasaron dos semanas y un miércoles a la tarde, cuando doña Aída tomaba el té con sus amigas de la Fundación, después de acomodar sobre la mesa el agua caliente, los bizcochos, las tazas y las servilletas bordadas de las visitas, se precipitó a la calle y con el corazón golpeándole el vientre, llegó sofocada a la perfumería, apretando el dinero diez veces contado.

Entre las manos, le parecieron tan valiosos como la carta que su hermana enviaba desde el campo para las navidades y que la señora, con voz pausada, le leía hasta que llegaba a sabérsela de memoria.

En su cuarto, los dejó sobre la cómoda, desenvueltos y listos para el milagro. Más tarde, se apuró a atender a doña Aída y a preparar la cena, asomándose inquieta desde la cocina al salón, espiando las agujas del reloj que esa noche pesaban más que las bolsas del mercado que cargaba todos los viernes.

 Cuando por fin la llamó la voz quebrada para que la acompañase al dormitorio y la desvistiera, sus dedos volaban sobre las cintas de la blusa y la enagua hasta acostarla sobre las sábanas como si fuera un pájaro liviano, arropándola con prisa, porque ya el pecho se le rompía de ansias y el peine y el espejo eran su único pensamiento.

Encerrada en su cuartito, los acarició acordándose del hechizo, levantándolos como levantaba el cura la hostia todos los domingos, y ella, arrodillada al lado de doña Aída, lo veía de reojo al tiempo que la señora la obligaba a bajar devotamente la cabeza.

Así, pasando el peine sobre el oleaje que caía ensombreciéndole la espalda, esperó ansiosa ver aparecer dentro de sus ojos, otros ojos, y hasta una boca que la  llamara por su nombre.

Pero se hizo casi de mañana, el espejo no le devolvió más que su propia imagen de ojos agobiados por el sueño y el pelo cansado de tanta caricia inútil.

Temprano fue para la cocina, encendió el fuego de la hornalla. Le llegaron los primeros cantos de los pájaros que cruzaban la huerta y se asomó a la ventana del costado. Por el camino que llegaba al Correo, vio venir en bicicleta al polaquito de la herrería, el que la miraba con ojos anochecidos y le sonreía con dentadura de foto de almanaque, aunque ella, muy seria, apurara el paso cuando se cruzaban.

El muchacho detuvo la bicicleta sobre la vereda. Apoyándose en la verja, parado en el escalón de la entrada, la llamó bajito, más con los ojos que con la boca. A esa hora de la mañana, no debía parecerse a las princesas de los libros que hojeaba los lunes,  mientras doña Aída hacía crochet con su hermana. Sin embargo, las palabras de él pasaban entre los hierros de la reja y la llenaban de vértigo, iluminándola como la plaza en Carnaval.

Luego, el herrero montó en bicicleta y le mandó desde la esquina,  un saludo de mano abierta que a ella le cayó en las mejillas como las brisas del abanico de doña Aída. Aparte de eso, fue un jueves como los otros.

Limpió la sala y planchó el mantel del almuerzo del domingo. Más tarde, después de la cena, doña Aída tocó el piano, tomó una copita de anís y pidió irse a la cama.

Cuando fue todo silencio en la casa, otra vez bajando el peine por las escaleras oscuras de sus trenzas deshechas, esperó el milagro que debía estar guardado dentro del espejo. Pero nada apareció, ni ojos, ni boca, ni la sonrisa del polaquito.

Entonces se dio cuenta de que el espejo no servía. Eso era, no tenía el brillo justo para tentar a otros ojos, como pasaba en el libro de tapas rojas. El reflejo debía ser perfecto, como el agua sobre el pozo, así de transparente y lleno de luces como los charcos cuando llovía mucho.

Al minuto el pecho le dio un brinco. Se sintió ahogada, igual a cuando subía hasta la terraza, cargando las sábanas pesadas de agua.

En puntas de pie salió de su cuarto hacia el comedor, abrió la puerta de la vitrina, sacó la bandeja del juego de plata de doña Aída. En la cocina, le pasó varias veces una gamuza y la frotó tanto que la luna que entraba por la ventana, se volvía opaca contra su luz.

 El sábado a la mañana, como era costumbre, la señora empezó a poner sobre la mesa toda la platería, para que ella la puliera.

Sorprendida, miró primero en los estantes de la vitrina, del trinchante y en los cajones del aparador. Como una poseída, fue hasta el mueble de los cubiertos y luego a la cocina y al armario de los platos y las cacerolas. Con ojos desorbitados fisgoneaba  los rincones, precipitándose y metiendo mano en cuanto sitio pudiera caber una bandeja.           Nada dejó sin revisar y ya despeinada y sofocada, fue directa a la piecita del fondo, después de mirar entre las macetas de la galería y la hornacina de barro.

Apenas entreabrió la puerta, sobre la cómoda, la vio.

Corrió por las baldosas del patio, apoyando apenas los pies, saltando como cuando sonaba el teléfono el día de su santo. Volaba como si tuviera veinte años, con el rodete caído libre de horquillas.

Hasta la cocina llegó y desde allí, llamó a todos a los gritos, y se empezó a llenar la casa de vecinos, de amigos, de parientes, de desconocidos que miraban a la vieja ya sin aire y sin voz, temblorosa, estirando los brazos y pidiendo justicia.

Con el uniforme apretado y el bigote recortado a la moda, el cabo Efraín Vázquez, apareció en la puerta y saludó con cara de pocas ganas.

Escuchaba a doña Aída con los párpados entornados, casi sin entender lo que decía entre hipos y tartamudeos. Era inútil tratar de hablar con ella, de tan sacudidas que le salían por la boca las palabras.

Resuelto, dio paso a doña Aída, tomó la bandeja y a la chica y salió camino de la comisaría.

Todo el tiempo la muchacha hablaba de libros, de príncipes, de espejos, de que el peine no tenía la culpa, que era el espejo que no servía, por eso la bandeja, brillante, como la corona de san Antonio, cuando cruzaba la plaza en procesión; por eso la luna, por eso decía, y otra vez el peine y el espejo.

En el mostrador de la  jefatura el sargento Sosa se hizo cargo del asunto. Escuchaba el borbotón de palabras y apenas podía, con dos dedos, escribir en la máquina el embrollo que contaban las mujeres.

Nunca había tenido un caso parecido. La verdad es que la bandeja no había salido de la casa, no estaba oculta, la encontró la misma doña Aída, y esa chica no parecía mala persona, mucho menos una ladrona, pobre, con los ojos achinados tan lindos y la trenza oscura sobre la espalda.

Lo mejor sería devolver la bandeja a la dueña y retar a la chica, un ratito, y que se fueran, aunque dudaba que doña Aída la emplease otra vez.

Ahí nomás se acordó de la mujer del médico y de los mellizos nacidos casi tres meses antes; necesitaría ayuda, seguro, con la casa grande y los dos chicos tan llorones como había escuchado. Además, la muchacha no ocasionaría problemas a nadie, calladita como era y con esos ojos tan lindos.

Bastaba verla, todavía le temblaba el pecho bajo la blusa de algodón y la mirada se le perdía, llena de agua, quién sabe en qué pensamientos. No podía dejarla en la calle, para eso era la autoridad.

Y fue así que Julián Sosa, al envolver la bandeja en un papel de diario, vio su cara reflejada, antes de cerrar el paquete.

-De tan lustrosa -dijo bajito- se me quedó la cara adentro. Y salió con la chica.

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2 Respuestas a “El espejo de los charcos

  1. Este cuento se desliza, está narrado fluidamente. Las enumeraciones de los días de la semana y los trabajos que realiza la protagonista aportan a la historia secuencia, apuntan a la rutina, a la estrechez de vida de la que quiere escapar la muchacha y preparan el acontecimiento que lleva al cierre con un acierto impecable. La autora argentina sabe contar. Sigo leyéndolos amigos Irreverentes! Saludo cordial para todo el equipo.

  2. Como aporta Malleccini, este cuento fluye. Difícil arte el de contar una historia mínima con talento. Felicitaciones a la escritora. Buena Página Irreverentes! Todos los artículos son interesantes.

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