Polvos ilegales, agarres malditos (XIX)

Fernando Morote

Traición IV

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Niz se sentía cada vez más enamorado de Olga, la visitaba todos los días después del trabajo, le compraba comida y ropa, sacaba a pasear a su hijo, se soplaba el mal humor y aguantaba la descortesía de su viejo. Había perdido la cabeza por ella, en más de un sentido. Judas tenía otros planes.

Sara, desde la pista de baile, detectó un movimiento que involucraba dedos de pie y genitales debajo de la mesa. Minutos después, vio a Judas levantarse y salir. Al rato verificó que Olga hizo lo mismo. Hubiera deseado seguirlos, pero el cerrado círculo de parejas le bloqueó el paso.

Las paredes de la covacha metálica presentaban tantos huecos que la luna se filtraba indiscreta convirtiendo la oscuridad deprimente en penumbra excitante. Olga era tal como Niz la había descrito. Ella solita se quitó el vaporoso vestido rojo que ondeaba hasta la ingle cuando bailaba, el bordado corpiño de color negro y el calzón suficientemente ancho para mantener en sitio sus fuertes caderas.

—¡Quién anda ahí! —gritó Judas, al ser sobresaltado por un tropezón involuntario que vino de afuera.

Después de la primera reacción, Olga batió con inigualable arte su girasol de perfumados pétalos, dejando a Judas al borde de un traumatismo encéfalo—craneano. Con sus piernas lo arrastró del cuello como a un presidiario encadenado. Cambiaron de posición varias veces para mantener el ritmo controlado.

—Putamadre —susurró Judas, al escuchar nuevos pasos caminando resueltamente hacia el kiosco— Estos huevones otra vez.

Olga no quiso suspender los fuegos artificiales. Levantó un poco la cabeza y volteó hacia la entrada para aguzar el oído. Los veloces pasos se acercaban incontrolables. Un violento empujón azotó la puerta. La miserable luz fue encendida de golpe. “¿Allanamiento policial?”. No, señor. Sara, tomando por asalto el local, en total estado de ebriedad, tambaleante y con los ojos vidriosos. Judas y Olga, de rodillas sobre el mugroso jergón, sus órganos entrelazados, constataron lo improbable que resulta responder asertivamente a un estímulo externo cuando se es sorprendido en pleno apareamiento.

—¡Perra! —gritó Sara, encendida de furia.

Judas trató de incorporarse, pero al bajar apurado del camastro su pie izquierdo se atascó en un aplanado balde lleno de orines. Sara dio media vuelta y se largó del kiosco a trompicones, dejando la luz encendida y la puerta abierta.

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