El paseo entre tiempos

Francisco Segovia

Castillo

            Había huido de la ciudad –debo confesarlo- porque ya no soportaba más el ajetreo y las prisas, la desgana de unos “Buenos días”, o las miradas de soslayo. Esa mañana, en un gesto de rabia contenida, me había plantado en el despacho del director para solicitarle, con vehemencia, unos días de vacaciones. Ya no me bastaban más excusas de que faltaba personal y que mi presencia era necesaria.

            Al principio volvió a alegar los mismos motivos que yo ya conocía y detestaba. Mis ánimos se fueron encendiendo y no sé hasta dónde hubiera llegado si, en un momento de lucidez, mi jefe no hubiese echado marcha atrás. Casi sin mirarme a la cara, y sentado detrás de su mesa de roble, me dijo que me tomara esos días de vacaciones, ya que veía que me hacía más falta de lo que él pensaba. Incluso, añadió, de la que usted mismo cree que necesita. Le tomé la palabra y le pedí una semana. Me marché esa misma tarde, apenas terminé de llenar una bolsa de viaje con un poco de ropa interior, unas camisas, un par de pantalones vaqueros y unas zapatillas deportivas. Lo demás, me dije, lo compraría en el lugar donde me refugiaría esos siete días, que se me aparecían como siete eternidades, apartado de todo lo que empezaba a odiar.

            Tardé apenas dos horas en llegar a mi destino. Un pueblo casi escondido entre los montes jienenses. Recogido alrededor de unas colinas que se erguían sobre campos de olivos, era el lugar más adecuado para convertirse en mi refugio. Su castillo, que había admirado en muchas fotografías y algún que otro documental, se recortaba contra el horizonte. Pude ver -en la tarde de ese verano que pasará a mi memoria- como sus sombras iban cubriendo, conforme avanzaba la tarde, las casas más cercanas a su milenaria muralla de cal y arcilla.

            ¡Baños de la Encina! Giré el volante y torcí a la izquierda en una bifurcación. Los olivos, centenarios, pasaban despacio al lado de mi ventanilla. La aguja del velocímetro no marcaba más de veinte kilómetros a la hora, ya que quería contemplar el paisaje y aproveché la ocasión –era una carretera secundaria por la que no circulaba casi ningún vehículo- para dejar atrás las prisas de la gran ciudad. El sol, que comenzaba e ocultarse, iluminaba la tierra con una claridad sorprendente, como si quisiera darme la bienvenida, o ser bálsamo de las heridas del alma.

            Me aproximé a la ciudad desde el este, y admiré la mayestática silueta del castillo. Bordeé el casco urbano por su parte baja y me desvié a la derecha, por una empinada cuesta que me llevó justo hasta una placeta, donde estaba el hotel que me alojaría durante estos días de asueto y libertad relativos. Cuando apagué el motor del coche y salí al exterior, el silencio de mi alrededor me sorprendió. Cierto es que se oía el rumor de personas que hablaban o caminaban cerca de donde estaba, pero estaba acompañado por el sonido de los pájaros en sus últimos vuelos, o el postrer cantar de los grillos. Una ligera brisa azotó las ramas de los árboles de la entrada del hotel. Salí de mi ensimismamiento y penetré en el edificio.

            Tras saludar al gerente y rellenar la ficha que me entregaron, tomé las llaves y, después de un breve saludo al conserje, me dirigí a la habitación, situada en la segunda planta. Solté  el equipaje encima de la cama y me asomé al balcón para contemplar la panorámica. Frente a mí estaba la imponente mole del Castillo de Baños, o de Bury Alhamma. No veía los fríos edificios de ladrillo y cristal que no me decían nada y que contenían -era mi impresión- vacíos que se llenaban de excusas, sino historia que te golpeaba con una fuerza desconocida, y llenaba los sentidos con su sola visión. Me prometí que lo visitaría al día siguiente, tan agotado me sentía tras la discusión de la mañana y el posterior viaje.

            Bajé al restaurante, y cené sobriamente. Me senté durante un rato en la terraza desde la que se contemplaba casi todo el pueblo, la iglesia mayor y el castillo. La noche había llegado suavemente, y las luces se habían ido encendiendo, con lo que la magia que había sentido al llegar se fue acrecentando. Estuve un buen rato así; callado,  recreándome en el paisaje, y con la mente en blanco. Después, cuando me di cuenta de que comenzaba a dar cabezadas, y los ojos se me cerraban, decidí que era hora de descansar. El día siguiente lo dedicaría a hacer recorrido completo a Baños.

****

            Me desperté sobresaltado. Había tenido un sueño intranquilo, provocado por tanta tensión acumulada en las últimas horas. Cuando me di cuenta de que ya no estaba en la gran ciudad, y recordé  mis planes de la noche anterior para esa mañana, me sentí como nuevo. Tomé una ducha rápida y me vestí con rapidez, dispuesto a pasear y disfrutar con lo que había vislumbrado la tarde de mi llegada. Mientras desayunaba, y con un plano de la ciudad encima de la mesa, esbocé mi trayecto. No quería bajar y subir sin sentido, o extraviarme entre callejuelas y vericuetos y perderme lo que, quizá, fuera más interesante. Empezaría con una visita al viejo molino.

            Cuando salí del hotel el sol ya estaba por encima del castillo y, aunque no hacía calor todavía, anunciaba que el día iba a ser típico de un estío sureño. Caminé por el Paseo de la Llana, y luego me introduje entre  casas de construcción reciente que llegaban hasta el paseo de la Plaza de la Ermita. ¡Qué distinto todo a las avenidas cargadas de prisas y de monóxido de carbono! Veía a mi paso rostros que no estaban tensos y miradas que invitaban a la conversación y no a la huída. Pasé junto a la ermita, pero no era ese el primer lugar que tenía marcado en mi mapa. Le eché un vistazo y pude constatar que el barroco no sólo no se había quedado encerrado en las grandes ciudades, perdido entre alquitrán y cemento, sino que sobrevivía con dignidad entre casas blancas y muros de arcilla. Sonreí al tiempo que dejaba atrás, por el momento, aquél monumento.

            Llegué pronto a los pies del molino. “Molino de Viento”, murmuré, y me pareció entrever, en la distancia, la figura alargada de Don Quijote, que caminaba de una forma desgarbada, como si los siglos le pesasen más que la lanza y la adarga. Me froté los ojos: la imagen había desaparecido. El sol, o mi propia imaginación desbordada, debían haberme provocado aquella alucinación. De todas formas, me dije, ni era el tiempo ni el lugar para encontrar a tan insigne personaje literario. Toqué la pared del molino en un gesto de admiración, y me alejé a continuación de él, yendo –esta vez sí- en dirección a la ermita que había dejado atrás unos minutos antes.

            La Ermita del Santo Cristo del Llano me  recibió acompañada de un sol espléndido que ya empezaba a calentar en demasía. Al acercarme descubrí con tristeza que las puertas estaban cerradas. Tras un rato de dar vueltas de aquí para allá pregunté a un bañusco –un hombre de rostro curtido y tez morena, que rondaría los cincuenta años de edad- cómo podría entrar para ver el famoso camarín. Me indicó que debería llamar a una pequeña puerta lateral, y que alguna de las monjas que allí vivían me atendería. Le agradecí la información y fui hacia el lugar que  había indicado.

            Después de un tiempo por la ciudad ya me había acostumbrado a los sonidos de Baños, pero me di la vuelta al escuchar uno que era diferente a los demás: el motor de un viejo camión. Mi sorpresa fue mayúscula. Varios hombres y mujeres, subidos a la parte de atrás de una vieja y destartalada camioneta, gritaban puño en alto y ondeaban banderas rojinegras y fusiles antiguos. En el capó, la puerta del conductor y el lateral del vehículo se veían pintadas siglas como CNT o UHP. ¿Qué era aquello? Pensé que se trataba del rodaje de una película. En ese momento oí que una puerta se abría a mi espalda,  y me encontré con el rostro tranquilo y sonriente de una de las monjas de la ermita. Debía estar acostumbrada a este tipo de llamadas porque  me dijo –sin esperar a que yo hablase- que iba a ser imposible  ver el camarín, que volviese a la mañana siguiente. Aproveché y le pregunté por la película que estaban rodando. ¿Qué película?, me contestó, extrañada. Al darme la vuelta vi que no estaba la camioneta, ni los ocupantes de esta, y que todo parecía tan normal como siempre. Me despedí de la monja, y me acerqué hasta un grupo de bañuscos que se encontraban tomando un café en la terraza de un bar que daba a la plaza. Les hice la misma pregunta, y me dieron la misma respuesta: ni camioneta, ni rodaje, ni nada de nada. ¿Otra alucinación?, me pregunté, más inquieto conforme pasaban los minutos. Me despedí de ellos y seguí mi recorrido, sin poder evitar mirar a uno y otro lado por si me encontraba de nuevo con aquellos personajes surgidos del pasado.

            Pronto me olvidé del incidente y comencé a descender desde la parte nueva de Baños al casco antiguo por  diferentes calles, hasta tropezarme con un edificio de piedra rojiza que identifiqué como el palacio de Jiménez de Mármol. Sin lugar a dudas esta ciudad había sido importante en el pasado, y cuna de grandes familias. Eché a continuación por Mestanza, y volví a sobrecogerme con otro palacio cargado de edades pretéritas: el de Molina de la Cerda. ¿Me pareció entonces oír el relincho de un caballo que se acercaba por la calle, acompañado por el sonido de lo que debían ser golpes sobre el metal? Por un momento creí ver la figura oscura, montada sobre un robusto caballo hispanoárabe, de un hombre vestido a la usanza del Renacimiento. Pero, como en las ocasiones anteriores, en un breve parpadeo, desapareció. Empecé a achacar tantas ilusiones a esa tensión que creía haber dejado atrás y que me estaba gastando  malas pasadas. Una anciana, que pasaba en esos momentos a mi lado, se paró junto a mí y me preguntó si me encontraba mal. Le agradecí el gesto y le expliqué que sólo había sido un ligero mareo. Yo debía tener el rostro blanco, o la mirada extraviada. El hecho es que se alejó de mí, quizá con más rapidez de la habitual en una mujer mayor.

            Respiré profundamente, y seguí mi paseo, aunque ahora cargado de dudas sobre mi  estado de salud. No pude, sin embargo, pensar mucho en ello porque me encontré, casi de golpe, con la imponente mole de la Iglesia de San Mateo. Bordeé el perímetro de la misma hasta encontrarme en una plaza recogida y muy acogedora, situada frente a la entrada principal.

            Su gran torre octogonal me impresionó. El gótico y el estilo renacentista se mezclaban de forma magistral. La magia duró poco, porque de nuevo escuché el peculiar sonido de un rato antes en la ermita. Miré a mi derecha, con cierto temor, y vi, estacionados junto a la puerta abierta de un espléndido edificio –que identifiqué, al momento, como el del Consistorio- dos camiones con los motores en marcha, y un nutrido grupo de soldados vestidos de caqui, acompañados de otros vestidos de azul, que salían y entraban de él. Parecía que buscaran algo. No se fijaron en mí en ningún momento, y aproveché para mirar a mi alrededor, por si descubría las cámaras, o al resto del personal de lo que, pensaba, debía ser el rodaje de una película. Pero no vi nada, y me quedé allí quieto, inmóvil, e  incapaz de moverme, hasta que los vehículos se alejaron de allí y se perdieron al tomar otra calle. Casi sin pausa, un automóvil último modelo pasó por mi lado, tocando el claxon para avisar a un viandante de que estaba en mitad de la calzada. ¿Qué estaba pasando? ¿Era todo una enorme broma que se estaba gestando a mi costa? Pero eso no podía ser. Veía a los bañuscos y bañuscas pasar a mi lado, como si nada extraño sucediese. Y de las cámaras, o del resto de componentes del elenco de un filme, no había ni rastro.

            Necesitaba beber algo porque sentía la garganta reseca, pero no vi ningún bar abierto. Entonces descubrí la Oficina de Turismo. Desesperado, entré en el interior del edificio de piedra, y pedí un vaso de agua. Quizá, me dije, estaba deshidratado. El calor era ahora notable y mi propio estado de ánimo me debía haber impedido darme cuenta de que tenía que tomar líquidos. “Estas cosas pasan algunas veces”, murmuré, al recordar esos casos de “golpes de calor” que provocan muertes durante el verano.

            Bebí con ansiedad un par de vasos de agua. Después me despedí, tras agradecer la amabilidad que habían mostrado y, sintiéndome recuperado, reanudé mi visita. Llegué hasta la calle Trinidad: era espléndida. Creo que debí abrir la boca inconscientemente, sin saber si murmurar algo o volver a callarme para no deshacer el encantamiento de ese instante. Pero la magia la rompió, de nuevo, el sonido de cascos de caballos al galope sobre suelo de tierra que no existía ya. Miré y no creí lo que mis ojos me mostraban: cinco jinetes, vestidos a la moda del Renacimiento, con jubones de brillantes colores, sombreros cargados de plumas, y afiladas espadas a la cintura, se acercaban hasta la gran puerta de madera del palacete ante el que me encontraba. Sin hacerme el menor caso, pararon sus monturas junto a mí. Uno de ellos, el que aparentaba ser el mayor en edad, gritó, en dirección a una ventana cerrada, y llamó a un tal Corvera. Creí escuchar la respuesta, que provenía de esa ventana, y el ruido del portalón al abrirse. Pero ni la ventana ni la puerta de madera se abrieron… Los hombres volvieron grupas y se marcharon por donde habían venido, ¡y juraría que donde antes eran cinco ahora eran seis! ¡Cómo temí en ese preciso momento por mi lucidez! Mi mente, estaba casi convencido, empezaba a desvariar, y temía cometer algún desatino del que podría arrepentirme.

            Subí hacia la plaza del Rosario, porque necesitaba sentarme en algún banco, descansar a la sombra, y refugiarme de ese calor incipiente. En el camino me crucé con varios habitantes de Baños, pero todos vestían de forma similar a la mía. No me atreví a preguntar otra vez por el filme que no se estaba rodando, ni por los actores que no existían… Al llegar a la plaza otro claxon me sobresaltó: me aparté justo a tiempo para ver pasar un vehículo, negro y sucio, en cuyo lateral pude leer perfectamente el texto “Minas del Centenillo, S.A.”  Mientras se alejaba, y se perdía en un recodo del camino, como tantas otras cosas enigmáticas de este día, recordé que no podía ser, que esas minas se habían cerrado hacía más de cuarenta años… ¿Qué me estaba pasando?

            Hubiera regresado al hotel, pero sonaron entonces las campanas de la iglesia, y me pareció escuchar, casi al mismo tiempo -en un segundo plano, o en otra dimensión- como el muecín llamaba a la oración del Zoar (la de poco después del mediodía). ¿Había mezquita en Baños de la Encina? Entonces miré al castillo, y vi ondear banderas blancas y verdes en sus torres. Banderas en las que atisbé letras árabes. Pasaba del siglo XXI a cualquier otra época, como si los datos que mi cerebro había acumulado durante años se desbordasen y quisieran hacerse un hueco a toda costa, y en contra de mis deseos. Sin lugar a dudas, estaba enloqueciendo pero, para mi sorpresa, empezaba a asumir aquello como una experiencia interesante.

            El Castillo de Baños, o de Bury Alhamma me esperaba. Aquella llamada del muecín no era a la oración, sino que reclamaba mi presencia. La historia no existe si no tiene cabida en la memoria. Caminé con paso firme, dejando atrás dudas y temores, y pasé por debajo de la puerta que daba acceso a la explanada situada ante el castillo. Su silueta, enorme, majestuosa, era impresionante. Las partes bajas de la muralla se veían más oscuras que las demás debido a la acumulación de humedad. Lamenté que la dejadez de las autoridades pudiera provocar que se derrumbara todo el conjunto artístico, construido con materiales tan efímeros como cal, arena y arcilla. Ya plantado ante  la enorme puerta de la entrada leí la placa de fundación, y me maravillé de la fortaleza del califato omeya, cuyo poder llegaba desde Córdoba hasta aquí pero cuya luz, tan potente, se había apagado demasiado pronto. Unas palabras en árabe me sobresaltaron y, de pronto, a mi lado, a mi alrededor, la escena había cambiado de nuevo. Un grupo de soldados -bereberes del siglo X por su aspecto- escoltaban al que debía ser su señor en visita de inspección a un castillo de Al-Hamma recién terminado. El tiempo volvía a hacer de las suyas y me traía escenas desaparecidas hace siglos.

            Debajo de este grupo, y de donde me encontraba, una gran multitud de soldados esperaba: la mayoría a pie, otros a caballo, y algunos enarbolando banderas verdes y blancas, presentimientos de la bandera andaluza.  Y la imagen, en una desbocada elipsis de mi cerebro, se transformó de golpe, y ahora los soldados vestían a la usanza cristiana, y donde estaban los estandartes árabes aparecían las cruces de Santiago y Calatrava; y donde antes debía gritarse el nombre de Al-Hakan, califa de Córdoba, se gritaba ahora el de Fernando III, rey de Castilla.

            ¡Locura, bienvenida seas! – grité, al unísono de aquel aullido de siglos y culturas entremezcladas. Y en esa locura los caballos se convirtieron en camiones cargados de soldados de caqui o de azul, con banderas enfrentadas en guerras civiles. Y los camiones militares se ennegrecían con el carbón y se llenaban de mineros desahuciados por el trabajo y la miseria. Luego, todo volvía a una relativa normalidad, con dos parejas de enamorados besándose bajo la sombra de un árbol en la plaza alquitranada del Castillo, al tiempo que pasaba una motocicleta con un jovenzuelo haciendo el caballito con ella… y luego volvían los gritos por Alá, o por Cristo, y llegaban cabalgando los señores renacentistas de Corvera, o de la Cerda, o de Jiménez de Mármol. Y como colofón, y entre tanta vestimenta que cambiaba, un cortejo fúnebre pasó a mi lado y penetró en el patio interior del castillo mientras las campanas de la iglesia tocaban a difuntos.

            Tenía fiebre. Sufría delirios, pero eran mis delirios: disfrutaba de ellos, de una forma que no era normal. De repente, entre todo el tumulto de gritos y ruidos, las campanas de la iglesia tocaron otra vez: era la una del mediodía.

            Después, para mi sorpresa, volvieron a sonar, sin pausa, y ya señalaban  las dos. Y luego de nuevo tocaron, y eran  las tres, las cuatro… y sonaron las ocho. El castillo se diluía, y aparecía la calle Trinidad, y luego Mestanza, sin pausa, sin tregua para mis sentidos. Volvía a encontrarme frente a la Iglesia Mayor, y retrocedía en el espacio y el tiempo, y aparecían los palacios de piedra, y los ruidos del galopar de caballos, y la Ermita dando sombra a los milicianos, y los mineros paseando por la ciudad, y más caballos, y más vehículos cargados de hombres armados, y el Molino de Viento, y mi cabeza se marchaba, se iba, se iba… Entre la niebla creciente apareció Don Quijote, me miró y me dijo algo que no entendí. Contemplé la entrada del hotel, y los árboles que se retorcían como si quisieran atraparme… Todo empezó a dar vueltas y se hizo oscuro, muy oscuro.

            Desperté en la habitación donde me alojaba. Varios hombres me rodeaban. Uno de ellos, que se identificó como médico, me informó que unos minutos antes había sufrido un desmayo justo en la puerta del hotel, quizá víctima del calor. Me tranquilizó, y me dijo que no me preocupara y que sólo necesitaba descanso. Poco después se marcharon todos. Una vez solo me incorporé a duras penas de la cama, y me asomé, víctima de una adicción nueva, al balcón de la habitación. Allí, enfrente, bañado por la luz de la atardecida, estaba el castillo, y la ciudad antigua. Sonreí cuando atisbé, ondeando al viento entre las brumas del día que se marchaba, un pequeño estandarte blanco y verde -en el que adivinaba bordadas letras arábigas- sobre la torre principal del Castillo de Al-Hamma.

            Mi alegría fue aún mayor al recordar que aún me quedaban seis días de paseo por el tiempo.

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