El retorno de la crisálida (XVI): “Un souvenir del infierno”

Pablo Martínez Burkett

Souvenir II

“Para obtener su sangre, pone en juego una paciencia infinita y recurre a toda clase de estratagemas a fin de superar los obstáculos que le separan del objeto deseado”

Sheridan Le Fanu

Me han preguntado tantas veces. Luana es tremendamente carismática. Alta, lánguida, la piel casi translúcida, nadie diría que tiene semejante vigor. Envuelta en una especie de capote de cuero negro, muy entallado en la cintura y con amplios faldones parece que los pies no tocan el suelo. Es probable que lo haga para amplificar la impresión de que está volando. El rostro enmarcado por el flequillo rebelde. Y esos ojos, esos ojos. Poseen un magnetismo animal. Es imposible sustraerse del influjo de su mirada.

Sin embargo, tiene todas las características de los psicópatas. La he visto matar. No es sólo necesidad de alimentarse. Obra conforme su propio código, ausente de remordimientos o culpa. Siente la fuerza de la estirpe y cree con fe verdadera que está llamada a restaurar un nuevo orden mundial, por supuesto, bajo su inspirado comando. Es gracioso escucharla perorar sobre el peso que lleva en la espalda, los innumerables sacrificios que hace por el colectivo o la tremenda soledad del poder. No deja de ser cierto, pero es un gran acto de manipulación que le rinde sus frutos. Sus aguzados sentidos le permiten ver en el alma del otro y desmenuzar las debilidades para obtener un sometimiento incondicional.

Toda la falta de empatía que tiene para con sus semejantes (quiero decir los vampiros, que los humanos integran la etiqueta “alimentos”) queda disimulada en esa habilidad para percibir la necesidad ajena y usarla en beneficio propio. Un ejemplo quizás ilustre mejor que mis palabras.

Con uno y mil argumentos, la pequeña Ikito insistió con asaltar las reservas del Servicio de Hematología Clínica del University College London Hospital. Luana se hizo rogar lo suficiente como para que su “protégé” creyera que la había convencido. Para negarse, apeló a la afrenta al honor de la casta pero finalmente consistió la irrupción invocando el mejor interés de Madre. Sin embargo, siempre supo que la División Roja los estaría esperando. Es más, hasta previó que las tropas de élite portarían algún tipo de armamento novedoso. Pero como ya era tiempo de desprenderse de la pequeña Ikito, nada mejor que transformarla en una mártir, asesinada por las fuerzas bajo el mando de padre. No descartaba que luego el DCI Nakasawa se suicidara. Un golpe a dos bandas.

Mas la ambición de Luana no se detenía allí. También quería comprobar si era posible alimentarse con sangre almacenada. Sospechaba que beber sin cazar podía traer alguna debilidad en el temple depredador de la manada. No obstante, era de esperar que el Consejo Unificado estuviera desarrollando armas genéticas para aniquilar a las criaturas de la oscuridad. La utilización de nanorobots para poner fin a la Guerra de los Elementos era un antecedente de cuidado. Aunque el experimento fracasó y fue necesario lanzar un ataque nuclear para erradicar el contagio indiscriminado, pronto llegaría el día en que una nueva revolución tecnológica fuera algo más que una amenaza de exterminio. Y había que ir anticipando las contramedidas para cuando todo se complicara.

El asalto resultó un éxito. Tal como ella temía, los fusiles de haces ultravioletas fueron letales. La buena noticia es que diezmaron la horda de Ikito. La mala, es que la pequeña y su jabalí resultaron ilesos. La mejor, es que por un tiempo estaría rumiando su derrota y la deuda que tenía con quien le había salvado la vida. Tampoco fue menor el éxito alcanzado con el enemigo. Los comandos de la División Roja tuvieron que replegarse. Luana se encargó personalmente de que sintieran el terror de enfrentar a unos colmillos furiosos. Y la sangre en bolsas fue un sucedáneo aceptable. Madre lo aprobó. Seguramente servirá en tiempos peores.

Luana nunca habla de su infancia pero, hasta por esa misma razón, no es muy difícil imaginar el maltrato infantil, el abuso. Su devoción por Madre lo garantiza. Y su odio al sistema, su anarquismo congénito no es de ahora. Antes de ser convertida ya era una violenta activista. Madre misma me lo contó. Eso sí, no importa que tan álgida sea la situación, se mantiene inalterable. Jamás la vi levantar la voz, ni aún para dar la más atroz de las órdenes.

Hay algo que me tiene desorientado. Más bien fastidiado. Yo sé que nunca podré tenerla pero el ascetismo sexual de alguna manera me garantizaba que tampoco sería de otro. Salvo ese John Gillan con el que ahora se entretiene. Y para peor, Madre la alienta. Tengo que encontrar la forma de desencantarla. Además, es un humano.

Me ha citado. Mientras espero, admiro su colección personal de ojos. Es una excentricidad, una monstruosa extravagancia. Donde otros amontonan libros, Luana atesora frascos repletos de ojos en formol. Le gusta conservar los recuerdos de cacerías memorables. La bravura de la presa honra definitivamente al cazador. Y a quien por la resistencia y coraje realmente lo merece, le arranca los ojos. Después pasa largo rato con una mano apoyada en cada frasco. Creo que revive los momentos de agitación, los latidos enardecidos, el horror y la mirada postrera, antes de la mordida fatal. Sé que pronto se aburre y necesita de nuevos estímulos. La idea de eternidad es algo que la inquieta.

Inteligencia superlativa, encantos de serpiente. Siempre calma. Reservada. Antisocial, anarquista. Racional hasta la maquinación. Manipuladora. Insensible. Ausente de culpa y remordimientos. Extravagante. Rara. Cruel. Esa es Luana, la princesa regente de Hermandad de la Noche.

Creo saber para lo que me ha convocado. Ya ha logrado atraer la atención del jefe de la División Roja, el DCI Nakasawa. Ahora es tiempo de sembrar terror desde una campaña masiva. Luana busca reconocimiento y en su universo, el reconocimiento se demuestra con sumisión. Yo seré su voz.

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