Aski

Francisco Segovia

Otzi III

Aski avanza penosamente por el estrecho sendero nevado. Lo acompañan Evin, su mujer, y su hijo, Dubac. Atrás ha quedado el resto de la tribu. Todos muertos. Asesinados por unos desconocidos procedentes del lugar desde el que nace el sol. La última imagen que tienen de sus amigos, familiares y vecinos es la de un poblado ardiendo bajo la luz de una luna menguante que dibujaba sombras sobre la carnicería que se producía bajo su tenue brillo.

Son los únicos supervivientes de su estirpe. Siguen caminando a pesar del frío y de que están exhaustos, porque sus perseguidores están cerca, y los acechan como predadores dispuestos a exterminarlos. ¿Por qué?, se pregunta Aski mientras contempla a su mujer avanzar delante de él, con el niño en brazos. El viento responde agitando sus ropas y entremetiéndose con dedos helados entre ellas. Sus pobres calzados, de piel de cabra, y sus ropas no son los más apropiados para el frío, pero no han tenido tiempo de tomar nada más debido a la precipitada huida.

Pero falta poco, se dice. Sólo un recodo más y luego el descenso al próximo valle donde, quizá, pueda encontrar el cobijo y apoyo de la otra tribu hermana.

Una flecha silba en la fría mañana, y se clava a sus pies. ¡Están cerca!, grita, e insta a su mujer a que acelere el paso y escape. Ella lo mira una vez más, esboza una sonrisa y desaparece tras el recodo, junto al niño, en busca de su salvación. Aski se gira, y se agacha para no ser alcanzado por las flechas. Coge con fuerza su hacha de cobre. Su carcaj no le sirve de nada ya que su arco se rompió en la huida. Sabe que el tiempo que detenga a sus perseguidores en el sendero puede ser trascendental para que Evin y Dubac lleguen a la seguridad del poblado vecino.

Al fin aparecen en un saliente rocoso, unos metros más abajo. Uno de ellos carga su arco y dispara. La flecha rebota contra las rocas y cae en el abismo que se abre a la derecha. Aski no tiene tiempo de huir, y pronto tiene encima de él a uno de sus perseguidores. Forcejean, y logra herirlo con el hacha y arrojarlo al precipicio. Pero poco después siente un profundo dolor en el pecho: una flecha le ha alcanzado. Su sangre, espesa y caliente, empieza a caer sobre el níveo suelo. Siente que desfallece, pero aún así se mantiene arrodillado, con el hacha preparada. No van a pasar todavía, murmura. Su mujer debe estar ya lejos, cerca de la aldea. Sólo un poco más, se dice para darse ánimos. Se le nubla la vista pero sus enemigos no se atreven a acercarse y siguen disparando flechas desde la distancia, aunque ahora se pierden en el vacío porque el viento sopla con mucha fuerza y las desvía. Sólo un poco más, se anima. ¿Por qué nos atacaron?, pregunta, impotente, al frío aire que le rodea, cuando sus fuerzas le abandonan y su cuerpo inerte rueda por la nieve y se precipita al vacío. Muere en la feliz ignorancia.

Evin y Dubac no tuvieron ninguna oportunidad. El poblado del otro valle también había sido arrasado por los extranjeros. Sus cadáveres fueron pasto de las alimañas la misma noche que el invasor danzaba alegremente alrededor de fogatas grandes y amarillas, bajo la luz de una luna menguante y terrible. Aski, en ese aspecto, tuvo más suerte, porque su cadáver momificado fue descubierto miles de años después por unos descendientes de sus asesinos. Le pusieron de nombre Otzi, igual que el valle donde encontró la muerte.

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