El sorbete

Helga Martínez Pallarés

Sorbete III

Patricia comenzó su relación con Miguel sin ninguna expectativa. Como quien no quiere la cosa, casi como un juego; buscando lo que se llama habitualmente una “pareja de transición”.

Igual que con esos sorbetes de limón que sirven en las bodas entre los platos fuertes: para “refrescar el paladar”, o aunque solo sea por no llevarte puesto el regusto demasiado intenso de la experiencia culinaria inmediatamente anterior.

El problema de los dichosos sorbetes en las cenas de seis platos, es que a veces, para cuando te lo sirven, ya está uno tan al borde del empacho que se pierden irremediablemente las ganas de seguir con la cena. Empieza entonces a dar verdadera pereza seguir con un nuevo plato contundente; así las cosas, se termina dejando el sorbete a medias, y dando por terminada la cena completa. Saltando directamente a lo amargo y solitario del café. Ristretto. Sin leche, gracias…. Fin del banquete – y “mañana”, o “pasado”, Dios dirá.

Suele pasar eso, o algo casi peor: el sorbete de marras, que suponemos refrescante, está demasiado dulce, y llega a entretener… demasiado; hasta tal punto entretiene, que casi pasaría por postre, y se queda más tiempo del debido, rondando el paladar.

Fin de la cena. Porque el sorbete como postre, no es nada del otro mundo, pero ahorra la incertidumbre de pasar al asado, que parece muy apetitoso, desde luego, pero a saber cómo te podría llegar a sentar.

Más o menos eso fue lo que le pasó a Patricia: que se entretuvo con el “sorbete”, y para cuando quiso darse cuenta, se le había hecho demasiado tarde para seguir con la cena. Que después de todo, “cuarenta no son moco de pavo, es edad casi más para postres y fiestas, que para andar todavía a media cena” – resolvió ella, pensando que la tarea de buscar pareja le resultaba cada vez más cansina, y mucho más incierta al ir avanzando de edad.

Con esas meditaciones se le pasaron a Patricia los años: dos, tres, algunos meses de regalo más. Y la pasión de los primeros meses – aunque fuera solo por parte de Miguel – comenzó a convertirse en rutina, pero por parte de ambos. Adormecimiento y placidez fue lo que supuso para ella, que empezaba a acostumbrarse, y cada vez tenía más claras las ventajas del cambio de estado en su carnet de identidad familiar y amistoso: después de todo, eso de tener pareja estable, evitaba muchos quebraderos de cabeza, del tipo “a quién puedo llamar este viernes para ir al cine”, o “quién podría tener ahorros y tiempo para llevarme a conocer Rotterdam, que me han dicho que está de lo más animado por Navidad”.

La historia no le resultaba excitante, ni demasiado entretenida; pero sí era agradable, cómoda, sorprendentemente fácil de llevar.

Todo fue como la seda, o como un tren de juguete sobre raíles, bien engrasado: fácil, hasta que Patricia, cansada de tanta película de viernes en el salón de casa – a esas alturas ya compartida, quién sabe si por deseos de estar juntos a todas horas o por ahorrar- harta de tener a los amigos de él todos los domingos a ver el fútbol, y echando muchísimo de menos a sus amigas, o a cualquiera de su entorno para tomar una copa y charlar, empezó a enfadarse consigo misma, y a remover el sorbete cada vez con menos delicadeza. Cómo si hubiera tomado la decisión de mentalizarse y finiquitar a su novio “sorbete”, sin más.

Y fue ahí cuando encontró, a su pesar, el gran inconveniente oculto de estas historias, y por supuesto, paralelamente, el de los dichosos sorbetes:

Si por apurarlos se remueven demasiado, empiezan a perder el sabor dulce, y se muestra, cada vez más, su trasfondo ácido. La pulpa de limón, hasta entonces anestesiada, amenaza de pronto con cortarte la digestión y provocar una auténtica catástrofe estomacal.

Nada que fuera previsible, pero la historia sé terminó al final con una serie tan infinita de reproches, que Patricia no tuvo más remedio que ponerse manos a la obra, y haciendo de tripas corazón, resignarse a lo que antaño le hubiera resultado impensable: buscar, por primera vez en su vida, un novio “de transición” para superar al “actual novio de transición”.

Aunque sabía de sobra que un sorbete detrás de otro sorbete difícilmente podría aportarle nada bueno –y que, como le decía su abuela de pequeña, “pan con pan es comida de tontos”-

Pero es que, sinceramente, ya no le daban, ni el paladar ni el estómago, para nada más…

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