Cita en primavera

Francisco Segovia

TiempoII

Están ahí. Los ve moviendo sus aspas en los páramos desolados. Girando sus aspas, brazos marchitos, a pesar de que su energía se pierda en un cable cortado, en un tubo hueco y sin camino. Se mueven porque el viento, ajeno a la contaminación y el veneno, sigue agitando sus alas de metal.

Se mueven, impacientes por avanzar a través del aire, arrastrando sus brazos en círculos infinitos, dejándose besar por los vientos ácidos y las lluvias corrosivas. Las torres, enormes, cilíndricas, pervierten un paisaje vacío y solitario, y se transforman en castillos de fantasmas, infranqueables, altivos, inmunes al propio tiempo.

El brazo de una de las grandes torres de metal se ha roto, gastado por las lluvias y los fuertes vientos. Se queja brevemente, apenas un instante, y luego permanece de nuevo en silencio, casi arrepentido de su dolor.

Sobre el páramo, yermo y abandonado, decenas de enormes cilindros rompen de forma vertical el paisaje, y parece que pretendan avanzar a través de las tierras baldías clavando sus enormes y estilizadas aspas en el aire, para detener al propio tiempo, o llegar más allá del siguiente centímetro.

Aspa Rota susurra un himno antiquísimo, al que su vecina más próxima acompaña con un requiebro. Poco después, un coro de voces casi etéreas canta al son de la música que sus brazos metálicos, que no cesan de agitarse, produce en su roce casi místico con el aire.

Atardece. El sol se toma un descanso recostándose sobre las colinas cercanas, y desaparece acompañado de una sinfonía de colores en este día de primavera. La torre de la colina, la que está situada más alta de todo el grupo, llama a sus compañeras:

“Oscuro llega. Luz redonda no aparece”

La luna menguante, en trance de ocultarse en pocos días, parece guiñar a sus fieles observadoras, usando la ayuda variada de mil estrellas que van brotando aquí y allá conforme la noche se va haciendo más espesa.

El viento amaina, cesa. Las torres de metal dejan de girar sus brazos y se toman un ligero descanso. La Luna, su luz redonda, es cierto que no aparece sobre ellas. Saben que eso ha sido siempre así: que a un tiempo de presencia le sigue otro en el que la oscuridad se va comiendo aquella luz y, después, vuelve a nacer y se hace esplendor que las ilumina. Saben que ha sido siempre así, pero la añoran y se inquietan cuando la pierden.

Él espera, entretanto, refugiándose en la oquedad que forman unas gigantescas rocas. Hace frío, pero su paciencia puede soportarlo. Tiene hambre y está cansado por el largo viaje, pero la búsqueda ha terminado y ahora puede esperar aquí, en estas soledades, el momento oportuno en el que la Voz le diga que ha de hacerlo. Atisba, en la lejanía, con las últimas luces del día, presencias conocidas, compañeros de aventura, viajeros de estaciones y espacios. Con esa imagen, se queda dormido.

“Oscuro profundo. Ella no llega aún”, murmura Aspa Rota.

******

Han pasado varios soles ocultándose tras las colinas cercanas, cada vez un poco más lejos, cada vez un poco más alto en el cielo. “Ella”, la luz redonda, deberá aparecer esta noche de primavera. Eso es lo que saben las torres altas y esbeltas que agitan sin cesar sus brazos. Eso es lo que quieren, y eso es lo que espera él, observando desde su refugio.

“Esta noche, Ella está”

Hace tiempo que el sol ya ha desaparecido y la noche ya no es sombra eterna y devoradora. La Luna, plena y brillante, ilumina el páramo, y el viento, esta vez presente y cargado de aromas dulces, mueve las alargadas aspas.

“Es el momento”. Se escucha un murmullo, apenas perceptible pero que va creciendo conforme una a una, y al final todas las torres cantan la vieja canción. El viento es la música de fondo, que se modula, como por arte de magia, al compás de palabras que no pronuncian labios humanos.

“Es el momento”, siente que le dice la Voz, y levanta entonces el vuelo, abandonando su escondrijo entre las piedras ariscas y vacías.

El paisaje se llena de objetos que se mueven por el cielo, desde todas las direcciones y hacia el conjunto de cilindros cantores. El zumbido de sus alas de cobre y aluminio se mezcla con la canción vieja del amor y la desesperanza.

Hay un instante de éxtasis cuando él se posa sobre una de las torres, y lame con su lengua de metal su superficie brillante. Extrae la sustancia que el viento arrastra y pega a las aspas que se mueven en círculos infinitos, la hace suya y la transforma en algo distinto, indefinible. Mil historias semejantes acontecen esta noche de luna llena de primavera, como tantas veces ha sucedido en el pasado.

La ceremonia apenas dura unos minutos, y la Luz sólo ha avanzado un poco en el cielo. La Voz ya ha callado y los objetos voladores, los alucóbridos, que se han ido desplazando de una a otra  torre, ya han desaparecido de nuevo en el horizonte, regresando a sus lugares de origen, hasta el próximo año, con otra luna llena de primavera.

*****

Pocos soles más tarde, cada una de las torres perderá uno de sus brazos, aprovechando un fuerte golpe de aire para que vuelen, libres, varios cientos de metros. Caerán después al suelo y quedarán clavados profundamente. El viento arrastrará la tierra, y las nubes traerán agua cargada de química y futuro. En breve tiempo, de aquellos brazos germinarán nuevas torres, jóvenes, esbeltas, que crecerán hasta convertirse en recias y maravillosas flores de metal, a la espera de ser fecundadas, por los que vienen allende del horizonte, en las noches de luna llena de la primavera.

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