Polvos ilegales, agarres malditos (XIV)

Fernando Morote

Amigo Judas II

—Si no fuera por el Sida, sería amigo —y amante encarnizado— de todas las prostitutas de Lima.

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Le gustaba sentirse deseado, aunque fuera por un maricón. Y éste era uno blancón, cincuentón, espaldón.

—Sírvete un trago. Vuelvo en un minuto.

Impresionado por la decoración, Judas dio un paseo alrededor de la sala. La esquina del comedor estaba dominada por un pequeño bar nutrido con variedad de licores. Las suaves luces de las lámparas otorgaban un aire romántico al ambiente. Se preparó un gin tonic y se repantigó en el sofá. Quería demostrar suficiencia ante su anfitrión. Éste tardaba en volver. Entonces realizó una nueva patrulla de reconocimiento. Asomó por la ventana. La avenida Arenales lucía desierta. Sobre un aparador, algunas viejas fotos enmarcadas en plata lo remitieron a los probables orígenes familiares del dueño del departamento: un señor y una señora cargando a un niño (quizás el pederasta cuando era chico), una dama guapísima en vestuario de los años cincuenta (tal vez su mamá de joven), un apuesto muchacho de amplia sonrisa con uniforme de la marina (muy parecido al sodomita; a lo mejor su hermano o de repente él mismo). Ante la prolongada demora, un cosquilleo recorrió su interior y empezó a considerar la posibilidad de irse. Comprobó que la puerta estaba cerrada con llave. “¿En qué momento lo hizo?”, se preguntó. Comenzó a imaginar cosas. La entrada del dormitorio finalmente se abrió y el homosexual apareció descalzo, envuelto en un kimono negro, estampado con dragones dorados y serpientes rojas. Sujetaba el vano con los brazos en alto y la cadera de lado, en una pose clásica de Marilyn Monroe. A contrario sensu, Judas identificó automáticamente a Hugh Hefner, rodeado de sus conejitas de Playboy, esperando comérselas una tras otra al borde de la piscina. El instinto de conservación le dirigió la vista hacia la ventana. El maricón se ajustó el cinturón. En sus ojos refulgía un brillo perverso. Judas ensayó un imaginario salto con garrocha hasta la cancela. Estaba decidido a romperla o derribarla, si era necesario. Sorpresivamente cedió sin dificultad. Bajó a trancazos la escalera. Sudando de miedo ganó la calle buscando desesperadamente un taxi. Sin preguntar cuánto cobraba, le suplicó al primer chofer en parar que lo llevara corriendo a su casa.

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