Polvos ilegales, agarres malditos (XII)

Fernando Morote

Amor en auto III

—Resentimiento.
—¿Tú crees?
—Es muy claro desde afuera.
—Castigado para toda la vida. Así es como me siento.
—Someterse y adaptarse. Ésa es la lección del matrimonio, si quieres salvar el cuello.

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Sábado por la noche no perdonaban. Quedarse en casa representaba un auténtico pecado venial. Aníbal disponía y organizaba todo durante la semana para no sufrir sobresaltos a último momento.

—¡Ni hablar del peluquín! —solía decir, cuando daba por  concluidas sus gestiones.

Judas no dejaba de sorprenderse cómo un tipo tan extraño, tímido y controversial en la época escolar se hubiera convertido insospechadamente en un enamorador experto que cautivaba a las mujeres con extrema facilidad. Fresco guardaba todavía el recuerdo de su amigo cayendo repentinamente abatido por ese inmisericorde tic nervioso que le torcía el pescuezo y transformaba su cabeza en máquina de escribir antes de decapitarla y servirla como siniestro trofeo sobre su carpeta. Ni qué decir de su cara llena de granos y su asqueroso pelo grasoso. Cierto era que ahora andaba en auto y tenía el pecho poblado de vellos. Quizás era eso, a lo mejor, uno nunca sabe…

—¿Y cómo es ella? —indagaba Judas, cada vez que Aníbal alardeaba de un nuevo agarre.
—Tiene un carro del año —respondía aquél, envuelto en soberbia—, lunas polarizadas, llantas anchas, aros de magnesio, equipo con ecualizador; una casa en La Planicie, otra en Santa María y una más en Los Cóndores; estudia en la Universidad de Lima; su viejo es director del Banco Central, se caga en plata. ¿Qué más puedo pedir? ¿Ah?
—Una mujer —afirmaba Judas, invariablemente.

Su curiosidad por saber cuál sería su destino aquella noche empezó a desvanecerse cuando el viejo Toyota Corona rojo dobló a la derecha para ingresar en esa calle triste y lúgubre de Barrios Altos. La cuadra sólo mostraba fachadas de casas en mal estado, pequeñas viviendas pobres y descuidadas, casi en ruinas. ¿Cómo podrían salir buenas hembras de esos cuchitriles?

—Hembrones, mi hermano —aseveró Aníbal.

Avanzaron unos metros buscando la dirección.

—Aquí es —dijo Aníbal, estacionándose frente a la puerta de un callejón.

Judas pestañeó previendo lo que se venía. Era un axioma que, cuando el material no estaba bueno, a él le tocaba lo peor. Examinó los alrededores: panorama oscuro, presagio sombrío. Encendió un cigarro. Al cabo de unos minutos, un ruido de risas alegres precedió la salida de Aníbal, que llegó al auto carraspeando la garganta, el signo típico cuando quería vanagloriarse.

—Pasen, muñecas —le dijo a las chicas— Adentro las presento.

La compañera de Judas esa noche tenía un look deslumbrante. La forma puntiaguda de sus senos le hizo recordar las dunas de Ica.

—Hola —le dijo a Judas, cuando el auto se puso en marcha— ¿Cómo te llamas?
—Judas. ¿Y tú?
—Nelly. Hola Judas.
—Hola Nelly.

Esa fue toda la conversación durante el trayecto hasta El Point. Nelly se movía sobre su asiento, aplaudía y saltaba cantando las letras de AC/DC y Kiss. Ni siquiera sabía decir “hola” en inglés, pero juraba que le salían igualitas tan sólo por chillar los fonemas que creía reconocer. Afortunadamente la potencia de los triaxiales Pioneer ocultaba su falta de fidelidad. Judas no necesitó demasiado estímulo para experimentar una contundente erección. Rodando por la avenida Arequipa, se animó a meter una de sus manos bajo la blusa. No encontró resistencia ni sostén. Sólo un cosquilleo serpenteante en la espina dorsal y un nuevo brinco agitado. Cuando entraron a Diagonal para enfilar hacia la Bajada Balta, Nelly giró el torso y desplegó con braveza sus instintos antropófagos. En el trance derramó por lo menos un cuarto de balde de su coctel de coco. Apoyándose sobre sus talones, estiró las piernas lo más que pudo en la estrechez del auto, se levantó la falda, jaló su calzón hacia abajo y exhibió sin escrúpulo su peluda coliflor. Judas no archivó registro consciente de nada más. Terminó tan borracho que nunca llegó a enterarse de qué sucedió después. Lo alentaba recordar que no siempre era necesario tener que pasar por el penoso proceso de la seducción para tirar con alguien. Porque al menos tenía la esperanza de habérsela tirado.

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