Polvos ilegales, agarres malditos (XI)

Fernando Morote

Bar III

—Ahora que la soledad empieza a apretar, regresan algunos fantasmas cargados de frustración. La fantasía riega su veneno. La tentación aparece más insidiosa. Pero, a pesar de mi debilidad, no quiero ceder. Hay algo en mí que delata con suprema facilidad mis ocultas y verdaderas intenciones.

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A las seis de la tarde iniciaban la rueda de tragos en el Munich, ocho compañeros y él. A las diez de la noche pasaban al Embassy, cuatro de ellos y él. A la una de la mañana sólo seguían en el Gato Negro, otro más y él. A las tres y media saliendo del Mokambo, el único en pie era él. Acabadas las amistades, paseaba su mirada de consagrado aeronauta por las carteleras de los cines donde Sylvia Kristel reinaba sin rival a la vista. El carrito sanguchero estacionado en la esquina de Wilson y La Colmena constituía su obligada pista de aterrizaje. Mientras engullía un humeante hot—dog envuelto en col agria, paraba las antenas. Había aprendido que a esa hora de la madrugada no todos los rudos noctámbulos eran grandes machos en realidad. Algo en sus miradas los desenmascaraba patéticamente. Tarde o temprano uno de ellos se acercaba. Le sonreía y le invitaba un café. Si le ofrecía una cerveza, él pedía un trago corto. Cuando tomaba la iniciativa, entraba decidido al bar, se sentaba en una mesa y miraba alrededor. Proyectaba la imagen del tipo que deseaba estar solo, pero hacía gestos ampulosos. Sabía perfectamente cómo atraer la atención. Los menos obvios eran los más bravos. Ejecutivos luciendo ostentosos anillos de matrimonio, por ejemplo. Su forma de cruzar las piernas y tirar la ceniza del cigarro los hacía inconfundibles. Las conversaciones empezaban siempre con un sondeo personal. Al rato, cuando el alcohol rompía las convenciones, salían algunas bromas, preguntas sobre la enamorada, el tamaño del pene. Más tarde venían los toqueteos, las caricias en las manos, las sobaditas de pierna. Estaba dispuesto a pagar el precio que implicaba seguir tomando hasta el amanecer. Y terminaba entregando su joven miembro a aquellas almas solitarias en el gabinete de un baño pestilente, o tras la columna meada de una esquina en la Plaza San Martín.

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