Polvos ilegales, agarres malditos (X)

Fernando Morote

Judas enamorado

—Después de hacerlo me viene un desencanto que no puedo consolar.
—Es normal.
—Lo normal es tirarse una hembrita, no pajearse como loco todo el tiempo.
—No me gusta compartir los placeres.

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Temido y admirado en el barrio por sus cualidades de mechador nato, cuya masculina fealdad lo hacía irresistiblemente atractivo para las chicas, León apareció como un espectro en la oscuridad.

—¡Qué haces detrás de los arbustos con mi hermana!

Judas empezó a temblar.

—Sólo conversamos, ya se va —contestó Alina, apartando la mirada.

Incapaz de encontrar una respuesta razonable, los aterrorizados ojos de Judas registraron el lugar intentando hallar una vía rápida de escape.

—¿Sabes qué hora es? —insistió León.
—Medianoche —se adelantó a responder Alina.
—¿Entonces? ¿Ah?

El mutismo de Judas lo exasperó.

—¡Poco hombre! ¿Tienes que esconderte para hablar con una chica decente?
—¡León! —suplicó Alina.
—Cobarde, te orinas de miedo. ¿Por qué no contestas?

Judas sólo tenía fuerzas para mantener la boca cerrada. Cuando vio que el rostro de León giró hacia la avenida soltando el aliento por la nariz, respiró aliviado. Pero al instante advirtió que su cuerpo se arqueaba para tomar vuelo. Lo siguiente que alcanzó a ver fueron cinco nudillos estampándose violentamente en su pómulo izquierdo. El impacto le remeció el cerebro. Distinguió a Alina llevándose las manos a la boca. Reprimió el llanto. No le dolió tanto el golpe seco que le desencajó los maxilares cuanto la humillación de ser castigado delante de su primera enamorada. Se resintió al extremo de nunca dirigirle otra vez la palabra. Estableció tal distancia que a los pocos meses dejó absolutamente de tener noticias de ella.

Años más tarde, Alina se presentó por sorpresa en su casa. Nunca le había parecido bonita, más bien sentía cierta vergüenza de que lo vieran con ella en la calle; sus ojos vivaces y sabrosas tetas no eran argumento suficiente para recibir la aprobación de la familia. Pero esta vez la encontró preciosa.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —le preguntó
—Me fui a vivir a San Diego.
—Qué bien. Qué has estado haciendo por allá.
—Estudiar. También conseguí trabajo y me casé. Tengo una hija de año y medio.

Fueron a un bar. Bebieron cerveza y vino. Pidieron una porción de queso y cabanossi. Hasta brindaron por el re—encuentro. Judas se sentía trastornado. A medida que se extendían en la conversación, percibía que sus antiguos temores se desvanecían con las burbujas del licor. Alina seguía tan suelta y divertida como siempre, pero descubría ahora un hechizante sello de madurez en su mirada, había perdido sobrepeso y el nuevo peinado la revestía con un aire de grandeza, que antes sólo era capaz de reconocer en sus provocativos pechos.

Por la noche salieron a bailar. No se perdieron una balada. Pero no hubo besos. Ni siquiera un leve intento. Por algún motivo, recordar de esta forma los viejos tiempos fue una experiencia dulce para ambos. En su fuero íntimo, Judas sintió como si le hubieran extirpado una piedra del riñón. Después de Alina, nadie más había formado parte de su historia sentimental. Era probable que su soledad lo estuviera conduciendo en silencio por el camino que lo llevaría a enamorarse nuevamente de ella.

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