Polvos ilegales, agarres malditos (IX)

Fernando Morote

Vanessa

—En aquella ocasión estaba yo desde temprano en el aeropuerto, esperando la llegada de mi mujer. Horas más tarde, en el hotel, le entregaba regalitos que la sorprendieron y emocionaron. Luego nos metimos a la cama hasta el día siguiente. No sé cuántas veces hicimos el amor esa vez. Terminamos exhaustos, con dolores de cabeza, mareos y cansancio muscular. Fue uno de los días más lindos de mi vida.

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Judas esperaba siempre recibir la recompensa de un trabajo duro sin haberlo hecho. Cuando Lázaro, su vecino que cursaba el quinto año de secundaria, le propuso tirarse la pera para llevarlo donde una amiga muy rica, de calzón flojo, la idea le pareció magnífica.

—Vanessa vive en la última puerta —dijo Lázaro, señalando el lugar desde la entrada del callejón.

Judas sentía una creciente exacerbación de sus sentidos. No le interesaban los trámites penosos, sólo le atraían las cosas fáciles. Soñaba con encontrar mujeres que apenas lo vieran se lanzaran a sus brazos y le ofrecieran su cuerpo sin pedir nada a cambio.

El golpe tímido de la puerta fue atendido por una rizada peluca roja, zapatos de taco aguja, estrecha blusa y minifalda de quinceañera. Pese a lo cual, aquella alta y fornida estampa no podía ocultar de ningún modo su rudo aspecto masculino.

—Hola, chicos —dijo, con voz delicada— Pasen, estaba por tomar desayuno. ¿Quieren un poco de café?—¿Vas a salir? —preguntó Lázaro, poniendo sus cuadernos sobre el mantel de plástico.
—Al contrario —replicó Vanessa— Acabo de llegar, se me hizo tarde. El trabajo no estuvo muy bueno, pero un viejo mañoso me salvó la noche.

Judas se sentía de lo más desubicado.

—¿Y este mocoso en qué año está? —preguntó Vanessa, en  tono cariñoso.
—En tercero, ¿verdad, Judas? —contestó Lázaro, guiñando un ojo.

Judas, asustado, asintió con la cabeza. Vanessa se desenvolvió como una auténtica ama de casa. Preparó café, puso la mesa y sirvió algunos panes con mantequilla.

—Dejen los platos en el lavadero —dijo, levantándose al finalizar el desayuno— Voy a cambiarme de ropa y vuelvo.
—Prepárate —dijo Lázaro, cuando se quedaron a solas.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Judas, intimidado.
—Te va a gustar, ya verás.

Judas suspiró. En su interior sólo quería que sucediera de una vez lo que tenía que suceder.

—Voy a salir a fumar un cigarro —dijo Lázaro— Disfruta el momento.

Vanessa regresó en bata, tirándose el pelo hacia atrás.

—Uff, qué calor hace todavía, ¿no? —dijo.
—Cierto —contestó Judas, mecánicamente.
—Ven por acá… ¿cómo te llamas?
—Judas.
—Ven a la sala, Judas.

Todos los ambientes de la humilde vivienda estaban reunidos en una sola pieza. Vanessa se sentó en el único y destartalado sillón que había.

—No estés nervioso —dijo— ¿Nunca antes te la han mamado?

Judas movió la cabeza.

—No tengas miedo, lo voy a hacer con cuidado.

Judas parecía un tetrapléjico.

—Ven, acércate.

Trémulo de emoción, dio unos pasos inseguros. Vanessa adelantó su cuerpo hasta el borde del mueble y acomodó a Judas entre sus piernas. Al hacerlo, su bata se deslizó levemente hacia un lado y un bulto pronunciado asomó bajo su pequeño calzón de color azul.

—Vamos a ver qué tenemos por acá —dijo.

Judas observaba con escalofrío el mentón huesudo de Vanessa, los vellos punzantes de sus canillas y cómo sus manos toscas, plagadas de callos, le bajaban la bragueta.

—Qué rica cuestión tienes, papito.

Judas experimentó un abrumador calor en todo su cuerpo. De pronto el aparato se le puso rígido. Después de lengüetearlo a lo largo y ancho, Vanessa se lo metió íntegro a la boca. Un caramelo de limón. Excelsa delicia que hacía sentir a Judas un verdadero hombre.

—Golosa —se atrevió a decirle.

Al cabo de unos instantes, cuando abrió los ojos, presenció algo que no estaba incluido en su presupuesto más ambicioso. Vanessa se había resbalado hasta quedar en cuclillas. Mientras succionaba con fervor su miembro tieso, masturbaba frenéticamente el de ella, enorme, escoltado por unas hercúleas criadillas. Judas se sintió aterrado pensando en lo que podía ocurrir a continuación. Pero luego reconoció en el rostro de Vanessa un rictus de éxtasis, el mismo que seguramente encontraría en el suyo si pudiera verse en un espejo en ese momento. La eyaculación brotó incontenible de ambas fuentes. Incrédulo ante el espectáculo, fue conmovido por un gozo indescriptible. Vanessa, un orgasmo chorreando en su boca y el otro en su mano derecha, yacía tendida en el piso, agonizando de placer.

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