Polvos ilegales, agarres malditos (VIII)

Fernando Morote

Voyeur

—Tengo sexo vigoroso y espiritual con mi esposa, pero igual me masturbo pensando en otras mujeres.
—¿Después de tantos años de matrimonio te sigues masturbando? ¿Y con tu esposa?
—Mi esposa duerme a mi lado mientras yo veo un programa porno en el cable. No me interesa despertarla.

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Se alejó del velorio porque necesitaba respirar un poco de aire fresco. Se sentía fatigado. La repentina muerte de Alberto, su primo de trece años consumido en una semana por una fulminante leucemia, además de triste lo había dejado abatido, confundido, asustado. Cabizbajo, caminó hasta llegar a la Alameda Pardo. Se sentó sobre el poyo que indicaba el nombre de la calle y hundió la cabeza entre sus rodillas. Sollozó un rato con los ojos cerrados. Al abrirlos, la luz de los postes le laceró la vista. En perspectiva, tras una hilera de autos estacionados al borde de la vereda, alcanzó a distinguir dos sombras borrosas. El faro de la Marina coronaba el paisaje nocturno. Más al fondo, la incandescente cruz del Morro Solar se elevaba imponente. El hombre, generoso en procaces insultos, parecía estar abofeteando a la mujer, que soltaba lánguidos aullidos. Ésta, apoyada en el capó del vehículo, repelía con sus manos los brazos del agresor. Judas decidió acercarse furtivamente. Sin otro peatón a la vista y el alumbrado público haciendo bien su trabajo, pronto sería detectado merodeando. Y podría granjearse buenos problemas. La pareja, contra su pronóstico, no le prestó la más mínima atención. Parapetado tras un guardafango, reparó que la espalda de la mujer se doblaba como un haz de trigo ante las recias flexiones del hombre. La fascinante escena lo aterrorizó cuando aquél, realizando una pausa inesperada, descubrió su presencia. Presa del pánico, salió disparado de su escondite y echó a correr de regreso hacia la Alameda. Nunca supo si esos dos estaban tirando, simplemente jugando, o protagonizando una violación callejera. En todo caso lo desoló comprobar cómo el recato que sus padres le inculcaron de chico, en realidad no tenía mucho valor para otras personas.

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