Polvos ilegales, agarres malditos (VI)

Fernando Morote

Mucama sensual III

—Tenía la costumbre de hacerlo en el cuarto de mis papás. Me gustaba dejar la puerta abierta. Experimentaba tanto placer que llegaba a sentirme culpable. Mi hermano mayor me sorprendió un día. Me gritó y me pegó. Había escuchado desde pequeño que la práctica regular, ininterrumpida, provocaba demencia, imbecilidad, idiotez, impotencia, disfunciones eréctiles y, por último, homosexualidad. Me resistía a creer en esas teorías, las encontraba exageradas, demasiado trágicas. Gozaba el placer de la culpa. No sabía que ese deleite por el peligro de ser pillado me acompañaría, y en gran medida estimularía mis actos, el resto de mi vida.

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A partir de las cuatro de la tarde sólo se bañaban en Playa Blanca las empleadas domésticas, los heladeros y los albañiles. Judas y Benjamín Pinamonte se mantenían todavía inmaculados de esa clase de prejuicios. Les importaba un comino correr olas mezclados con la plebe del balneario.

Al esquivar la reventazón de una ola, vieron detrás de ellos un cuerpo revolcado violentamente contra la orilla. Una mujer envuelta en espuma, negras mechas enmarañadas en el rostro, surgió de la masa de agua. Caminaba a tientas, haciendo eses, una teta al aire. Telepáticamente se pusieron de acuerdo para ayudarla. Le preguntaron si se encontraba bien. Ella asintió, escupiendo un alga. Le aconsejaron tener más cuidado con el mar traicionero. Ella encajó el seno en su vieja ropa de baño a rayas grises y negras. Indagaron si sabía nadar. La pobre mujer, con la cabeza llena de arena, respondió que no. Ofrecieron enseñarle. Ella, tras un rasgo inicial de desconfianza, decidió aceptar. Le pidieron que se echara en la piti tabla. Torpemente, ella acomodó su humanidad sobre la superficie de tecnopor. El aparato no tenía estabilidad. La calmaron asegurándole que la sostendrían mientras ella remaba con ambos brazos. La escoltaron sujetándola de los glúteos. La mujer no expresó reclamo alguno, tan entusiasmada ahora con su clase de natación. Ahogándose de risa, la paletearon a su regalado gusto. Pero la desdichada, pese a sus incansables braceadas, no lograba mantener el equilibrio; no paraba de resbalarse y hundirse. Después de ingerir el enésimo litro de agua salada, declaró que era demasiado para ella; mejor se iba. Judas y Benjamín trataron de disuadirla, alabando su audacia, remarcando que sólo necesitaba otro poco de práctica. La mujer se negó rotundamente y partió a la carrera, asustada.

De regreso en casa, mientras se enjuagaban bajo la ducha, Judas y Benjamín se lanzaban acusaciones mutuas acerca de quién se había mostrado más arrecho tocando las partes pudendas de la sirvienta náufraga. Judas propuso un juego para resolver la diferencia: uno relataba al otro los hechos ocurridos y si el oyente no sufría una vergonzosa erección estaba diciendo la verdad. La narración de Benjamín resultó tan sosa y sin gracia que Judas ni se inmutó. Cuando le tocó el turno a él, su amigo se puso de lado, intentando ocultar lo que estaba seguro sería su inevitable reacción física. Judas describió los hechos con tal exactitud, cuidadosa precisión y genuina fidelidad, que Benjamín terminó encorvado. Judas irrumpió en un prolongado silencio, tratando de encontrar la palabra correcta para continuar. Entonces su amigo giró el torso y repentinamente estalló en un escandaloso grito de triunfo:

—¡La tiene chueca!

En efecto, por la curvatura de su hoja, antes que una espada rectilínea el pene de Judas parecía una cimitarra turca. Benjamín nunca había visto el miembro de su amigo adoptar tal dimensión. Tampoco el propio Judas, quien se sorprendió de ver, algo alarmado inclusive, cómo su glande totalmente fuera del prepucio brillaba igual que el cráneo de un hombre calvo. Tan firme destacaba su mástil enhiesto que hasta sintió el impulso de inclinarse con una venia en señal de respeto.

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