El retorno de la crisálida (IV): “Frutos de la tierra nueva”

Pablo Martínez Burkett

Colmillos II

“Su monstruosa avidez de sangre de seres vivos les proporciona
 la energía necesaria para subsistir durante las horas de vigilia”
Sheridan Le Fanu
 

La tormenta de iones se ensañó con el avión y el viaje se completó con no poca zozobra. Londres era otra cosa. Luana pudo presentirla más allá de su encierro. Anticipando noches de sangrienta ebriedad, se pasó la lengua por los colmillos. Los rodeó, sopesando su perentoria presencia. Aunque los disfrutaba, todavía no se había acostumbrado del todo. Con la fuerza superlativa y el aguzamiento de los sentidos se llevaba mejor. Era capaz de percibir todo. Le confería un alivio pacificador sentir que su madre estaba en el féretro contiguo. Si los hijos deben la vida a sus padres, Luana le debía la vida eterna. Con cuánto amor la guió en las salidas iniciales. Una cosa es el ansia primordial que no sabe de prevenciones ni recatos y otra muy distinta es abalanzarse sobre la primera víctima. No hay escuela que enseñe a yugular a un hombre. Siempre recordará la primera vez, su primer mordido. Esa mirada de desesperanza, de horror, de resignación poco antes de abismarse sobre el cuello de aquel hombre. El tenue chasquido de los dientes perforando la piel es una emoción única que busca repetir con cada nueva incursión. Y la efusión de la sangre fluyendo garganta abajo. Chupar y chupar, esa pungente desesperación que es arrebato, frenesí, ordalía. Es sentir que el corazón vuelve a latir mientras se va apagando el corazón del otro, un otro de rostro paulatinamente intercambiable, efímero, transeúnte.

Luana sabe que no va a extrañar nada de su patria. Ni siquiera las febriles jornadas de la conflagración que sucedió a la Guerra de los Elementos. Si las circunstancias pusieron a madre e hija al frente de las hordas de la noche, facilitaron también su evacuación antes del estallido nuclear. Salir dentro de los ataúdes de dos militares fue una osadía pero también una humorada. Luana sabe que va a amar a su nueva patria. Augura deleitables noches de cacería con los herederos de la antigua Albión.

Justamente, Blodeuyn, la hija del General Alan Glyndwr Jones, decidió acompañar el sarcófago de metal que llevaba los restos mortales de su padre. El viejo tozudo no pudo estarse como todo el Estado Mayor Conjunto en el puesto de comando y reclamó su lugar en el campo de batalla. Un imberbe desarrapado, casi sin ojos por los años en las cavernas, lo mordió antes de que fuera capaz de echar la mano al arma reglamentaria. Una muerte cruel, una muerte vil. Una muerte estúpida. Sobre todo porque tardó nada en convertirse y asaltar a dentellada limpia a su propia custodia. Su fabulosa hoja de servicios dice que cayó en acción. Lo cierto es que un sargento le cortó la cabeza con una katana samurai, espada que se había vuelto obligatoria entre los suboficiales encargados de sosegar a los camaradas conversos. La joven quería creer que su padre había muerto como un héroe, pero la condescendencia del Ejército y la urgencia por olvidar el incidente, la inclinaban a sospechar que había sucedido algo tremendo más allá del entendimiento. Le dijeron que los embalsamadores se habían empleado con acierto y que su padre parecía una persona durmiendo. Quería verlo. No, no quería. No podía creer que estuviera muerto. No sabía si prefería recordarlo tal como lo vio la última vez, casi un año atrás o si quería llevarse la última imagen de lo que puede haber creado el artista fúnebre. Cuando la dejaron sola en el hangar militar del aeropuerto de Heathrow, Blodeuyn tuvo un último instante de hesitación. A veces, quedarse con una imagen del pasado es mejor que reconocer el presente. Seguir esa consigna le hubiera salvado la vida.

De los muchos horrores que imaginó al abrir el ataúd, ninguno se parecía a una joven vampira sonriendo con hambre.

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