Polvos ilegales, agarres malditos (V)

Fernando Morote

Judas y Florentín

—Reconozco que, en mi caso, cualquier movimiento —por mínimo que sea o inofensivo que parezca— resulta sospechoso. No puedo quejarme. Recibo los palos de mi esposa poniendo el lomo, como un perro manso que sabe ha mordido la mano de su amo.

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Las indicaciones de la etiqueta recomendaban una cucharada como dosis diaria. Judas se tomaba cuatro para asegurar los efectos prometidos. Se trataba de un líquido negro con aspecto repugnante y sabor a remedio. Pero parecía de cualquier modo más confiable que aquellos productos basados en aceites de reptiles, sangre de aves y raíces de árboles que había conocido durante su búsqueda de pócimas, brebajes, ungüentos y hierbas para la potencia sexual en las ferias ambulantes de Iquitos, Pucallpa y Tingo María.

No cuestionaba tanto su virilidad como su confianza en sí mismo. En la memoria guardaba con recelo parte de su infancia cuando alguna vez llegó a sentir deseo sexual por un hombre. La ágil y graciosa figura de su amigo húngaro, el chico más codiciado por las niñas bonitas del barrio, una tarde lo estremeció al punto de tener ganas de besarlo en la boca y hacerle el amor. Los duchazos compartidos con su primo menor en la casa de playa le proveían la oportunidad de jugar bajo el chorro de agua y acariciarse mutuamente, provocando sus primeras erecciones admirables. El desafío que uno de sus compañeros de clase le planteó al verlo orinar para saber quién llegaba más lejos, luego se convirtió en una competencia de tacto para averiguar quién lo tenía más duro…

El cuarto de Florentín era un desastre. Las paredes pintarrajeadas con crayola y plumón, ropa tirada por todas partes, entreverada con útiles escolares. Judas se ponía de acuerdo en secreto con él para deshacerse de Florencio. Lo mandaban a contar afuera. Una vez que salía, echaban llave y apagaban la luz. A veces era Judas primero, otras Florentín. Removían la cantidad de accesorios que yacían dispersos sobre la cama. Sin quitárselo, se bajaban el pantalón y se acostaban, uno montado encima del otro, tapándose hasta el cuello con el cubrecama. Se sobaban, se respiraban en los tímpanos, a veces se buscaban la boca. Aunque no llegaban a besarse del todo, se rozaban los labios. Cuando sentían que entraban más en calor se bajaban lentamente el calzoncillo y dejaban que sus espárragos crecieran al contacto de los cuerpos. En ocasiones se atrevían a fingir un descontrol en la manipulación del propio miembro y tocaban breve, tímidamente el del otro. Una de esas tardes Florencio empezó a sospechar. Golpeó con violencia, pugnando por desbloquear la entrada. Judas y Florentín le gritaron cualquier excusa para distraerlo. La oscuridad de la habitación, el olor a ropa sucia, la presión externa, incrementaba la sensación de placer. Alterado al límite, Florencio amenazó con romper la puerta si no quitaban el pestillo en ese preciso momento.

—¿Qué estaban haciendo, huevones? —vociferó finalmente, cuando le abrieron.

En las cabezas de Judas y Florentín no había aún malicia suficiente para planear una coartada inteligente.

—Se me perdió un botón —dijo Florentín.
—Lo estábamos buscando —añadió Judas.

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