El retorno de la crisálida (III): Tiempos mejores

Pablo Martínez Burkett

Destrucción III

“Su monstruosa avidez de sangre de seres vivos les proporciona la energía necesaria para subsistir durante las horas de vigilia”
Sheridan Le Fanu

La adaptación fue inmediata. Salvo la obligatoriedad de la reserva diurna, la flamante realidad le resultó natural. Ese súbito vigor, ese apetito pungente, la omnisciencia eran capacidades que la llenaban de fascinación. Se abandonó sin reservas a percibir la íntima conexión de todas las cosas. Los nuevos poderes amplificaron la furia de otrora, aguzando los sentidos hasta la exquisitez. Luana se convirtió en una homicida exquisita. Con malsana paciencia disfrutaba cazando a su próxima víctima hasta rendirla por el terror. La chiquilina se alimentaba tanto de la sangre como del miedo. Igual, se dejaba guiar por su madre. Pronto la eficacia de las dos mujeres se hizo notar entre las criaturas de la oscuridad, quienes se congregaron a sus órdenes. Se fijaron algunas normas básicas buscando preservar el sustento. Los humanos eran el alimento milenario y no era cuestión de malograrlo con accesos de gula mal contenida. La Hermandad de la Noche adoptó una dieta equilibrada.

Sin embargo, la insuficiencia del acuífero sumado a la proliferación de dentelladas convirtió a la Guerra de los Elementos en una guerra racial. Las tropas de la Coalición se especializaron en erradicar nido por nido y los reanimados dieron batalla. Poco faltó para que lograran convertir a batallones enteros, que a su vez, se ensañaban con sus camaradas de armas y la población toda. En realidad, con cualquier ser viviente que tuviera sangre en sus venas. Poco faltó para que toda la región fuera convertida.

La pacificación no fue fácil. Se tomaron medidas extremas. El Comando Central plantó en el agua unos nanoconductores cuyo efecto era elevar un par de grados la temperatura corporal de las personas. Los mordidos diseminaban los diminutos robots y en pocas horas, los vampiros explotaban en medio de convulsiones febriles. La así llamada “Plaga de Transilvania” pudo ser remitida, pero algo falló y una mutación celular se instaló definitivamente entre los diezmados habitantes de los Cárpatos. Si bien era un daño colateral que las fuerzas conjuntas podían afrontar, la anomalía amenazó con extenderse al resto del orbe y no hubo tecnología genética capaz de conjurarla. La gravedad de la situación justificó el allanamiento de los últimos paradigmas morales y entonces se recurrió a misiles con ojivas nucleares, armas de destrucción masiva que los Tratados de Paz de Burkina Faso habían abolido para siempre. Toda la región quedaría reducida a polvo radiactivo aunque con ello se agravara el deterioro de la atmósfera.

Una oportuna delación salvó a madre e hija del holocausto.  Disimuladas en los féretros de un par de generales caídos en acción, abordaron el avión que las sacó de la antigua Rumania con destino a Inglaterra.

Las explosiones fueron devastadoras. No quedó nada al norte de los Balcanes. Comenzaba una nueva etapa para el mundo. El pasado sería recordado como un tiempo mejor. Nadie sospechaba siquiera las penurias que estaban por venir.

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