Polvos ilegales, agarres malditos (IV)

Fernando Morote

Bata azul

—De pronto me preguntan cosas que no sé cómo responder:“¿quieres a tu mujer?”, “¿estás enamorado de tu esposa?”, “¿por qué te casaste?”. Soy como un animal en celo permanente.

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Quizás eran sus atrevidos escotes. Tal vez sus pantalones acampanados. O de repente los grandes lentes de sol que, colocados sobre su frente, tan magnífica combinación hacían con sus enormes argollas plateadas. No podía precisar la causa exacta, pero Judas ardía en fiebre cada fin de semana que pasaba en casa de su mejor amigo, Benjamín Pinamonte, envidiando los piquitos que éste recibía de su mamá al despedirse.

Una tarde subieron al cuarto principal para pedir permiso de jugar en la calle. La mamá de Benjamín estaba recostada en la cama viendo un programa de televisión. Judas pasó delante de ella y entró al baño. Abrió la llave del agua para fingir lavarse las manos. Desde allí aguzó la vista. Estaba siempre al acecho. Por la posición de la señora, pudo analizar con detalle los recodos de sus pomposas nalgas, mordiéndole la tanga bajo el vestido. Un deleite visual. Una obra maestra de carne y deseo…

Al día siguiente, los ruidos provenientes de la habitación contigua lo despertaron a primera hora. Alzó la cabeza y vio que Benjamín aún dormía. Decidió escuchar sin levantarse. El papá de su amigo daba algunas indicaciones a la mamá, aclarando que volvería temprano del trabajo. Después, pisadas que bajaban la escalera, un portazo y finalmente el ruido de un motor que arrancaba, perdiéndose luego en la distancia. A continuación, movimiento de cajones que se abrían y cerraban; uno de ellos cayó al piso y fue acomodado en su lugar. Por último:

—¡Arriba, chicos! —la voz de la mamá— ¡A tomar desayuno!

Judas sintió aproximarse unos pasos apurados. Benjamín empezaba a dar las primeras señales de conciencia. Entonces, la entrada triunfal. Una radiante modelo de lencería fina ingresó al dormitorio luciendo una larga bata celeste que, a lo lejos y a contraluz, la mostraba virtualmente desnuda. Traía en las manos un par de medias de algodón hechas pelota. Se estacionó sobre el tapete que separaba las camas de los dos muchachos. Simulando una pesada somnolencia, Judas paseó su vista por el pecho. Sus senos pendían como una delicada gota de rocío. Pudo ver los pezones tan claritos que tuvo la sensación de estar catándolos con la punta de la lengua. Ella hablaba y hablaba, se reía, hacía bromas y al mismo tiempo reproches, daba órdenes, recordaba antiguas instrucciones acerca de cómo doblar y guardar los calcetines. No parecía querer moverse de allí. Judas pensó que tal vez experimentaba un placer morboso exhibiéndose ante sus ojos. Quedó convencido de ello cuando, antes de retirarse, la mamá de su mejor amigo le lanzó una sonrisa pícara que él arbitrariamente tradujo como “¿Me las viste bien? ¿Qué tal? ¿Te gustaron?”. Todo ese día fue incapaz de concentrarse en los juegos que Benjamín propuso. Más atención le prestó al delicioso olor a palta que despedían sus genitales cada vez que se remangaba el prepucio en la intimidad del baño de visitas.

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