Polvos ilegales, agarres malditos (III)

Fernando Morote

Judas

—¿Recuerdas cuando eras niño y te costaba un mundo levantarte temprano para ir al colegio? Pero los sábados y domingos saltabas de la cama casi de madrugada, sin necesidad de que nadie te sacudiera, simplemente porque adorabas el olor y el color de las primeras horas del día?
—Correcto.
—La responsabilidad lo cambia todo.
—Cuál es el punto.
—La responsabilidad arruina el matrimonio.

———-

———-

A Judas esas cosas lo ponían neurasténico, no aguantaba el dolor ajeno, la sangre lo hacía huir. Salió de la habitación.

—Parece que tiene el erizo bien clavado —dijo.
—Detesto las pinzas —comentó Catalina.

Judas hizo una mueca.

—No me gusta ver.
—A mí tampoco —dijo Catalina— Por eso no entro.
—Me da miedo —agregó después, y se abrazó a sí misma.

Luego estiró un brazo hacia Judas —Mira cómo se me pone la piel de gallina.

Judas observó de lejos.

—Ven —dijo Catalina— Toca.

Judas se acercó un poco y puso sus dedos sobre el codo de Catalina. Tenía la piel suave.

—¿Te da miedo? —preguntó Catalina, mirándolo con cierto aire de desafío.
—Qué cosa.
—Ver cómo mi mamá le saca la astilla a tu hermana.
—Sí.

Entonces Catalina lo abrazó, lo jaló hacia su pecho y lo apretó fuerte.

—Yo te voy a cuidar —le dijo.

Judas cerró los ojos.

—Qué rico pelo tienes —dijo Catalina, acariciándole la cabeza.

Embebido como estaba, oliendo la fragancia que brotaba de su cuello y sintiendo despuntar sus minúsculos médanos, Judas guardó silencio. Recordó las veces que la había visto chapar furiosamente con su enamorado, ese negro horrible de african—look que venía todas las tardes a buscarla y la agarraba al pie del farol, abriendo su boca de tiburón, introduciéndole la lengua en lo más hondo de la tráquea, manoseándola por encima de esos apetitosos shortcitos rosados, que ella siempre usaba.

—¡Judas! ¡Qué estás haciendo!

Volteó asustado. Era su mamá, con los brazos en jarra, llamándolo desde la terraza. Sintió que Catalina lo soltó bruscamente.

—¿Cómo está, señora?
—Hola, hija. Judas, busca a tu hermana y dile que venga a la casa a tomar lonche.
—Se enterró un erizo en la playa, la mamá de…
—Yo la llamo —se apresuró a decir Catalina, y entró a la casa—, ya deben haber terminado.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó la mamá de Judas, en tono inquisitivo.
—Nada, mamá.
—Como que nada, si vi que estabas abrazando a Catalina. ¿No ves que es una chica más grande que tú?
—Ella me estaba abrazando a mí, mamá.
—¿Y tú te dejas? Sabe Dios las mañas que tendrá esta chica, hijo.
—Pero mamá, ella sólo…
—Vamos a la casa. No quiero que esto se vuelva a repetir, ¿está bien?
—Está bien, mamá.

————————

 

Una respuesta a “Polvos ilegales, agarres malditos (III)

  1. Magnífico relato. En la pubertad, el despertar sexual sucede a veces en formas más o menos similares a la relatada. Una mujer algo mayor suele introducirnos a los hombres en ciernes en el deseo por ellas.
    El cuento está muy bien contado, sin lugares comunes y destacando lo que hay que destacar. Enhorabuena!!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .