Jitanjáforas

Nora Ibarra

Amanda

Filiflama alabe cundre

 Ala alalúnea alífera

Alveolea jitanjáfora

 Liris salumba salífera

Mariano Brull

En su cuerpo robusto y compacto se escondía un niño, por momentos travieso, por momentos ingenuo y casi siempre cruel.

Había comenzado a escribir a partir de la muerte de sus padres; fallecieron en un trágico accidente automovilístico.

Su afán de escribir era  compulsivo y febril, tenía la imperiosa necesidad de capturar las palabras y adueñarse de  ellas para que no lo pudieran abandonar.

Todo marchaba sobre rieles en su vida hasta aquella mañana en que apareció Amanda. Él intuyó desde un principio que ella era “una rata con patas”.

Precisaba una secretaria y no tenía paciencia para entrevistar gente. Su amiga Alicia le envió a su vecina que estaba sin trabajo. Le  había dicho: – Es buenita, no tiene familia y necesita trabajar.

El día que Amanda entró por la puerta de su negocio, supo que habría problemas. Era joven, linda y en la entrevista demostró sagacidad. En el afán de seducirla comenzó a leerle sus escritos literarios. Cuando finalizó la lectura la chica le dijo: – Usted escribe enroscado y difícil, me hace acordar a Fastraslafra… aquel personaje de la tele. A ese estilo de hablar lo llaman Jitanjáforas, son palabras que no significan nada pero suenan simpáticas y musicales. Cuando terminó de hablar se levantó y salió caminando con un movimiento de caderas que denunciaba su total desparpajo.

¡Él quedó inmovilizado! ¡No lo podía creer! ¿Quién era esa criatura huérfana e inquieta y sin principio de autoridad? ¿Por qué no se rindió a sus encantos literarios como lo habían hecho las demás? No podía despedirla por eso, además necesitaba una secretaria, si la quería despedir debía demostrar que la chica era incapaz, que no tenía el perfil de la secretaria que él buscaba.

Habló con su amiga Alicia y le contó que Amanda era demasiado extrovertida…excesivamente simpática…Alicia respondió: -¡Amanda es un encanto! Es buena persona, agradable con los clientes ¡Qué más quieres!

-No le gusta como escribo – agregó él, compungido como una chico al que le roban, de un manotazo, su chocolate preferido.

-No seas inmaduro. Eso tiene solución. No le muestres tus escritos – concluyó Alicia.

Esa tarde escuchó a Amanda reír, se asomó a la puerta del escritorio de ella y la vio leyendo el manuscrito de uno de sus cuentos. Se escondió detrás de la pared expectante. Cuando la chica terminó de leer soltó una carcajada y dijo en voz alta: – Es puro Frastraslafra y no sagrapa el calimestrol, jajajaja.

Quedó petrificado detrás de la pared. No conseguía reaccionar ni sabía para donde ir. Esperó que Amanda saliese hacia la calle y fue corriendo a beber agua.

Cuando ella volvió encontró una nota que decía: Amanda, no me siento bien, me fui a mi casa.

Los meses transcurrieron. Él escribiendo y la chica riendo. Hasta una mañana en que la vio llegar llorando. Para calmarla hasta le alcanzó un vaso con agua y azúcar. Cuando estuvo más calma, le contó: -Fui desalojada de mi hogar. La casa que heredé de mis padres tenía una gran deuda de impuestos y la Municipalidad se apropió de ella. No tengo donde vivir.

– Calma Amanda, creo que tengo una solución- respondió él. Amanda lo miró con aquella mirada tierna que podía desarmarlo, pero se repuso enseguida y continuó: – Debajo de estas oficinas hay un sótano, pero un sótano con todas las comodidades. Tiene baño, está pintado y embaldosado. Yo monté un escritorio, donde puse mi máquina de escribir, y hasta tiene un sofá que se hace cama. Puedes quedarte allí hasta que consigas un lugar donde vivir.

– No sé como agradecerle… es usted tan gentil…y yo siempre riéndome de sus escritos…- dijo Amanda con el rostro iluminado por la alegría

-Eso no tiene importancia ahora ¿Quieres bajar a conocerlo?

-Sí,  claro.

-Bueno, baja tú primero. Tengo que hacer una llamada telefónica. La luz está, después del último escalón, en la pared de la derecha.

-Está bien – dijo Amanda y comenzó a bajar a tientas los escalones, hasta llegar al último. Al encender la luz exclamó sorprendida: -¡Esto es fabuloso!

En ese instante, el marco pesado de un cuadro dio sobre en su nuca, una…dos…tres…hasta cinco veces…Los golpes la desnucaron, provocándole una muerte instantánea.

Una vez arriba, él no paraba de temblequear. Tendría que pensar en alguna explicación…Que ella, al bajar, se resbaló por las escaleras…Que el clavo que sostenía el cuadro del abuelo se aflojó de la pared…En fin, había muchas maneras de zafar. Eso sí, nunca más sería llamado Fastraslafra…

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