Polvos ilegales, agarres malditos (II)

Fernando Morote

os Angeles - Arrivals

A despecho de los rumores y cuchicheos que incesantemente llegaban a sus oídos, lo que en verdad le fascinaba de su tía Hortencia (la cuñada favorita de su papá) no era tanto su sonrisa fantástica desbordando sensualidad sino que lo sentaba en sus faldas, le daba besitos en la boca y le arrimaba las tetas en la cara.

—¡Pero qué guapo está este muchacho, hermana!

Su espalda delicada, cubierta de pecas, sumía a Judas en un estado de delirio que lo llevaba a presumir cuán lleno de pecas debía estar también el resto de su prodigioso cuerpo. La había visto bailar infinidad de veces durante las fiestas familiares con su papá y había sido testigo privilegiado de cómo sus vestidos holgados, flotando en el aire al ritmo de los valses criollos, develaban sus maravillosas piernas.

Una tarde de verano, cuando regresó de la playa, la encontró tomando una siesta en su cuarto. Descalza y echada de costado, era como un desnudo artístico que no muestra nada pero sugiere todo. El cuadro ofrecía una presa jugosa. Estaba entera todavía. Resultaba deliciosa la sensación de estar a solas con ella. Parecía tan fácil de tocar. Pensó que tal vez podría saborear una lonja de su fabulosa densidad muscular. O quizás penetrar el corazón de su orquídea silvestre, oscura y espesa, que escondía bajo aquel suelto y transparente calzoncito de algodón. Un enérgico tirón azotó su zona genital. Avanzó hasta el borde de la cama, pero se electrizó de angustia al chocar con las prominentes varices celestes que, ramificadas como estrellas, inundaban los templados muslos de Hortencia.

Al día siguiente, observaba impaciente por la ventana del dormitorio los preparativos de su mamá y su tía antes de ir a la playa. No paraban de conversar y reírse mientras se probaban sombreros, salidas de baño, sandalias. Se arreglaban como si fueran a una fiesta de gala. Cuando entró para poner un poco de presión, sufrió una descarga de alto voltaje.

—Se me escapan las mamas —le dijo Hortencia, guiñándole un ojo, mientras hundía sus impresionantes senos dentro del traje de baño.

Al correr del tiempo, cuando la pubertad cedió paso a la adolescencia, Judas continuaba sin comprender cómo su tía seguía celebrando religiosamente cada 28 de febrero su aniversario de matrimonio. El marido la había abandonado varios lustros atrás, dejándola en total desamparo con dos hijos pequeños que alimentar. La apoteósica fiesta que organizó en honor a sus bodas de plata fue sencillamente el colmo. Y años más tarde, después de llorar a mares aferrándose al ataúd, rogó a la otra viuda que le entregara el pene mutilado de su difunto ex-esposo para guardarlo en una urna de cristal. “Como alhaja preciosa, en recuerdo de los buenos tiempos”, según afirmó.

——————-

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .