El retorno de la crisálida (I)

Pablo Martínez Burkett

Imagen de la película “Noche de miedo”
“El monstruo que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad
ha sido el culpable de todo”
Sheridan Le Fanu

No son de referir las penosas circunstancias que la llevaron a tomar la decisión. Eran por demás de desesperadas. Extremas. Hasta consentir esta locura. Años intentando eludir el llamado de la sangre habían puesto a su madre en la necesidad de un trasplante de riñón. No podían acudir a ningún hospital ni aguardar con penoso anhelo en listas de espera que no eran para las de su condición. Lo que estaba por hacer era un verdadero despropósito. ¿Pero acaso la gente no vende su cabello? Bueno es cierto, sería un poco más riesgoso. Y aunque de riesgo y miedo se había hilado cada instante de su vida esto era distinto. Además, no sabía si iba a poder soportarlo. Era fuerte, muy fuerte, y no temía enfrentar el dolor. Para alcanzar el grado de ascetismo del que tanto su madre como ella se vanagloriaban, se habían consagrado a dominar las ansias que le provocaban la cercanía de cada latido. Sus dudas eran sobre si soportaría la efusión de sangre.

El mercado de órganos es la última bajeza humana. Siempre los ha despreciado y sin embargo, pocos han sido tan humanistas como ella y su madre agonizante. Para peor, la mafia china no es ninguna garantía. Menos el cirujano que, con un delantal atado a la espalda, unos guantes y una sonrisa pestilente, afila unos bisturíes desbaratados. Sin pensar se dejó soterrar en una habitación de azulejos rotos con olor a desinfectante barato tratando de disimular orines y otros humores viejos. El escenario no podía ser más patético. Y más de folletín. Porque también está la preceptiva tina de baño con agua y hielo. Se acuesta en una camilla desvencijada. La bombilla de luz le hiere la vista. Siempre consideró una ironía obligarse a prescindir de sentido tan aguzado. Otro ensabanado se le acerca. En algún idioma impreciso le recita una letanía aprendida a fuerza de repeticiones: que se relaje, que todo va a suceder rápido, sin dolor, que le va a administrar un anestésico muy potente. Se abandona al codicioso hacer del hombre. Ya no hay vuelta atrás. En una última cavilación comprende que es probable que nunca despierte. Estos carniceros no se van a limitar a removerle un riñón.

Un insulto la saca del sopor. El oriental de la sonrisa viciosa se cortó con el bisturí y lleva un surtidor donde antes tenía el dedo índice. Fue imposible no embriagarse con el aroma dulzón de la sangre fresca. Un volcán de furia dispersó el efecto letárgico y de un salto atacó el cuello del médico. Lo desangró con un fuego demencial inflamándole la boca. Poco a poco, el pobre desgraciado se volvió una forma desmadejada entre sus brazos. Lo arrojó con desdén. El anestesista estaba como suspendido por el terror. La chica lo envolvió. Quiso ser metódica pero fue imposible sofrenar siglos de postergada gula.

Su madre moriría envenenada por unos riñones exhaustos de filtrar sangre sin la dádiva de la cacería humana. Pero lo haría feliz, feliz de haber atestiguado el retorno de los vampiros.

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