Los vientos alisios y una cruel yuxtaposición

Guillermo Mayr

Raramuri III

El objetivo esencial de la época de los grandes descubrimientos geo­gráficos, al final de la Baja Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna, consistió en llegar a la India. Los pueblos peninsula­res, España y Portugal, se colocaron resueltamente a la cabeza del movimiento, sintetizando, por un lado, los conocimientos de la cartografía de la Escuela Mallorquina -fruto de los esfuerzos del cartógrafo portugués Enrique de Avis y Lancaster, “El Navegante” (1394-1460)- y por el otro, las exploracio­nes de portugueses, andaluces y castellanos por el Atlántico. Por­tugal se lanzó a la empresa de la India por la ruta del Este, siguiendo un periplo africano, coronado en 1486 por Bartolomeu Dias (1450-1500), descu­bridor del cabo de Buena Esperanza y la llegada de la flota de Vasco de Gama (1469-1524) a la India en 1498. Mientras tanto, España lo hizo con Cristóbal Colón (1451-1506) por la ruta del Oeste, lo que en definitiva implicó el hallazgo del conti­nente americano y del océano Pacífico, elementos que se interpo­nen entre el Atlántico y la costa asiática.

¿Quiso realmente Colón llegar a la India, a Asia, por occiden­te, basándose en los conocimientos de la época, que considera­ban más corto el camino de la navegación siempre hacia el Oeste? En ello consistiría el error científico de Colón, espléndidamente compensado por el descubrimiento de América. En cualquier caso, el marino genovés murió creyendo que había llegado a las Indias y sin sospechar, por tanto, que se trataba de un mundo nue­vo. Los Reyes Católicos, financiadores de la expedición, se preo­cuparon en seguida por obtener las garantías legales sobre las tierras descubiertas en las “Indias”. Ello planteó, de nuevo, el pro­blema de las relaciones hispano-portuguesas. El laudo emitido en Roma con el nombre de bula Inter Caetera (“Entre los demás”) por el papa Alejandro VI el 4 de mayo de 1493, otorgó a los españoles la posesión de las tierras situadas a cien leguas al oeste de las Azores o de Cabo Verde. El subsiguiente Tratado de Tordesillas del 7 de junio de 1494, ratificó la división del mundo en dos hemisferios: el oriental, portugués, y el occidental, español. La línea de demarcación entre ambos quedó fijada a 370 leguas al oeste de Cabo Verde.

Aparte del viaje del descubrimiento, Colón realizó otros tres, en el transcurso de los cuales amplió sus hallazgos en el ámbito antillano -Pequeñas Antillas, Jamaica, Puerto Rico, costa oriental de Centroamérica- y persistió en su idea primera de que había llegado realmente a las Indias (durante su segundo viaje, el almirante dictó un acta estableciendo que Cuba era parte del Asia. Un documento del 14 de junio de 1494 dejó constancia de que los tripulantes de sus tres naves lo reconocían así y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil maravedíes y se le cortaría la lengua). Sin embargo, la eviden­cia de que se trataba de tierras bien distintas de las del Asia oriental se impuso a sus contemporáneos. De un lado, el viaje de Vasco de Gama a la India en 1498, y de otro los llamados “viajes meno­res” de los españoles por el Caribe y las costas septentrionales de América del Sur -Alonso de Ojeda (1468-1515), Rodrigo Galván de las Bastidas (1445-1527), Diego de Nicuesa (1477-1511) y Américo Vespucio (1454-1512)- acabaron por desvanecer toda duda.

El reconocimiento claro del error de Colón se difundió ya a partir de 1507, en que el cosmógrafo alemán Martin Waldseemüller (1470-1522) se refirió, en su “Cosmographiae Introductio”, a una cuarta parte del mundo, a la que dio el nombre de América en homenaje al florentino Américo Vespucio. En 1513, Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) atravesaba el istmo de Panamá y descubría el mar del Sur (océano Pacífico). Inmediatamente comenzó la bús­queda de un paso que comunicara el Atlántico con el Pacífico por el sur de América. Fernando de Magallanes (1480-1521) lo conseguiría en 1520, al descu­brir el estrecho que hoy lleva su nombre, reinando ya Carlos I.

La Corona inició rápidamente la colonización del Nuevo Mundo. Así, en 1502, la expedición de Nicolás de Ovando (1460-1511) marcó el comienzo de la población de las Antillas, el origen del imperio español en América y la incorpora­ción del pueblo hispano a la tarea colonizadora. Los reyes delega­ron los asuntos de América en el Consejo de Indias, y los colonos españoles en las Antillas recibieron repartimientos de indios (ins­titución parecida a la encomienda medieval castellana), explota­ron yacimientos auríferos y ensayaron el cultivo de la caña de azú­car. Los primeros resultados fueron descorazonadores: la dificul­tad que entraña todo proceso de aculturación y los excesos de los encomenderos motivaron una alarmante despoblación indígena. Como única esperanza surgió el descubrimiento de nuevas tierras, pronto convertido en realidad con la empresa mexicana de Hernán Cortés (1485-1547). La prosperidad de los conquistadores no volvería a las Antillas hasta mucho más tarde, con la difusión de las plantaciones azucareras.

Samuel Eliot Morison (1887-1976), un historiador de Harvard, biógrafo de Colón, escribió: “Quien fuera el que inventara este espantoso sistema, como único método de producir oro para la exportación, el responsable del mismo fue solo Colón. Aquellos que huyeron a las montañas fueron cazados con perros, y de los que escaparon se ocuparon el hambre y la enfermedad, mientras miles de pobres criaturas, en su desesperación tomaron veneno de mandioca para acabar con su miseria”. Morison continúa: “Así que la política y los actos de Colón, de los cuales solo él fue responsable, comenzaron la despoblación del paraíso terrenal que fue “La Española” en 1492. De los nativos oriundos, estimados por etnólogos modernos en 300.000, entre 1494 y 1496 un tercio había muerto. En 1508 el censo mostraba sólo 60.000 vivos y en 1548, el historiador español oficial de la conquista Fernández de Oviedo, dudaba sobre si quedaban 500 indios”.

Los excesos de los colonos suscitaron una gran reacción humanitaria, a cargo de los dominicos, que el hispanista nortea­mericano Lewis Hanke (1905-1993) ha calificado de “lucha española por la jus­ticia en la conquista de América”. El domingo antes de Navidad de 1511, el dominico fray Antonio de Montesinos (1480-1540) predicó un ser­món revolucionario en la isla Española. Comentando el texto bí­blico, “Soy una voz que clama en el desierto”, Montesinos dio el primer grito en nombre de la libertad humana en el Nuevo Mun­do, cuyo adalid, a partir de 1515, fue otro dominico -antiguo encomendero, que había renunciado a sus indios por escrúpulos morales-, fray Bartolomé de las Casas (1474-1566). El rey reunió una Junta de teólogos y promulgó en 1512 las llamadas “Leyes de Burgos”, que constituyeron el primer intento legal de proteger a los indios.

Muerto el rey Fernando el Católico en 1516, el regente de Castilla, cardenal Gonzalo Jiménez de Cisneros (1436-1517), envió a las Antillas, en calidad de comisarios, a tres frai­les Jerónimos, cuyo breve mandato se caracterizó por la modera­ción. Con el nuevo monarca, Carlos I, pueden considerarse termi­nados los ensayos previos para dar paso a una entidad política y cultural nueva: las “Indias Españolas”, el primer sistema colonial organizado de la época moderna.

Entre el descubrimiento colombino en 1492 y la sumisión de los incas en 1536 por Francisco Pizarro (1476-1541), que marcó el fin de las grandes conquistas, transcurrió menos de medio siglo. Además, fue obra de un número increíblemente corto de españoles: la expedición de Cortés constaba de 416 hom­bres, y sólo 170 siguieron a Pizarro en su avance hasta Cajamarca. La enorme codicia de aquellos conquistadores y sus acompañantes y su superioridad técnica (caballos, armaduras, lanzas, picas, rifles, ballestas y perros feroces) hicieron posi­ble tal acontecimiento. Económicamente, los gastos de la expedición re­caían sobre los propios organizadores, por lo que no es exagerado afirmar que la con­quista de América le salió gratis al Estado español.

Por el contrario, los beneficios que aquellas tierras rindieron a España merecen el calificativo de fabulosos. Efectivamente, el tesoro real tenía derecho, según vieja tradición, a un 20% de los metales preciosos que produjeran las minas del reino. Y, desde 1540 aproximadamente, con el hallazgo de los casi míticos filo­nes de Zacatecas y de Potosí, el Nuevo Mundo comenzó a manar oro y plata -plata, sobre todo-, hasta el punto de transformar la estructura económica del mundo civilizado. Doscientos mil ki­los de oro y diecisiete millones de kilos de plata se estima que atravesaron el Atlántico en un siglo; cifras que otro estudioso del tema, el historiador y economista español Ramón Carande y Thovar (1887-1986), estima conveniente subir al doble, si se quiere estar más cerca de la verdad. Aquel aluvión enorme, al no encontrar en la Península una banca o industria capaces de absorberla, se desparramó por toda Europa, hasta lle­gar a los últimos confines del mundo. Los plateados reales espa­ñoles eran moneda corriente en Londres, Amberes, Lyon y Génova y se comerciaba con ellos en los mercados de ciuda­des como El Cairo y Bagdad.

La quinta parte del torrente, al menos en teoría, debió revertir sobre el Estado español. Sin aquellos fabulosos aportes no hubiera sido posible el sostenimiento del Imperio durante siglo y medio, ni se hubiesen podido mantener los exorbitantes gastos militares, ad­ministrativos o diplomáticos. En el dispositivo general de la mo­narquía católica, el Nuevo Mundo desempeñaría un papel impres­cindible. En este sentido, lo que resultó América, excepto en el breve período de la conquista, fue, más que una avan­zada, un respaldo económico formidable para España.

La conquista de América, en su mayor parte, se realizó a par­tir de otras conquistas previas. De las Antillas y la zona del istmo panameño, salieron las expediciones que ocuparon México, Perú y Colombia. De México partieron los conquistadores del sur de los Estados Unidos y de América Central. De Perú, los del Ecuador y Chile. Sólo la zona del rio de la Plata fue alcan­zada por expediciones procedentes de la Península. De esta distribución geohistórica se obtienen dos grandes con­clusiones: por una lado, el impulso español se operó en dirección Sudoeste, es de­cir, dio preferencia al Sur sobre el Norte. Se llegó al estrecho de Magallanes o a la Patagonia, y no a Nueva York o a los grandes lagos norteamericanos. Se conquistó Paraguay antes que la Flori­da, y Chile antes que California, con estar las citadas en primer lugar mucho más lejos de España que las segundas. El hecho se debe a que las expediciones descubridoras partieron siempre de la costa andaluza del golfo de Cádiz, y a la existencia de la base avanzada de las Canarias: una vez allí, el rumbo Oeste-Sudoeste, siguiendo los vientos alisios, era prácticamente obligado. Por otra parte, zonas de tanto porvenir como Norteamérica y Canadá parecían entonces pobres y carentes de posibilidades. Por otro lado, la conquista de América, en gran parte, se hizo “por la es­palda”. Se conquistó antes Perú que la cuenca del Orinoco, Chile antes que el río de la Plata. La exploración del Amazonas por Francisco de Orellana (1511-1546) fue una empresa fabulosa, pero no partió, como hubiera si­do de esperar, de un viajero europeo, de la desembocadura atlántica, sino de su nacimiento en los Andes: es decir, de Oeste a Es­te. Andando el tiempo, los españoles llegarían a colonizar Califor­nia, y en sus exploraciones por el Pacífico llegarían a alcanzar las costas de Canadá; en tanto que por el Atlántico permitieron que los ingleses se establecieran en las costas norteamericanas, justo a la altura de España.

Con respecto a las consecuencias culturales, la conquista y colonización de América sig­nificó la mayor mutación jamás habida del espacio humano. En treinta años -los que transcurren entre el primer viaje de Colón y la primera circunnavegación- se construyó la geografía de un Atlántico transversal, basado en el conocimiento de todas sus estructuras: rutas, vientos, islas y costas. La longitud y anchura del gigantesco conti­nente fue prácticamente delineada en otros treinta años, estable­ciéndose de tal modo la base para una estructura de relaciones humanas, en la cual se confi­guraron los sistemas de ideas, se escribieron las opiniones, inicián­dose una polémica de implicaciones teológicas, éticas y políticas, se fundaron ciudades, se organizaron cabildos, se crearon gober­naciones, comenzaron la producción económica y el estudio has­ta los más altos niveles universitarios.

Y, por supuesto, significó una de las matanzas más grandiosas de la historia, producto de la brutalidad de los conquistadores y las enfermedades que los europeos trajeron consigo para las que los nativos no estaban inmunizados: fiebres tifoideas, tifus, difteria y viruela. La crueldad, el exceso de trabajo y la enfermedad dieron lugar a una despoblación espantosa: según estimaciones recientes, en 1519 había cerca de 25 millones de indios en México, en 1605 quedaban poco más de 1 millón.

En los argumentos habituales que se esgrimen con respecto a la conquista, está el de su sentimiento religioso, su deseo de convertir a los nativos a la Cristiandad. Así, por ejemplo, se erigieron cruces a lo largo de las islas de la Española, pero también se erigieron horcas (en el año 1500, había 340). Cruces y horcas, en una mortal yuxtaposición histórica.

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