“Mujeres en la historia (1800-1940)”

Lucía del Mar Pérez 

Mujeres e historia

En los albores del siglo XX, el cambio político, económico y social, gestado en el siglo XIX, transformaría las vidas de millones de hombres y mujeres alterando para siempre su cotidianidad.Una mutación especialmente palpable en las ciudades, donde las antorchas fueron cambiadas por farolas de gas y, a finales de siglo, por farolas eléctricas. Las urbes crecieron, sectorizando sus barrios según las diferentes clases sociales en un mundo ya capitalista. La burguesía, cada vez más poderosa, habitaba en las nuevas zonas residenciales de los ensanches mientras la clase obrera vivía hacinada en condiciones de insalubridad. Hasta mediados de siglo no comenzaría la traída de aguas. Surgieron los centros de ocio: las clases medias se reunían en los cafés, donde germinaban numerosas conspiraciones políticas. Entretanto, las clases populares compartían sus miserias en las tabernas o en el gallinero de los teatros.El siglo XIX ha sido definido como el Siglo de la Historia, que se inaugura como ciencia social cuyo objeto de estudio es el pasado de la Humanidad, entendida como el conjunto formado por todos los seres humanos. Sin embargo, el protagonista de la historia ha sido el hombre, quedando la mujer relegada a un segundo plano.¿Cómo era la vida de la mujer del siglo XIX? ¿Cómo fueron sus primeros pasos en el siglo XX? La mujer del siglo XIX ocupaba un lugar secundario en la sociedad, sometida a los designios del hombre. La Iglesia defendía el papel de la mujer como el de esposa obediente y ama de casa al cuidado y servicio de su familia. Ni siquiera las leyes eran iguales para los hombres que para las mujeres, a las que por el mismo delito se las juzgaba más duramente. El índice de analfabetismo entre las mujeres, especialmente entre las clases medias y bajas, era altísimo. Solo unas cuantas privilegiadas tuvieron acceso a la cultura en un mundo escrito en masculino.

Pero a lo largo del siglo la situación comenzó a cambiar. El Sufragismo se extendió por toda Europa desde Inglaterra. La mujer iba a la universidad, se cortaba el pelo a lo garçon, y se acortará también la falda. Pero el camino no fue fácil. Toda actividad que no estuviera incluida en el ámbito del hogar era considerada una ofensa contra los cánones establecidos.

La senda recorrida por la mujer ha sido muy sinuosa. Esta obra surge ante la necesidad de la sociedad actual de recordar sus orígenes, para que las nuevas generaciones valoren, en un ejercicio de memoria histórica, el papel desarrollado por aquellas precursoras lejanas en el tiempo pero cercanas en anhelos, pasiones e inquietudes.

La obra se compone de narraciones que nos sumergen en la Europa de las Guerras Napoleónicas, siendo testigos de la valentía de la heroína madrileña Manuela Malasaña, de la llegada a la España de José I de una niña que pasaría a la historia como George Sande o de los apasionados amores de María Walewska y Napoleón Bonaparte. El Imperio Napoleónico fue el origen del desarrollo de unos sentimientos exacerbados de pertenencia a una nación, del nacimiento de una identidad cultural e histórica de los pueblos que culminaría con la creación de naciones como Italia. Este espíritu nacionalista será vivido en primera persona por Anita Garibaldi.

La expansión del liberalismo exigía una sociedad basada en la libertad individual y, en consecuencia, la defensa de la libertad aplicada a todos los ámbitos de la actividad humana.

El mundo del arte se convirtió en un excelente campo para la improvisación, buscando una ruptura permanente de lo establecido. Comienza la época de los ismos. Compartiremos el espíritu de la Sezession en la Viena de Gustav Klimt desde la atenta mirada de Emily Flöge, impregnada de art decó. El Impresionismo se convirtió en uno de los movimientos artísticos finiseculares más innovadores, a pesar de sus desencuentros con la pintura academicista. Una tendencia pictórica caracterizada por la máxima importancia concedida al efecto que la luz y los colores producen en la retina. Una impresión captada en un instante fugaz, un dibujo borroso, al igual que el papel de la mujer en el mundo del arte. Figuras como Berthe Morisot, Mary Cassatt o Camille Claudel pasaron desapercibidas en un mundo de hombres, en una sociedad occidental patriarcal y donde el género femenino rara vez ha sido considerado como creador.

La incomprensión y el rechazo hacia la mujer artista también alcanzaron a la pintura Naif de Seraphine Louis, o la de la española María Blanchard. Pocas artistas contaron con cierto reconocimiento. A pesar de ello, existió una mujer desafortunada y valiente que supo dar un giro a su trayectoria vital envolviendo sus miserias en un manto de colorida genialidad: Frida Kahlo, quien fue admirada por ciertos sectores, como el Surrealismo.

Otras mujeres, como la bailarina rusa Olga Koklova, aparecieron a la sombra de grandes artistas. Su determinación conquistó a un Picasso ya rico y famoso. El arte de Olga quedó empañado por los éxitos del pintor malagueño.

Algunas mujeres brillaron con luz propia, en un ámbito predominantemente masculino: Madame Tailleferre, compositora, fue la única mujer del célebre Groupe des Six que triunfó en la Francia del periodo de entreguerras.

Un muro infranqueable para ellas fue la ciencia. Madame Curie lo consiguió y también Beatrice Shilling, quien con su curiosidad y pericia manual se convertiría en heroína de la RAF británica durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, es en la literatura donde encontramos un mayor número de mujeres que pasarían a la posteridad con éxito dispar. La lista incluye a Mary Shelley y su Frankenstein, la innovadora Virginia Woolf, la escandalosa Lou Andreas-Salomé o la poetisa Alfonsina Storni.

También hallamos personalidades como Marie d’Agoult, historiadora de la Revolución liberal de 1848, que publicó como Daniel Stern. Ella plasmó magistralmente las peculiaridades de las mujeres aristócratas y burguesas en la Francia del siglo XIX. No podemos olvidar a la Musa del cambio de siglo, la poetisa simbolista rusa Zinaída Guippius, considerada como la encarnación de la androginia utópica de Vladímir Soloviov.

Sin duda existió una escritora cuyo talento fue reconocido por sus contemporáneos: Edith Warthon, cuya inteligente ironía obtendría el Premio Pulitzer en 1921.

Todas somos herederas de la lucha por la igualdad que llevaron a cabo Clara Campoamor o Lucía Sánchez Saornil. Mujeres que presenciaron la agitación política propia de los comienzos del siglo XX, como Josefina Aldecoa, testigo en León de la revolución minera de 1934. Somos deudoras de su valentía, de su entrega en el combate por la conquista de las libertades, de su osadía de querer decidir sin paternalismos opresivos.

No obstante, también debemos recordar a las mujeres anónimas, nuestras antepasadas, que sobrevivieron en un mundo hostil, en condiciones durísimas. Es el caso de Tomasa de San
Quintín, la aguadora de voz rota.

Mujeres en la Historia es una mirada retrospectiva hacia el desarrollo personal y social de la mujer. Una mirada de esperanza y de luz que ilumine nuestro camino actual, despejando las brumas de la desigualdad.

Mujeres escribiendo sobre mujeres, un universo en femenino, pero que deja las puertas abiertas a quien se quiera asomar.

Lucía del Mar Pérez (editora literaria)

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