El asalto a la naturaleza (Final) Banquete de pordioseros

Guillermo Mayr

Alimento

En el artículo “What every environmentalist needs to know about capitalism” (Lo que todo ambientalista necesita saber sobre capitalismo) publicado en la revista “Monthly Review”, vol. 61, nº 10, de marzo de 2010, los economistas políticos Fred Magdoff (1945) y John Bellamy Foster (1953), ambos estadounidenses, directores del Institute for Social Ecology, se refieren a la crisis ecológica planetaria. “Existe -dicen los autores- abundante evidencia de que los humanos han causado daño ambiental durante milenios. Los problemas por deforestación, erosión de suelos y salinización de suelos irrigados se remontan a la antigüedad. Lo que es diferente en nuestra era actual es que existen muchos más de nosotros habitando la Tierra, que tenemos tecnologías que pueden ocasionar daños mucho peores y hacerlos más rápido, y que tenemos un sistema económico que no conoce límites. El daño que se está haciendo se encuentra tan extendido que éste no sólo degrada ecologías locales y regionales, sino que también afecta el medio ambiente planetario”.

Podría citarse una larga lista de atentados contra la naturaleza realizados por el hombre a lo largo de la historia, pero quizás sea preferible detenerse por un momento en las modernas técnicas agrícolas. Con ellas, se consigue una gran producción, pero a costa de un consumo de energía tan elevado que la eficiencia de estos ecosistemas domesticados es, en realidad, muy inferior a la de los ecosistemas naturales. Puede decirse que la agricultura moderna es un modo de convertir la energía fósil en energía química, en forma de alimentos para los humanos, y en esto mucho tiene que ver la ingeniería genética. El entomólogo chileno Miguel Altieri (1954), profesor de Agroecología en la Universidad de California, defensor de la agricultura sostenible y muy crítico con las grandes corporaciones agrícolas, la define como “una apli­cación de la biotecnología que in­volucra la manipulación del ADN y el traslado de genes entre especies para incentivar la manifestación de rasgos genéticos deseados”. Aunque hay muchas aplicaciones de la ingeniería genética en la agricultura, el enfoque actual de la biotecnología está en el desarrollo de cultivos tolerantes a herbicidas, así como en cultivos resistentes a plagas y enfermedades. Corporaciones transna­cionales como Monsanto, DuPont, Novartis, etc. -que son las prin­cipales promotoras de la biotecnolo­gía- ven los cultivos transgénicos como una manera de reducir la dependencia de insumos, tales como pesticidas y fer­tilizantes. “Lo irónico -agrega Altieri- es que la revolu­ción biológica está siendo adelantada por los mismos intereses que promovie­ron la primera ola de agricultura basa­da en agroquímicos, pero ahora, equi­pando cada cultivo con nuevos genes insecticidas, prometen al mundo pesti­cidas más seguros, reduciendo la agri­cultura químicamente intensiva y a la vez haciéndola más sustentable. Siempre que los cultivos transgéni­cos sigan estrechamente el paradigma de los pesticidas, los productos biotecnológicos reforzarán el espiral de los pesticidas en los ecosistemas agríco­las, legitimando así las preocupaciones que tantos científicos han expresado con respecto a los posibles riesgos medioambientales de organismos ge­néticamente modificados”.

La inmensa mayoría de las innovaciones en biotecnología agrí­cola están orientadas hacia la búsqueda de ganancias en lugar de la búsqueda de una respuesta a las necesidades humanas; por consiguiente, el objetivo de la industria de la ingeniería genética realmente no es resolver los problemas agrícolas, sino lograr el incremento de la rentabilidad. Esto nos retrotrae al siglo XVI, cuando el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) decía que “la tierra concebida por el sol alumbra cada año las cosechas que crecen”. Por entonces no se pensaba que la especie humana necesitase producir algo que no fuera natural, porque era la tierra, naturalmente, la única que producía con sus ciclos. Dos siglos después, con el nacimiento de la economía como ciencia social, como ya hemos visto, todo cambió. A partir de este momento, la naturaleza pasó a ser un bien apropiable con valor de cambio. El propio Marx, quien tenía una verdadera visión crítica de fondo, en sus ideas sobre la reproducción y la acumulación expresó la noción usual del sistema económico con las abstracciones y el formalismo de la economía política al opinar que “la naturaleza es la fuente de toda las riquezas naturales que constituyen las condiciones -como medios y objetos- de toda posible producción”. Esto no invalida otras afirmaciones suyas referidas a los efectos destructores del capitalismo sobre la naturaleza, ideas que desarrollarían más adelante otros materialistas históricos como Rosa Luxemburg (1871-1919) en “Die akkumulation des kapitals” (La acumulación del capital) o Antonio Gramsci (1891-1937) en “Introduzione allo studio della filosofía” (Introduccion a la filosofia de la praxis).

En su “Philosophie rurale” (Filosofía rural), escrita en 1763, el economista fisiocrático francés Honoré Riqueti de Mirabeau (1715-1789) decía que la agricultura es como “una manufactura instituida por la divinidad porque el hombre tiene como socio al creador de todas las cosas, es decir a Dios”. Y era justamente en la actividad agrícola en donde el hombre creaba: sembraba un grano y cosechaba una espiga con muchos granos; la ecuación era muy sencilla. Fue con la desacralización de este concepto que nació la ciencia económica con su objetivo declarado de “aumentar la riqueza renaciente sin depreciación de los bienes raíces”, según palabras del ya citado Quesnay, porque hasta entonces no se pensaba ni en términos de producción ni en términos de crecimiento. Muy lejos estaban de imaginar, tanto Mirabeau como Quesnay, que un día la alfalfa, el algodón, el maíz, la avena, la papa, el arroz, el sorgo, la soja, la remolacha, la caña de azúcar, el girasol, el tabaco, el tomate y el trigo serían modificados genéticamente con el fin de aumentar la producción, el crecimiento y, por supuesto, la riqueza.

En esa inteligencia, no debería pues resultar llamativo que muchas corporaciones hayan comenzado investiga­ciones sobre plantas tolerantes a los herbicidas, incluyendo a las ocho más grandes compañías de pesticidas del mundo, Bayer, Ciba-Geigy, Imperial Chemical Industries, Rhone-Poulenc, Dow Chemical, Monsanto, Hoescht y DuPont, y virtualmente, todas las compañías de semillas, muchas de las cuales han sido adquiridas por compa­ñías químicas. En los países industriali­zados, en lo que va del siglo, la gran mayoría de los ensayos de campo para probar cultivos transgénicos involucraron tole­rancia a los herbicidas y más de la mitad de los soli­citantes para pruebas de campo fueron compañías químicas. Esto ocurre porque, al crear co­sechas resistentes a sus herbicidas, una compañía puede extender los merca­dos de sus productos químicos paten­tados. Aunque algunas pruebas son conducidas por universidades y otras or­ganizaciones, la agenda de investigación de ta­les instituciones es cada vez más in­fluenciada por el sector privado. El objetivo de estas or­ganizaciones públicas no sólo debería ser el de asegurar que los aspectos ecológica­mente apropiados de la biotecnología se investiguen, sino también el de supervisar y controlar cuidadosamente la provisión de conocimiento para garanti­zar que éste continúe en el dominio público para el beneficio de toda la sociedad.

El economista español José Manuel Naredo (1942) indica en “Raíces económicas del deterioro ecológico y social” que la civilización industrial “se ha separado, por primera vez en la historia de la humanidad, de la fotosíntesis y de todas las producciones renovables asociadas, tal y como hace la biosfera que está unida a la fotosíntesis y a todos los ciclos naturales conexos. Justamente cuando la civilización industrial comienza a utilizar masivamente las extracciones de la corteza terrestre y, sobre todo, a acelerar todos los ciclos de las materias utilizando los combustibles fósiles, es cuando se extiende la metáfora de la producción. Esta se apoya, de hecho, “en la simple extracción y deterioro de recursos que, forzosamente, se convierten luego en desechos, porque el problema es que los ciclos de materia y de energía ya no cierran, a diferencia de lo que hace la biosfera, donde todo es objeto de utilización posterior. Así como el agua se evapora y luego vuelve con lluvias y entra nuevamente en el sistema, los desechos devienen en recursos, desde el ciclo hidrológico hasta el ciclo del carbono. Hay una circularidad”.

Son muchos los científicos que aseguran que los ries­gos ecológicos más serios que presen­ta el uso comercial de cultivos transgé­nicos son su propia expansión, la amenaza a la diversi­dad genética por la simplificación de los sistemas de cultivos, la promoción de la erosión genética y la potencial transfe­rencia de genes de cultivos resisten­tes a herbicidas a variedades silvestres que pueden crear supermalezas. El antes mencionado Miguel Altieri, confirma que los impactos potenciales de la biotecnolo­gía agrícola se evalúan aquí dentro del contexto de metas agroecológicas que apuntan hacia una agricultura socialmente más justa, económicamente via­ble y ecológicamente apropiada. “Tal evaluación es oportuna dado que, en la mayoría de los países, no existen regulaciones estrictas de bioseguridad para tratar con los problemas medioambien­tales que pueden desarrollarse cuando plantas di­señadas por la ingeniería genética son liberadas en el ambiente. La preocu­pación principal es que las presiones internacionales para ganar mercados y aumentar las ganancias están empu­jando a las compañías a que liberen cultivos transgénicos demasiado rápi­do, sin una consideración apropiada de los impactos a largo plazo en las personas o en el ecosistema”.

Aunque la biotecnología tiene la ca­pacidad de crear una variedad mayor de plantas comerciales, las tendencias actuales son abrir amplios mercados in­ternacionales para un sólo producto, creando así las condiciones para la uni­formidad genética en el paisaje rural. Además, la protección de patentes y los derechos de propiedad intelectual apo­yados por el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), inhiben a los agri­cultores a compartir y almacenar sus semillas, aumentando así la posibilidad de que pocas variedades lleguen a do­minar el mercado de semillas. Aunque algún grado de uniformidad de los cultivos puede tener ciertas ventajas económicas, tiene dos inconvenientes ecológicos. Primero, la historia ha mos­trado que una gran área cultivada con un solo cultivo es muy vulnerable a una nueva plaga. Y segundo, el uso extendido de un solo cultivo lleva a la pérdida de la diversidad genética. Evidencias de la llamada “revolución verde”, un proceso de desarrollo y expansión de semillas y técnicas agrarias de alta productividad llevado adelante en diferentes países del Tercer Mundo durante los años ‘60 y comienzos de los’70 bajo el impulso de un plan de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), no dejan ninguna duda de que la difusión de variedades mo­dernas ha sido una importante cau­sa de la erosión genética, cuando las campañas gubernamentales masivas animaron a los agriculto­res a adoptar variedades modernas, empujándoles a abandonar muchas variedades locales.

Al sopesar la agricultura sólo en términos de rentabilidad, se recurre entonces a la uniformidad, es decir, al cultivo de un número más pequeño de varie­dades, aunque estas sean más vulnerables a enferme­dades y al ataque de plagas cuando se desarrollan pobremente en am­bientes marginales. “La historia de la agricultura -dice Altieri- nos enseña que las enfer­medades de las plantas, las plagas de insectos y las malezas se volvieron más severas con el desarrollo del monocul­tivo y que los cultivos manejados inten­sivamente y manipulados genéticamen­te pronto pierden su diversidad genéti­ca. Dados estos hechos, no hay razón para creer que la resistencia a los culti­vos transgénicos no evolucionará entre los insectos, malezas y patógenos como ha sucedido con los pesticidas. No im­porta qué estrategias de manejo de re­sistencia se usen; las plagas se adapta­rán y superarán las barreras agronómi­cas. Las enfermedades y las plagas siempre han sido amplificadas por los cambios hacia la agricultura homogé­nea; así, los cultivos transgénicos pue­den producir toxinas medioambientales que se mueven a través de la cadena alimenticia y que también pueden ter­minar en el suelo y el agua afectando a invertebrados y, probablemente, ha­ciendo impacto en procesos ecológicos tales como el ciclo de nutrientes”.

Mu­chas organizaciones ambientalistas han argumentado a fa­vor de la creación de una regulación apropiada para medir la evaluación y la liberación de cultivos transgénicos con la finalidad de contrarrestar riesgos medioambientales. También demandan una mayor evaluación y entendimiento de los temas ecológicos asociados con la ingeniería genética. “Esto es crucial -añade Altieri- en la medida que los re­sultados que emergen acerca del com­portamiento medioambiental de los cul­tivos transgénicos liberados sugieren que, en el desarrollo de los cultivos resistentes, no sólo deben evaluarse los efectos directos en el insecto o la male­za, sino también los efectos indirectos en la planta, en el suelo y en otros orga­nismos presentes en el ecosistema. Los efectos dramáticos de las rotaciones en la salud de los cultivos y su productivi­dad, así como en el uso de los agentes del control biológico en la regulación de plagas han sido repetidamente confirmados por la investigación científica. El problema es que la investigación en las instituciones públicas refleja cada vez más los intereses de los donantes privados a expensas de la investigación en beneficio público”.

Altieri proponía en el artículo “Riesgos ambientales de los cultivos transgénicos” publicado en la revista argentina “La Placita” nº 7, aparecida en octubre de 2oo1, que la sociedad civil “debe exigir una respuesta acerca de a quienes deben servir la universidad y otras instituciones públicas y demandar ma­yor investigación en alternativas a la bio­tecnología. Hay también una necesidad urgente de desafiar el sistema de pa­tentes y de derecho de propiedad inte­lectual intrínseco en el GATT, el cual pro­porciona a las grandes compañías el de­recho de apropiarse y patentar los re­cursos genéticos. Entre las varias reco­mendaciones para la acción que las organizaciones no gubernamentales (ONG), organizaciones campesinas y grupos de ciudadanos deben adelantar en los debates a niveles lo­cal, nacional e internacional se in­cluyen: a) terminar el financiamiento público a la investigación en culti­vos transgénicos que promuevan el uso de agroquímicos y que presen­ten riesgos medioambientales; b) los cultivos transgénicos se deben re­gular como pesticidas; c) todos los cultivos alimenticios transgénicos deben etiquetarse como tales; d) au­mentar el financiamiento para tec­nologías agrícolas alternativas; e) las tecnologías alternativas de bajos insumos, las necesidades de los pequeños agricultores y la salud y nutrición huma­nas deben ser buscadas con mayor ri­gor que la biotecnología; f) las tenden­cias desatadas por la biotecnología de­ben ser equilibradas por políticas públi­cas y g) las medidas deben promover el uso múltiple de la biodiversidad a la co­munidad, con énfasis en tecnologías que promuevan la autosuficiencia y el control local de los recursos económi­cos como medios para promover una distribución más justa de los beneficios”.

El diario español “El País” publicó hace pocos días un artículo en que se señala que los tumores del tamaño de una pelota de ping-pong detectados por un equipo de investigadores en ratas alimentadas con maíz transgénico podrían convertirse en la primera prueba científica de los riesgos asociados a los alimentos modificados genéticamente. La nota se basa en un estudio realizado por la Universidad de Caen, Francia, dirigido por el biólogo molecular francés Gilles Eric Séralini (1961) que fuera publicado por la revista “Food and Chemical Toxicology”. En ella, Séralini afirma: “Por primera vez en el mundo se ha evaluado un transgénico y un pesticida por su impacto en la salud de una forma más amplia que la realizada hasta ahora por los Gobiernos y la industria. Los resultados son alarmantes”. Los científicos franceses investigaron durante dos años a doscientas ratas de laboratorio a las que dividieron en tres grupos: las que alimentaron con el maíz transgénico NK603 en distintas proporciones (11%, 22% y 33% de su dieta), aquellas a las que además le suministraron Roundup, el herbicida al que la modificación genética las hace resistentes; y los roedores que crecieron tan sólo con maíz no transgénico. Los resultados son que, pasados diecisiete meses desde el comienzo del estudio, habían muerto cinco veces más animales masculinos alimentados con el maíz modificado genéticamente.

La misma revista ha publicado otros estudios elaborados por la empresa estadounidense Monsanto -fabricante tanto del transgénico como del herbicida analizados- en los que se niega la toxicidad de los alimentos transgénicos, pero siempre sobre con un periodo de análisis de noventa días, mientras que en esta investigación el plazo se ha ampliado a dos años. “Los resultados revelan mortalidades más rápidas y más fuertes en las ratas que han consumido los dos productos”, asegura Séralini. Como era de esperar, desde las instituciones vinculadas a las multinacionales que los fabrican, surgieron voces de rechazo a tales afirmaciones. Los argumentos utilizados van desde que el animal elegido para las experimentaciones parece hecho a propósito para que presentara anomalías dado que es muy sensible a las mutaciones, hasta el dato de que en Estados Unidos, en veinte años, no ha habido ni un solo caso de ingreso hospitalario por consumo de transgénicos. No obstante se reconoce que ciertos cultivos ecológicos como el de los brotes de soja, causaron muertes en Alemania. También Monsanto salió al ruedo para decir que “desde su aprobación, un gran número de artículos científicos sobre cultivos biotecnológicos han confirmado, de forma reiterada, la seguridad de nuestros productos, lo que ha servido para que la compañía haya obtenido la aprobación de las distintas autoridades regulatorias alrededor de todo el mundo”.

La muletilla utilizada por las grandes corporaciones reza que los transgénicos son parte de la solución contra el hambre en el mundo (“Retardar la aceptación de la ingeniería genética es un lujo que nuestro mundo hambriento no puede permitirse”, dice Monsanto en una campaña publicitaria). Lo que no se dice es que la producción y comercialización de estas semillas están muy lejos de ser vehiculizadas por un sentimiento altruista. Dichas corporaciones obtienen beneficios extras por la comercialización de su “obra”, como por ejemplo el empleo de algunas técnicas como la denominada “terminator” que consiste en eliminar la capacidad de la semilla para germinar una vez que se realiza la cosecha. Con este procedimiento, las corporaciones se aseguran la compra año tras año de estas semillas por parte de los agricultores, con lo que se cae en la forzosa dependencia del agricultor con respecto a su proveedor.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha presentado algunas cifras: hay en el mundo 1.020 millones de personas hambrientas (el 98% viven en países en desarrollo) y 25.000 personas mueren todos los días en el mundo como consecuencia del hambre y la pobreza (el 67% son niños menores de 5 años). Es altamente improbable que la ingeniería genética sea capaz de beneficiar a las poblaciones hambrientas porque no va a la raíz de la situación que causa el hambre. De hecho, la sugerencia de que este complejo problema pueda resolverse con la panacea  biotecnológica permite a los gobiernos y a las corporaciones distanciarse de su complicidad en el asunto. Será necesario entonces dotar de un marco legal regulado y coherente a la función asignada de alimentar la población que sufre de inanición y no dejarla en manos del mercado libre y especulativo. Y recordar aquella frase del célebre médico griego Hipócrates de Cos (460-370 a.C.): “Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento”, dado que, como decía el escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900) en “The picture of Dorian Gray” (El retrato de Dorian Gray), la única novela que escribió: “Hoy en día la gente sabe el precio de todas las cosas, pero no conoce el valor de nada”. Y la vida, desde luego, tiene valor.

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