El asalto a la naturaleza (III). Bienvenidos a la jungla

Guillermo Mayr

Bjorn RichterImagen de Bjorn Richter

La ecología puede definirse como la ciencia que se ocupa de las relaciones de los organismos entre si y con su medio, como la disciplina biológica que estudia los seres vivos en su último nivel de integración con el medio ambiente. Este, a su vez, es el resultado de la interacción de los sistemas naturales con los sistemas sociales. Los sistemas naturales están constituidos por elementos físicos como aire, agua y tierra (biotopo) y el conjunto de los organismos vivos (biocenosis). Los  sistemas sociales están constituidos por los grupos humanos, con todo aquello que pueden aportar de historia, cultura, ritos y tradiciones. Ambos sistemas -el natural y el social- conviven en esa envoltura del globo terráqueo que el geólogo inglés Eduard Suess (1831-1914) llamó “el lugar sobre la superficie de la Tierra donde mora la vida”: la biosfera (del griego “bio”: vida,” sphaira”: esfera).

La biosfera es el sistema que abarca a todos los seres vivientes de nuestro planeta y a su hábitat; es decir, la delgada capa terrestre en donde se desarrolla su ciclo vital: el aire, el agua y el suelo donde, desde los organismos más diminutos hasta las imponentes especies de plantas y animales, han encontrado el sustento para sobrevivir. Comienza a los 150 metros bajo el agua y se eleva hasta la punta de los árboles más altos. En ella existen más de 1.400.000 especies distintas que conforman una compleja red ecológica. La biosfera condiciona las posibilidades de desarrollo, las que dependen en mayor o menor grado de la disponibilidad, tipo y forma, identificación y utilización de los recursos, y las características demográficas, de relieve, clima, ubicación geográfica, etc. En ecología no importan tanto los elementos que constituyen la biosfera como las interacciones que se producen entre ellos. La sociedad humana, por ejemplo, conforma su medio ambiente pero, al mismo tiempo, su supervivencia y desarrollo exigen la explotación del mismo. Ese proceso de desarrollo socioeconómico, por implicar la utilización de recursos, generación de desechos, desplazamiento de población y actividades productivas y otros procesos que alteran los ecosistemas, afecta de diversas maneras con su dinámica a la biosfera y con ello, a su vez, al propio desarrollo, generando así nuevas condiciones para el proceso ulterior y así sucesivamente.

En “Sustentabilidad ambiental del crecimiento económico”, el economista chileno vinculado a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) Osvaldo Sunkel (1929) considera que el hombre se encuentra en ese sentido “en una posición de juez y parte con respecto a la naturaleza, ya que la explotación del medio ambiente interfiere con los ciclos ecológicos naturales. Esta interferencia puede ser asimilada por los ecosistemas ya que éstos, gracias a su heterogeneidad y complejidad, poseen una capacidad relativamente alta de regeneración y autorreproducción. Pero si se exceden ciertos límites, la intensidad, persistencia y otras características de la interferencia pueden llegar a desorganizar los ciclos regeneradores y reproductivos de los ecosistemas a punto de producir un colapso ecológico, exigiendo los consiguientes reajustes sociales”. Pierre George (1909-2006), geógrafo francés profesor de la Sorbona, afirmaba en “L’environnement” (El medio ambiente) que éste es “el medio global con cuyo contacto se enfrentan las colectividades humanas y con el cual se encuentran en una situación de relaciones dialécticas de acciones y reacciones recíprocas que ponen en juego todos los elementos del medio. Según el nivel de civilización técnica de los grupos humanos y según la influencia del medio natural, el medio ambiente será primordialmente obra de la naturaleza o bien obra de los hombres; finalmente está animado por procesos físicos y fisiológicos que los hombres desencadenan, controlan o soportan, en su condición de existencia o en su misma subsistencia”.

Un documento presentado por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires señala que “el calentamiento del sistema climático es inequívoco como lo evidencian las observaciones de incrementos en los promedios globales de temperaturas aéreas y oceánicas, el derretimiento extendido de hielos y nieves, y el crecimiento medio global en los niveles del mar. En las escalas continentales, regionales y oceánicas se han observado numerosos cambios climáticos que marcan tendencias de largo plazo. Estos incluyen cambios en los hielos y temperaturas árticas, extensos cambios en el régimen de las precipitaciones, salinidad oceánica, patrones de vientos y otros aspectos relacionados a climas extremos incluyendo sequías, lluvias abundantes, olas de calor e intensidad de ciclones tropicales”. Según un estudio británico publicado por la revista “Science”, las temperaturas del siglo XX fueron las más elevadas de los últimos mil doscientos años. Llegaron a esta conclusión tras estudiar la disposición de los anillos de árboles milenarios, las zonas de hielos perpetuos de Groenlandia, fósiles y escritos conservados desde la Edad Media. Para los autores del texto, el cambio operado en esta ocasión, al contrario que los cambios climáticos anteriores, es debido principalmente a la acción del hombre.

Tal como ha definido el Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), compuesto por dos mil quinientos científicos de todo el mundo que trabajan para la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), la evidencia del cambio climático se basa en observaciones de los aumentos de temperatura del aire y de los océanos, el derretimiento de hielos y glaciares en todo el mundo y el aumento de los niveles de mar a nivel mundial. La organización cita el aumento de las temperaturas a nivel mundial que han sido, en los últimos doce años, los más calurosos desde 1850, aumentando un promedio de 0.74º durante el siglo XX, y la mayor parte de este aumento ha sido en los últimos treinta años. Agrega además que la concentración atmosférica de dióxido de carbono ha aumentado un 42% desde la Revolución Industrial hasta la actualidad y que ese aumento incide directamente en la elevación de la temperatura de la Tierra.

Para los expertos del IPCC, no hay dudas en cuanto a que el cambio de clima es atribuible, directa o indirectamente, a la actividad humana, que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables. Un informe publicado en Inglaterra señala la gravedad de los problemas generados por el cambio climático para el progreso económico y social: “El cambio climático incidirá sobre los elementos básicos de la vida humana en distintas partes del mundo: acceso al suministro de agua, producción de alimentos, salud y medio ambiente. A medida que se va produciendo el calentamiento del planeta, cientos de millones de personas podrían padecer hambre, escasez de agua e inundaciones costeras” (el nivel mundial del mar ha aumentado 17 centímetros durante el siglo XX). A lo que debe agregarse el nuevo tipo de fenómeno migratorio, el de los “refugiados ambientales”, que ya está provocando.

La World Wildlife Fund (WWF), una organización conservacionista con sede en Suiza y oficinas en más de cien países, considera que el cambio climático “es sólo la punta del iceberg de un modelo insostenible. La crisis económica, ambiental y social es la manifestación de un modelo de desarrollo insostenible basado en los principios de explotación de los recursos para extraer el máximo beneficio en el menor tiempo posible, sin considerar el impacto que esto genera en los ecosistemas y las poblaciones”. Desde la revolución industrial, el modelo de desarrollo ha tenido como fuente de energía el consumo de carbón, petróleo y gas. La combustión de estos combustibles fósiles libera dióxido de carbono a la atmósfera y producen un tremendo impacto ambiental y el consecuente cambio climático. La incidencia del aumento de dióxido de carbono en la atmósfera, que produce el llamado “efecto invernadero”, dispara la frecuencia y la intensidad de las olas de calor y las sequías, e intensifica otros fenómenos naturales como los tornados y las inundaciones. La temperatura media global, prevé la WWF, “aumentará entre 1º y 3º a mediados de siglo y de 2º a 5º a finales de siglo”.

Algunos países, incluyendo Estados Unidos y Australia, han negado el calentamiento global, arrojando dudas sobre la misma ciencia que hizo sonar las alarmas. Otros países, como Gran Bretaña, en cambio, quieren reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Para el físico británico Paul Davies (1946), ambas posiciones “son irrelevantes pues de cualquier manera es una lucha sin esperanzas de ser ganada. Conociendo la naturaleza humana, la gente seguirá utilizando combustibles como el petróleo hasta que comience a acabarse. Mientras tanto, los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera seguirán aumentando, la temperatura subirá irremediablemente y la población mundial vivirá un desplazamiento gigantesco”. Se estima que si el aumento de la temperatura promedio global es mayor a 4º comparado con las temperaturas preindustriales, en muchas partes del mundo los sistemas naturales no podrán adaptarse y, por lo tanto, no podrán sustentar a sus poblaciones circundantes. En otras palabras, no habrán recursos naturales para sustentar la vida humana. Dentro de dos décadas, la utilización de energías renovables, que hoy supone el 13% del consumo mundial, pasará a ser de un 18%. Por su parte, el consumo de carbón y petróleo sufrirá un ligero descenso hasta rondar entre el 25 y el 30% del consumo total. En cualquier caso, estas cifras son insuficientes para mitigar el cambio climático.

Mariano Marzo (1952) catedrático de Estratigrafía y profesor de Recursos Energéticos y Geología del Petróleo en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona, en un artículo publicado por el diario “El País” de España cuestiona el actual paradigma del desarrollo económico. “Sabemos -escribe- que para resolver un problema el primer paso es formularlo correctamente. Lo más apropiado en estos momentos es propiciar una reflexión realista sobre la naturaleza, alcance y ramificaciones del complejo problema que pretendemos solucionar”. En 1997 el economista energético japonés Yoichi Kaya (1934) formuló una ecuación conocida como “Identidad de Kaya”. En ella se demuestra que el dióxido de carbono emitido por la actividad humana depende del producto de cuatro variables consideradas a escala global: la población, el producto bruto interno per cápita, la intensidad energética y las emisiones de dióxido de carbono emitidas por unidad de energía consumida. “Para que el resultado final de una multiplicación de cuatro factores sea cero -dice Marzo-, basta con que uno de ellos lo sea. Pero, hoy por hoy, este supuesto constituye un sueño lejano. Lo que sí está en nuestras manos es tratar de reducir las emisiones de dióxido de carbono. Ahora bien, para lograr este objetivo no podemos obviar dos hechos. El primero es que las proyecciones de Naciones Unidas sugieren que, aunque en la actualidad estamos ya asistiendo a un descenso de las tasas de fertilidad, la población mundial seguirá creciendo en los próximos cincuenta años, pasando de cerca de 6.900 millones de personas a un máximo de 9.500 millones, para después estabilizarse en respuesta a una mejora generalizada de las condiciones de vida. El segundo, es que el vigente paradigma socioeconómico asume como un dogma indiscutible que el producto bruto mundial per cápita puede y debe seguir creciendo indefinidamente”. Los dos condicionantes comentados han llevado a la comunidad internacional a concluir que la lucha contra el cambio climático debe centrarse en la tercera y cuarta variables de la ecuación de Kaya, tratando de rebajar la intensidad energética y las emisiones de dióxido de carbono.

En el caso de la primera, se busca mejorar la eficiencia tanto desde el punto de vista de la oferta como del de la demanda, mientras que en el caso de la segunda se persigue el despliegue de fuentes de energía tanto renovables como la nuclear. “Esta estrategia para reducir las emisiones de dióxido de carbono -agrega el profesor Marzo- da por sentado que la innovación tecnológica en el sector energético será capaz por sí sola de compensar los efectos derivados del crecimiento demográfico y económico previstos en el futuro. Ahora bien, las proyecciones en el horizonte de 2035 contenidas en un reciente informe del Gobierno de Estados Unidos no son precisamente optimistas al respecto. Según esta fuente, en los próximos veinticinco años, el mundo podría reducir su intensidad energética a algo menos de la mitad y disminuir ligeramente la intensidad de carbono respecto a los valores de 2007. Sin embargo, estas mejoras se verían ampliamente contrarrestadas por el crecimiento del producto bruto interno per cápita (cercano al 100%) y por el aumento de la demografía (próximo al 30%), de forma que, en conjunto, la multiplicación de los cuatro factores de Kaya arroja el resultado de que en 2035 las emisiones globales de dióxido de carbono se habrán incrementado en algo más del 40% respecto a las de 2007”.

“A la luz de la Identidad de Kaya, el análisis de la historia del consumo energético, así como del crecimiento económico y demográfico de la humanidad en los últimos cien años, nos indica que el cambio climático es, en buena parte, consecuencia de un desarrollo económico y demográfico sin precedentes, posibilitado por el uso masivo de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas). Afirmar, como a menudo se hace, que el cambio climático es tan solo el resultado del uso masivo de dichos combustibles es una verdad a medias. Equivale a culpar a la bala, o la pistola que la dispara, de un asesinato, sin analizar quién aprieta el gatillo. Ciertamente, el dióxido de carbono que (junto a otros gases de efecto invernadero) provoca el actual desequilibrio climático proviene en su mayor parte de la quema de combustibles fósiles, pero no deberíamos olvidar que el uso masivo de estos ha sido requerido por un paradigma socioeconómico basado en el crecimiento global, continuo e ilimitado. Hoy en día, los combustibles fósiles representan alrededor del 80% del mix de energía primaria mundial y sin ellos el sistema colapsaría. Pero aún hay más: sin carbón, petróleo y gas, el consumo energético mundial no podría haberse multiplicado por un factor cercano a cinco durante el periodo 1950-2000, posibilitando que durante el mismo periodo el producto bruto mundial se multiplicara por siete y la población mundial por algo más de dos. Desgraciadamente, el precio a pagar ha sido que las emisiones de dióxido de carbono se han multiplicado por casi cinco durante los cincuenta años considerados”, afirma Marzo.

El principal problema subyacente es que el crecimiento exponencial vivido en la segunda mitad del siglo XX se repartió de manera muy desigual. El desarrollo económico ha beneficiado al 20% de la población mundial que reside en los países industrializados, de forma que estos países acaparaban en el año 2000 cerca del 80% del producto bruto mundial, mientras que el resto de los habitantes del planeta apenas habían incrementado su consumo energético y su producto bruto per cápita. El estilo de desarrollo de unos y otros se ha expresado a través de diversas formas de la interacción sociedad-naturaleza. Se han utilizado  los recursos naturales de distinta manera: dando un uso productivo a unos, depredando otros y manteniendo varios sin utilización. Esto tiene que ver con el uso de la tecnología como conjunto de conocimientos y habilidades aplicados a la explotación de esos recursos, pero se relaciona también con aspectos sociales y culturales, y, muy especialmente con los económicos.

La actividad humana, es indudable, ha distorsionado la naturaleza para obtener un rápido beneficio, pero sin medir las consecuencias. Cuando se habla de contaminación, ya sea de la atmósfera, del suelo o de las aguas, de inmediato se piensa en las sustancias -peligrosas para el ser humano- que se alojan en el medio ambiente. Sustancias que pueden ser inhaladas o ingeridas a través del agua o los alimentos. Pero no se piensa que también son tóxicas para el resto de seres vivos. La  mayor parte de estas sustancias se acumulan en los tejidos grasos de los animales, por lo que se van transfiriendo a lo largo de las cadenas alimentarias, amplificando sus efectos mediante un proceso de bioacumulación, en un constante suma y sigue. Y como gran depredadora que es, la especie humana se sitúa en la cúspide de todas esasrelaciones alimenticias, con lo cual corre el riesgo de convertir su cuerpo en un auténtico depósito de sustancias tóxicas. Por lo tanto, la alternativa es replantear las formas de aprovechamiento del am­biente natural. Reorganizar las industrias extractivas, de transformación y transporte, las estrate­gias agrícolas, pecuarias y pesqueras, de tal modo que sean compatibles con el sistema de autorregulación que la naturaleza ha desarro­llado por más de 700 millones de años.

El calentamiento global es hoy una realidad palmaria y se espera su agravamiento con el correr de los años. Esto ocasionaría, entre otras cosas, el aumento del nivel del mar entre 18 y 59 centímetros (lo que pondría en peligro áreas costeras e islas pequeñas), el incremento en intensidad y frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos (lo que ocasionaría daños irreparables en la agricultura y la consecuente escasez de alimentos), la agudización de las enfermedades respiratorias, cardiovasculares e infecciosas (bajo condiciones de calor extremo se desarrollan el dengue, la malaria, el cólera y la fiebre amarilla), y la alteración de la calidad tanto de las aguas superficiales como subterráneas (disminuyendo así los niveles de producción de los embalses y la cantidad de agua potable disponible para el consumo). Todo esto constituye un panorama realmente desolador.

El filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) se preguntaba hacia 1930 en “Die grundbegriffe der metaphysik. Welt, endlichkeit, einsamkeit” (Los conceptos fundamentales de la metafísica. Mundo, finitud, soledad): “¿Hay alguien que no desee saber qué es lo que viene, de manera que se pueda preparar para ello en una forma que se sienta menos preocupado y afectado por el presente?”. La respuesta es sí, definitivamente. Sobre todo si las predicciones se basan en hechos angustiantes y no en entretenidas especulaciones. Así, mientras algunos periodistas y divulgadores mercenarios lo llaman el “gran fraude del calentamiento global”, lo que los individuos pueden hacer es quedarse tranquilamente en sus casas, cruzados de brazos y mirando televisión, o asumir el axioma del fundador de la escuela de Psicología Analítica Carl Jung (1875-1961), médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, que rezaba: “Todo aquello de lo que no tomamos consciencia, lo que nos sucede, tanto acciones como contradicciones, se manifestará en nuestras vidas como destino”.

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