Teatros, prostíbulos y arte de subterfugio.

Ricard Millàs

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La impotencia que sentí cuando presencié aquel espectáculo de bajeza en el metro provocó un bajón de mis instintos heroicos ¿Quién se atrevería contra cinco tipos fuertes como árboles que hurgaron en el bolso de una extranjera? Ésta, ni se dio cuenta, tan solo esbozó una sonrisa cuando los cinco individuos la dejaron salir del torbellino de brazos y palabras engañosas. Con una nube negra encima de mi cabeza salí del vagón y ascendí al reino de los humanos a través del milagro de las escaleras automáticas. En la calle busqué un bar llamado ‘El nostre racó’ y cuando lo encontré entré y pedí un vaso de vino. Sentado entre unos cuantos bebedores de cerveza esperé a que los actores de la obra ‘Saliva’, escrita e interpretada por Rubén Darío Fernández, editor en Excodra, salieran al ruedo. Y como Hemingway ante un mar de vino, los actores corrieron por el improvisado escenario en pro de su diatriba teatral como si fueran a correr delante de los toros. El argumento así como la interpretación caló hondo en el armario de emociones que abre sus puertas de par en par en cuanto algo consigue erizarme el vello de los tatuajes. El argumento giraba en torno a una conversación dentro de un coche en medio de una variante de festival veraniego, repleto de tiendas de campaña donde la juventud ingería una buena cantidad de sustancias nefandas y practicaba el sexo ocasional con la cremallera de las tiendas medio abierta, o medio bajada, tal como elija el ego del espectador. Mientras las palabras surfeaban por el interior del vehículo, la mujer del protagonista debatía en su raciocinio con la idea de la vida y el arrebato de abrazar a la muerte; una mala suerte de cuchillo entró en la piel de sus muñecas, estrellándose la sangre en el suelo como las lágrimas de tristeza de un dios sempiterno. Cuando terminó la obra me puse en pie y me lié un cigarrillo en la puerta, mientras veía pasar la gente pensé en cuantos de todos aquellos individuos habían jugado con la vida y la muerte en algún momento de sus vidas. Los vi felices, con su idea de la sociedad deambulando como espíritus libres, agasajados por su propia autocomplaciencia y por la idea de la individualidad. Corrí hacia el metro después de estrecharle la mano al autor y actor principal de la obra. Me regaló un libro de su autoría, ‘Puzzle’ y le dije: ‘Adiós Rubén’.

Dentro del gusano del ferrocarril subterráneo contemplé las decenas de rostros que viajaban en él y me di cuenta de que yo también formaba parte de la idea de la sociedad que todos guardábamos en los cajones de la cómoda de nuestras cabezas. Yo era igual que ellos sólo que le daba demasiadas vueltas al asunto. Cuando la voz grabada anunció el fin de mi periplo subterráneo por las entrañas de Barcelona, ascendí como alma redimida por sus propios pecados por las escaleras llenas de chicles fosilizados y huellas de zapatillas deportivas del intrincado laberinto del sistema del Metro de la ciudad. En la superficie caminé hacia el Teatreneu para contemplar una vez más el espectáculo de la poesía en el show del ‘Prostíbulo Poético’. Al llegar a la puerta pedí mi entrada en la taquilla y esperé exhalando humo de las cavernas de mis anchos pulmones. Fumar un día a la semana y nadar cuatro te convierten en la chimenea de una locomotora Santa Fe de 1860. Los pistones se ponen en marcha cuando la gente entra en el teatro. Me senté en la oscuridad, tratando, como siempre, de pasar desapercibido. Una vez más el flaneur con aspiraciones a escritor de novelas de terror se ocultó en las tinieblas para presenciar el espectáculo de la prosa en su vertiente más seductora. Después de ingerir varios tragos de un vaso de vino que compré en la entrada se hizo la luz en el escenario y apareció Madame Taxi abriendo la jaula de su voz y haciendo que las notas cabalgaran corceles diminutos en el aire, llenando el teatro con la cadencia de la melodía en todo su esplendor. ¿Quién era yo para presenciar tanta sensibilidad, tanta exaltación del arte cuando en mi mente se fraguaba la idea de la individualidad del ciudadano de a pie? ¿Quién era yo para infiltrarme en las tropas de la civilización y participar de sus mismos placeres visuales y auditivos? Tan sólo me dejé llevar por la belleza de los contoneos de su cadera y del arte que exhalaba con cada movimiento, mientras acuchillaba al demonio que trataba de arruinarme la noche. Madame Taxi, al terminar su número preguntó al público si había algún escritor entre los espectadores. Yo escribía en las noches de tormenta, despertando muertos de sus tumbas y sumiendo a los personajes de mis relatos en una vorágine de sexo de subterfugio y sábanas sucias. Aún así me quedé mudo, expectante, tratando de comprobar si alguien más celebraba bailes en las teclas de su máquina de escribir  durante las noches solitarias de invierno, como un servidor hace desde que dejó de interesarse por las juergas nocturnas y la química ilegal. Me hice pasar por cirujano plástico cuando me preguntaron si realmente era escritor. Sin mediar palabra seguí con mi actitud de total sumisión hacia el espectáculo que estaba ocurriendo en la dureza de la madera del escenario.

Cuando salió Berlín frente al público, arrancó la poesía que residía dentro de sus labios de fresa y llenó el aire de prosa y palabras en la orgía de sentidos que acontecía en las mentes de los asistentes. Por un momento deseé que todos hubieran bebido vino para que su sensibilidad estuviera totalmente afilada, como la espada de un corsario en una batalla repleta de acero y épica al uso. Con los sentidos alerta pude apreciar el torrente de poemas que el escenario emanaba a través de las cuerdas vocales de la poeta. Marea abrió las cortinas rojas y se abrió paso por el escenario mediante el baile de sus piernas para sentarse en una silla al más puro estilo cabaretero y recitar prosa y emanar la belleza de las palabras con la gracia de una musa azteca. Quien fuera silla, pensé. Quien fuera escenario y arte y poesía salida de la garganta cercenada por los cuchillos de la lírica. Lobo, sin camiseta y sin zapatos, subido en el tablado mezcló el español y el inglés con la electricidad de su cabello y de sus palabras, en el todo que conforma su peculiar manera de expresarse ante los focos. Vahído, sentada en los escalones del escenario, con su particular guía de viajes y el ronroneo de su voz clamó un réquiem por la muerte de Tabuchi; sus palabras en algún momento ascendieron como un milagro para posarse encima de las cabezas de todos los que estábamos en la sala. Una vez más me pregunté si yo era merecedor de tanta hermosura. Resignado, pensé que algo en mi vida no estaba tan mal. Hasta que apareció Glory Hole subido en lo alto de unas escaleras y como si fuera el mismísimo diablo trató de provocar una vez más a la sensibilidad que acomodaba su trasero en las butacas. El silencio se convirtió en piedra y Las Burlesquinas hicieron acto de presencia. Al más puro estilo de los años veinte se dejaron la piel y el sujetador mientras las bocas de algunos se convirtieron en una gran O mayúscula. Desaparecieron para ceder el espacio a Lady Lee, que una vez más dejó impertérrito al personal asistente. Cantó dos veces llenando de pájaros el teatro. Cantó dos veces convirtiendo su voz en un inmenso planeta de luz. Mad se quitó la capucha y ritualizó su poesía como hechicera del Medievo; su prosa se convirtió en fuego y sus ojos relampaguearon ante las retinas del público.

En un arrebato de pasión sureña el Jíbaro Gitano convirtió su cuerpo en un instrumento y el flamenco cobró vida mientras las castigadas tablas de madera del teatro parecían llorar sus últimos momentos; era tal la fuerza de aquel hombre que apareció una grieta en una de las paredes laterales del recinto. El manto de oscuridad se vio roto por las notas de Matías Muñoz, que con suma destreza acarició las teclas del piano y endulzó la voz de Lulú, que convirtió el oxigeno de la sala en pura miel. Cuando todos los poetas y las putas terminaron de desnudar sus almas, Nina sedujo a los clientes mientras les vendía fichas y los dejaba en manos de la poesía. Desde la tela de araña que fabriqué en un rincón observé el movimiento de los artistas y de los clientes, que se sumieron ciegamente en su particular comportamiento, regido por el arte y el bastón de Madame Taxi. Sin establecer palabra con nadie, salí al exterior y me fumé un cigarrillo a sabiendas de que volvería a entrar esa misma noche o en alguna otra, atraído por la fonética de los poemas y las voces seductoras de las amantes de la noche poética. Aspiré con avidez el veneno de la nicotina y miré fijamente a la luna que, ignorante de lo que había ocurrido parecía sonreírle a todos los que deslizaban la suela de los zapatos por la superficie del planeta.

En todo caso algo había ocurrido aquella noche. Algo que brotó del interior de los escritores y trató de paralizar el tiempo. Ignorante de mi condición de Cirujano plástico decidí darle rienda suelta al espíritu prosaico que me mordía los lóbulos todas las noches y cuando llegué a casa pensé en la felicidad efímera que posee al hombre aun siendo consciente de su afán por sentirse miembro de cualquier cosa. Sonreí cubierto por sábanas limpias mientras viajaba en mi mente subido en la montaña rusa del vino rojo.

Rojo como la sangre de los poetas y actores que esa noche tuve el placer de admirar.

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