Popstar

Fernando Veglia

Popstar Veglia

Un, dos, tres, cuatro, cinco… ¿Cuántos faltan? No se ve bien ¡Fila de mierda! Todo sea por unos pesos en blanco, por irme de casa. Estoy cansado de los comentarios malintencionados ¡La cara del viejo cuando le diga que me inscribí! Seguro se molesta ¿Y por qué te inscribiste? ¿Qué vas a hacer con la carrera? ¿Por qué no conseguís trabajo de otra cosa?.. ¿Por qué lo hacés?  Tus padres te bancan, te apoyan… Esa frase me fastidia, me revuelve el estómago: “Te bancan”. Me presionan para que me reciba ¿Y después qué? ¿Y si no consigo trabajo de administrador de empresas? ¡Morí! Continúo viviendo con ellos, la abuela, mis hermanos y el mismo perro ¿Hasta cuándo? Eso sí, con un título conseguido con el esfuerzo de todos. Tengo trabajos basura desde los diecisiete, ayudante de panadero, ayudante en una tienda, corredor de seguros, lava autos y un sin fin. Nunca me llamaron de un laburo relacionado con lo que estudio y esta oportunidad no la puedo dejar pasar. Además el límite de edad es de veinticinco, tengo veintitrés ¡Opa! Avanza dos pasos, va lento… pero va.

En el predio de la universidad, los alumnos, de diversas carreras, observaban con desprecio la fila de aspirantes a policías del conurbano bonaerense. La fila era larga, excedía el espacio interior y salía a la acera, como si fuese la lengua de un gigante burlón. Esteban estaba en la humillante espera. Sentía que era señalado por el dedo de sus convicciones, promesas y luchas. Cursaba el último año de la carrera de administración de empresas, pero la falta de trabajo y la presión familiar, lo obligaban a tomar una decisión que nunca había imaginado: ser policía. El destino lo había colocado contra las cuerdas y debió aceptar con resignación la aplastante derrota.

¿Qué cara pondrá mi madre? Me da lástima; ella creyó en mí. Se la jugaba y fracasé. Es lo que hay, es esto o seguir prendido. Mi padre “remisea” a la fuerza, mi vieja cose desde siempre, mis hermanos pelotudean y yo policía ¡Qué garrón!  ¿Qué dirán mis compañeros cuando les cuente? Van a querer que no abandone. Daiana seguro que me dice lo usual: “Sos inteligente, no podés abandonar ahora”. La voy a extrañar aunque sea “careta” y ame al imbécil de Juanjo. Pensar que tuvimos una historia en primer año y se cortó por mi culpa ¡Qué desastre! Uno, sólo resta uno…

―Buen día –saludó el oficial de policía.

―Buen día –contestó Esteban.

―¿Nombre y apellido?

―Esteban Paz.

―¿Edad?

―Veintitrés años.

―¿Domicilio?

―Castagnon setenta y cinco, Isidro Casanova.

―¿Estudios?

―Secundario completo.

―¿Por qué quiere ser policía?

―Porque quiero servir a la comunidad.

. . . . . . .

Los primeros días de mayo resultaron inusualmente fríos. Sin embargo, una heladería, llamada Amanra, continuaba abierta hasta nueve de la noche. La obstinación de su dueño obligaba al empleado, un muchacho llamado Ricardo, a permanecer inactivo, largas y tediosas horas, detrás del mostrador.

A las ocho y media, el reloj era verdugo y señor, la ansiedad crecía en las sienes del muchacho, como si cargase con un niño gritón sobre los hombros; si alguien deseaba comprar un helado, minutos antes de la hora de cierre, era atropellado por oleadas de fastidio y  mal humor.

Cuando el reloj marcaba las nueve, la heladería cerraba pero Ricardo no podía retirarse; debía esperar a Miguel, su dueño, un hombre robusto, de ojos celestes, pelo canoso y  un humor detestable. Una vez que las ventas eran supervisadas y el dinero recaudado, culminaba la jornada.

Ricardo observaba el reloj de pared, nueve y cinco. Había bajado la cortina y trapeaba el piso. Sólo esperaba a Miguel.

Maldito gordo, va a demorar como ayer. Miguel, necesito horario de invierno, hace dos meses que llego tarde a la universidad, creo que lo merezco ¿Cómo que no? Trabajo de las diez de la mañana hasta esta hora ¿Cuántos clientes pensás que entran de las siete a las nueve? Observá los tickets ¡Qué hijo de puta! Por suerte, este año me recibo y me voy.

Ricardo escurría el trapo de piso en un balde blanco y sucio. Su mente sólo tenía espacio para pensar en una cosa: el futuro.

¿Cuándo venís, gordo? Si Juanjo le dijo al papá que necesito el trabajo, tengo un cincuenta por ciento de probabilidades de ser aceptado. Me recibo a fin de año de administrador de empresas, trabajo de lo mío, después me recibo de contador, por fin de economista y consigo mi propio estudio contable, mi hogar, mi auto.

Sonriendo bobamente, guardó los útiles de limpieza en un gabinete. En un minúsculo baño, se mudó de ropa y tomó, de su mochila, varios apuntes. Necesitaba distraerse leyendo.

Los ruidos de los automóviles, los efímeros diálogos de los peatones y el constante tic tac del reloj aguijoneaban la ansiedad de Ricardo. No podía esperar más, debía llegar a clase a las ocho y eran las nueve y veinte.

¿En dónde está? Me hace llegar tarde. Justo hoy que necesito la respuesta de Juanjo. Me voy, tiene todo el dinero en la caja, la heladería limpita, sus llaves.

El muchacho salió disparado hacia la puerta de escape de la cortina ciega. Estaba girando la llave de espalda a la calle, cuando la voz de Miguel lo detuvo: “¿Qué hacés, pibe?

. . . . . . . . .

Daiana y Juanjo eran novios; el amor los había unido en la universidad. Cursaban el último año de Administración de Empresas. Obtenidos los flamantes títulos, planeaban convivir. Juanjo trabajaba en el estudio contable de su padre y Daiana era secretaría en una escribanía.

La joven pareja disfrutaba del último recreo, en un  bar frente a la universidad.

―¡Qué pocos somos hoy! ¿Sabés algo de los chicos? –preguntó Daiana.

―Ni idea, hoy estuve ocupado en el estudio. Tuve que acompañar a mi padre a la A.F.I.P.; un cliente intimado –comentó Juanjo con indiferencia.

―¿Qué sucederá con Esteban? No viene desde el lunes.

―Andará en otra cosa ¿Te llamó?

―No, para nada.

Ricardo entró al bar, buscando a sus compañeros. Observó, hasta que logró ver la sonrisa de Daiana.

―¡Richard! ¡Qué tarde! –exclamó Daiana, sonriente.

―No podía irme de la heladería. Encima, cuando me estaba por escapar, me agarró el dueño. Pero llegué ¿Qué vieron en clase? –preguntó Ricardo.

―Nada. Estuvimos matando el tiempo. El profesor hablaba boludeces –respondió Juanjo, sonriendo de costado.

―¡Qué pesado! ¿Pasó lista?

―No me acuerdo ¿Da, pasó lista?

―Creo que sí.

―Díganle que llego más tarde, o no la voy a poder rendir como regular –pidió Ricardo, preocupado.

―No te preocupes ¿Querés tomar algo? –preguntó Ricardo, con intenciones de calmar a su compañero.

―No ¿Hablaste con tu papá de lo mío?

Juanjo se toma la cabeza ―¡No! Me olvidé. Hoy tuve un día difícil. Mañana le digo. Perdóname.

―No te olvides, por favor. Cuento con vos. Quiero irme de la heladería.

Daiana jugaba con un saquito de azúcar, como si fuera un trompo. De pronto, rompió el silencio ―¿Richard, sabés algo de Esteban?

―Ni idea, al “Negro”, no lo veo desde el otro viernes. Tiene problemas en la casa.

―¿Con los padres?

―Algo así, no sé bien, no me cuenta mucho.

―Pobre, si sigue faltando va a quedar libre…

―Llamalo, si tanto te importa… –espetó Juanjo.

―¡Juanjo! –exclamó Daiana, preparándose para enfrentar una escena de celos.

Ricardo rió, salvando a la joven pareja de una pelea posterior.

―¿Vas a entrar, Richard? –preguntó Juanjo, camuflando su mal humor.

―No, me voy.

Los tres abandonaron el bar, lentamente. Parados en la puerta de la universidad, derrocharon tiempo con palabras huecas y amables. Ninguno deseaba ir a clase. La voz de Esteban los interrumpió, ofreciéndoles una excusa más para faltar.

―¡Hola! –saludó Esteban.

―¡Esteban! ¿Qué te sucedió? –exclamó Daiana contenta.

―Vengo a despedirme…

Juanjo y Ricardo lo miraron como si fuese un extraño al que examinar.

―¡No me digas que vas a abandonar! –reaccionó Ricardo.

―Sí, los dejo. Me inscribí en la policía –contestó Esteban.

Juanjo sonrío de costado; si bien se mostraba triste, festejaba la decisión. No olvidaba que Esteban y Daiana tuvieron un romance.

―¡Estás loco! ¡Sos el mejor! ¿Lo pensaste bien? –exclamó Daiana, incrédula.

―No puedo seguir más sin un trabajo estable. Vine a decirles que me gustó ser su compañero, que los aprecio, no nos perdamos…

La última hora de clase fue anunciada por una bulliciosa multitud de estudiantes, ingresando a la universidad. Los cuatro compañeros, atravesados por una marea humana, debieron callar.

―Esteban, es una lástima. Llamame para lo que necesites –propuso Juanjo.

Daiana abrazó efusivamente a Esteban, diciendo: ¡Te voy a extrañar! El muchacho, separándose de ella, atinó a decir: Los voy a extrañar a todos…

―Yo no entro, me voy con Esteban ¿Vamos? –dijo Ricardo, triste, aún incrédulo.

―Entonces, nos vemos. Mañana hablamos, Ricardo –sentenció Juanjo.

Daiana y Juanjo, finalmente, fueron a clase. Esteban y Ricardo caminaron hacia la parada de autobuses

―¿Qué hiciste? ¿Sos boludo? –preguntó Ricardo.

―No doy más, mandé todo al diablo y me inscribí –respondió Esteban, harto.

―¿Estás seguro? Terminá la carrera, dejate de joder.

―¡No puedo!  ¡Lo único que sé, es que no tengo un peso!

―¿Qué dijeron tus padres?

―No lo saben.

―Con tus calificaciones podés conseguir una pasantía ¿Por qué no hablás con los profesores?

―No me jodas. Sabés cómo es.

―Pero no hablás con nadie, alguien te puede dar una mano…

―No te enojes, pero más que manos necesito trabajo. Porque no soy el adecuado, porque vivo en zona oeste o por lo que se le ocurra al entrevistador no engancho. A pesar de las notas y toda la pavada…

La vereda, de baldosas acanaladas, abrió la boca y tragó a ambos jóvenes, la noche pintó de negro todo el lugar y el viento lo arremolinó, convirtiéndolo en el punto negro y diminuto que estuvo frente a ti, clavado en la pared. Curioso por naturaleza, te acercaste y descubriste que era una mosca. Sigilosamente, doblaste en dos un trapo o enrollaste un periódico y la golpeaste. El insecto, herido de muerte, cayó pesadamente al suelo. Sin embargo, el zumbido, como señal de vida en agonía, despertó aún más tu instinto de conservación y lo pisaste, varias veces, para poder dormir tranquilo.

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