CIERTOS LUGARES: Los orantes de Pla de Petracos

Lucía del Mar Pérez

Santa Madre

En la margen izquierda del Barranco de Malafí, en Castell de Castells, delimitado por el mar y las sierras alicantinas de Aitana, Mariola y Benicadell, existe un lugar en el que el hombre aún puede escuchar la voz de la Madre Tierra. Es el Pla de Petracos, un recóndito lugar donde se ocultan, huyendo del paso implacable del tiempo, orantes de rojo intenso. Figuras que alzan sus brazos al cielo, cabezas adornadas con multitud de rayos que evocan un culto solar. Hace ocho mil años que aguardan nuestros antepasados buscando el favor del sol y la benevolencia de la tierra. Refugiados en abrigos rocosos neolíticos, las siluetas serpenteantes de tallos simbólicos nos recuerdan la importancia del ciclo agrícola para los primeros agricultores. Aparecen también representaciones de toros, la imagen más concreta de la fecundidad. Cuando el visitante se detiene, en silencio, al amparo de la naturaleza, aún percibe la presencia de los grupos humanos prehistóricos reunidos en su santuario. La expresividad de las figuras denota la profunda espiritualidad y las arraigadas creencias de gentes unidas por el culto al sol, la fertilidad y la fecundidad.  El creciente protagonismo de la agricultura y la intensificación de los intercambios a lo largo del Neolítico hacen evolucionar las creencias religiosas. El culto a la fertilidad fue adquiriendo un carácter sagrado alrededor del cual aparecen ritos mágico-religiosos.

El arte rupestre de Petracos se enmarca dentro del arte macroesquemático levantino, declarado Bien de Interés Cultural y Patrimonio de la Humanidad. Se trata de arte post-paleolítico, caracterizado por representaciones, en cuevas o abrigos de figuras de gran sentido abstracto, esquematizadas pero de gran tamaño. La peculiaridad de este arte es que no se representan escenas de la vida cotidiana sino escenas marcadamente simbólicas y de posible sentido religioso ligados a la dependencia de la meteorología para la vida del trabajo agrícola, porque tanto entonces como en la actualidad, los caprichos del tiempo podían arruinar las cosechas. La vida del agricultor siempre se halla en un precario equilibrio. Las necesidades del ser humano apenas han evolucionado desde el despertar de los tiempos: un techo bajo el que cobijarse, alimentos y el calor del grupo.

Pero el hombre primitivo entonces, como ahora, desde su nacimiento inicia la eterna búsqueda, el amparo de seres invisibles más poderosos, dominantes de la naturaleza y sus elementos. Entes superiores ante los que arrodillarse, entonar plegarias y lamentarse de las desgracias. En el arco mediterráneo proliferan las diosas madre tanto en la Prehistoria como en la Antigüedad. Son deidades de la fertilidad, generosas representaciones de la Tierra. Abundan la conocidas como Venus, figurillas de pequeño tamaño que representan mujeres desnudas o semidesnudas con los atributos femeninos fuertemente pronunciados. Una de las más famosas, del Paleolítico Superior, datada entre del 22.000 y el 20.000 a.c es la Venus de Willendorf, a la que acompañan la Venus de Savignano, en Italia, o en nuestro país, la Venus de Gavà, hallada en Cataluña. Esta última es una figura antropomórfica realizada en cerámica negra de unos 17 cm de alto, cuyos ojos adoptan la forma de dos soles. Sus brazos acarician el vientre y la vulva está representada por una espiga. Se trata de una de las pocas piezas que representan divinidades de la época del Neolítico que se han encontrado en España.  Representa una diosa de la fertilidad.

La figura de la Diosa-madre ha adoptado  multitud de formas en la cultura occidental: la diosa Astarté, de asimilación fenicia, se corresponde a las mesopotámicas (la Inanna sumeria o la diosa Ishtar acadia). Era la diosa femenina protectora de ciudades como Sidón y Tiro. Los fenicios, principalmente los que provenían de Tiro, extendieron su culto en la colonia de Gades fundada en torno al 1100 a .C. (La actual Cádiz). Astarté representaba el culto a la madre tierra, el amor y la fertilidad, progenitora de todos los seres vivos. En la Península Ibérica se asimilará a su vez el culto a Tanit, principal diosa del panteón de Cartago, diosa de Ibiza, y de muchos enclaves mediterráneos de España y de Chipre. Diosa del amor, la fertilidad, la vida, la prosperidad, la cosecha, la muerte y la luna. Tanit era una divinidad de carácter astral, representada por el creciente lunar, asociada al dios de la agricultura y por tanto, a la fertilidad de la tierra, de los animales y de las personas. La lista de deidades asociadas al culto de la fertilidad es interminable, en su mayoría relacionadas directamente con el planeta Venus. No debemos olvidar la Venus- Afrodita grecorromana o  Gea, la Madre Tierra. En América la Pachamama, es el principio explicativo de la cosmovisión de los pueblos originarios andinos, representando una vez más a la Madre Tierra que engloba toda la naturaleza y con la que se dialoga para que favorezca la fecundidad y la fertilidad.

En definitiva, el rastro de diosas madre, del culto a la fertilidad, al sol, a la madre tierra, al ciclo agrícola es interminable. No debemos olvidar el cristianismo y la virgen María, que no deja de ser otra diosa madre, resultado de la evolución natural de las civilizaciones. Existe un hilo conductor en la historia de la religión de los seres humanos. Diferentes denominaciones para una única esencia, una única creencia que cuando es contemplada exenta de adornos y elementos superfluos nos transporta de nuevo a los orígenes de la humanidad. Este es el mensaje que sin duda  transmiten los Orantes de Pla de Petracos, un hombre indefenso ante una naturaleza hostil, cuya vinculación con la Tierra es tan antigua como eterna, igual que su necesidad de protección. Porque a pesar del orgullo y la osadía del hombre del siglo XXI, la naturaleza escapa al control humano. Por eso te invito a calzarte las botas de senderismo, a caminar en silencio a través de las entrañas del Barranco de Malafí, y en Petracos, escucharás las plegarias de sus orantes, que también son las TUYAS, las de la Humanidad.

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