A María Dolores de Cospedal

Julio Fernández Peláez

Cospedal

-Ave María Purísima.

Me estaba quedando dormido. Desde que sustituyeran los servicios de urgencia sanitaria por servicios de confesión urgente, los curas de esta deprimida comarca no damos abasto. Por turnos ocupamos el pequeño confesionario del antiguo ambulatorio, por gracia de Dios convertido en templo, con el humilde propósito de servir a los enfermos de corazón, pecadores diversos y moribundos con un pie en el otro lado; pero la escasez de medios y el mal estado de estos dispensarios de perdón hacen que no sepamos cuánto tiempo más aguantaremos sin otra recompensa que un mísero sueldo del obispado.

-Sin pecado concebida -respondo.

Me cuesta concentrarme. Reconozco que somos necesarios, y ahora más que nunca. Sin embargo, me siento viejo y cansado. Si hasta hace poco los vecinos pensaban que lo mejor era acudir a las urgencias rurales para que de una patada en el culo los enviaran a urgencias provinciales y de estas a las nacionales, a partir de la reconversión sanitaria esa pobre gente se ha unido al carro de los que creemos firmemente que más vale encomendarse al altísimo y pedir la extremaunción que andar buscando cobertura en el monte con el objetivo de llamar al 061 para, después de un alocado vagar por carreteras llenas de baches, lo único que se consiga sea perder los últimos minutos de vida tontamente. Pero aun así… no estoy seguro de que merezca la pena tanto sacrificio.

-Padre, he dicho algunas mentiras.

Miro el reloj de mi muñeca. Las 5 de la madrugada. Echo una ojeada a la mujer y reprimo un gran bostezo. Ella esconde su rostro debajo de un velo. Sobre la cabeza, una fabulosa peineta negra.

-¿Mentiras?

A estas horas la gente viene a confesarse por algo más importante que unas simples falsedades. Hay personas que recorren andando en plena noche los parajes montañosos cubiertos por la nieve del invierno para buscar el perdón por un brutal crimen recién cometido. Acudir al cura de urgencias por un pecado tan banal simplemente no tiene sentido.

-Son unas mentiras muy gordas.

Quiero reconocer la voz de la mujer. La he oído mil veces en la radio. Ya caigo.

-Usted es María Dolores de Cospedal.

-Sssschit.

-Perdón.

-No importa, si he venido a este templo es porque no confío…

-¿Sí?

-No confío de que en las iglesias de la capital no haya instalados micrófonos. No sabe cómo está el patio…  Aquí estamos apartados de todo. Además, me han recomendado este lugar. Es tan… ¿cómo podría describirlo?… austero. Sí, austero.

María Dolores se quita el velo y me muestra su grande e inocente sonrisa. Hago la señal de la cruz y le digo:

-Yo te absuelvo en el nombre…

-Aún no he terminado -me interrumpe ella -. Verá… he mentido a todo el mundo. A todos. Absolutamente a todos. Y lo peor es que siguen confiando en mí… No, lo peor es que no puedo dejar de mentir. La mentira es más fuerte que yo y…

-La verdad puede ser dolorosa para los que nos rodean -le digo intentando consolarla.

-¡Pero yo quiero desentrañar la verdad, padre!

-Hija… El diablo nos empuja a cometer…

-Cosas de las que no nos creíamos capaces -termina ella mi frase.

-No es eso lo que quería decir exactamente.

-Por cierto, ¿dónde estamos?

¿Cómo que dónde estamos? Miro a María Dolores a los ojos. Los tiene muy abiertos. Es incapaz de cerrarlos. Las pestañas se han adherido a la gomina de las cejas. Ella se levanta y mira con desconfianza a su alrededor.

-¿Dónde estamos? -insiste.

Lo sabe perfectamente. No es necesario que yo se lo diga. Estamos en el interior de un relato que transcurre en un centro de urgencias morales donde autor y cura se confunden a través de la figura del narrador.

-¿Y eso? -me pregunta señalando con su dedo el ipod que tengo sobre las rodillas y encima de la sotana.

Yo sigo escribiendo.

Ahora ella ya lo sabe. Se ha dado cuenta de que la confesión está siendo publicada al instante. Frunce el entrecejo con absoluto desdén.

-Te voy a denunciar -me amenaza-. Te voy a denunciar por difundir falsedades… Y lo vas a pagar caro.

María Dolores de Cospedal avanza por el templo y hace resonar sus tacones.

-Mujer, se trata de una ficción en tiempo real que en estos instantes está publicándose en un irreverente periódico, nada más, no es necesario que…

Pero ella no me escucha. Se para en varias ocasiones y amenaza con expropiar los bosques, las montañas y las nubes para venderlos luego a los honrados empresarios.

Al llegar a la puerta de salida se abraza a sus guardaespaldas y llora con desconsuelo.

Me entran dudas sobre la bondad de esa mujer. Yo quiero creerla. Pondría la mano en el fuego por ella. Como todo el mundo en este país lo haría. Pero no sé… Tanto llanto de arrepentimiento me hace pensar cosas raras.

Por cierto, ¿a qué mentira se referirá?

Ni idea. Tengo que reconocer que últimamente me falla el imaginario.

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