A Ana Mato

Julio Fernández Peláez

Ana Mato

Acudo infartado a las urgencias de un hospital (el primero que me pilla dada mi suerte, no sin antes pasarme por una tienda de Louis Vuitton, aunque para ello haya tenido que rodear más de diez kilómetros), y pregunto por la señora Mato.

El recepcionista, un tipo de alrededor de ciento cincuenta kilos cuya única misión es la de quedarse con la jeta de los que entran y de impedir el paso a los que acuden en grupo, me mira como si nada. Vuelvo a preguntar. Él se fija en el paquetito que tengo en mi mano derecha (la izquierda ni puedo moverla a causa del dolor, pienso que voy a morir como no me atiendan de inmediato, menos mal que en el exterior del paquetito pone claramente “para Ana Mato”). Déjeme su cartilla de la seguridad social, me dice, y a continuación pulsa un número en el teléfono de la centralita.

Casi al instante se presentan dos seguratas que después de requisar mi cartilla me llevan en volandas (de camino a donde seguramente me operarán, advierto a mi paso la mala suerte de todos esos pobres incautos que acudiendo a urgencias sin regalo hacinan los pasillos tumbados sobre destartaladas camas; un anciano muerto de sed se bebe el contenido da la bacinilla de su compañero; un ratoncillo asoma de una bolsa que una indigente utiliza como almohada; hay tal volumen de tráfico que los camilleros gritan para abrirse paso; una cama bloquea las puertas del ascensor y estas se abren y se cierran constantemente golpeando su estructura metálica; sin embargo el enfermo no se mueve: ¿estará frito?). Me meten a empujones en un despacho. En él me espera el doctor Sepúlveda, o al menos eso pone en la tarjeta que tiene en la solapa de su bata.

“Deme ese paquete”. Yo trato de explicarme. “Que me dé ese paquete”. Pero yo quiero estar seguro de que llegará lo antes posible a su destinataria. Los seguratas me lo arrancan de mi mano y se lo dan al doctor. Él lo desenvuelve. “Verá usted, me hubiera gustado nacer en La Rioja, pero nací en un pueblo de Almería, y por eso soy prácticamente analfabeto” (no sé porqué digo esto, ¿se me habrá subido el infarto a la cabeza?). El doctor no me está escuchando, examina el bolso plateado a la luz del fluorescente y sonríe (no logro identificar el carácter de esta sonrisa, yo diría que se trata de una cándida sonrisa, pero seguramente me equivoco, a menudo me equivoco).

“Estamos hartos de tanto regalito estúpido. ¿Qué es lo que pretende, comprometer la imagen de nuestra ministra con una tontería que a lo sumo le habrá costado 300 euros?”

“897 con 30. Es un bolso de piel de cocodrilo auténtico tratado con sulfuro de plata”.

“¿897 con 30 esta mierda? Menos cachondeo. ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Llamar al director de este hospital para que él llame a su vez al Ministerio para que allí le dejen recado a la ministra de que un tonto del culo le ha dejado un presente?”

Yo bajo la cabeza en sentido afirmativo. Los seguratas se echan sobre mí y comienzan a cachearme de arriba abajo en busca de micrófonos o cámaras ocultas. Me colocan contra la pared y me pasan un detector de metales (haciendo un gran esfuerzo giro la cabeza para pedir explicaciones al doctor, pero este ya no está en el despacho, tampoco mi presente). Siento una mano fría en mis nalgas y mi cuerpo da tal respingo que tengo la impresión de que estoy en mi segundo infarto consecutivo. ¡Vale!, les suplico. Ellos lanzan al aire una risotada estúpida.

Más tarde me sacan del despacho y me dejan en la calle. No me queda otra alternativa que volver a entrar en urgencias como un ciudadano más, desprovisto de credenciales y sin tarjeta de la seguridad social. El gordo me impide la entrada. “Lo siento, pero está prohibido acudir a urgencias más de una vez en un mismo día”. “¿Pero dónde coños está esa norma?” “No se altere, caballero”. “¿Cómo que no me altere?, está a punto de reventarme el corazón y usted me pide que no me altere… Además, estoy afiliado”.

El gordo saca una revista del Hola, donde en portada se exhibe desnudo el auténtico cuerpo de Ricardo III, y espera unos segundos antes de hacerme un gesto para que pase. He perdido mi tarjeta. “No se preocupe”. “Gracias”, le digo, sacando de mi pecho toda la ironía que me queda. Y en ese instante, detrás de mí, una voz me suplica que le ayude. Se trata de una mujer que arrastra un pesado colchón. Me acerco a ella. “No merece la pena”, le digo. “Están algo exquisitos con el tema de los presentes”. “Pero este es un auténtico colchón suizo”. “Nadie lo diría”. “Un colchón de toda la vida hecho en Suiza con la lana de las cabras alpinas. Muy práctico. Tiene doble funda, usted ya me entiende”.

La mujer está empapada de sudor. “¿Me va a ayudar o no?” “No merece la pena”, insisto, “todo ha cambiado, créame, no le servirá de nada, míreme a mí, perdí al menos tres horas en buscar un auténtico Vuitton, y nada, que no me ha servido de nada”. “¿Es eso cierto?” “Cierto”. “Pues a mi hijo lo coloqué en Orense con media docena de ibéricos”. “Eso era antes… ¿Viene usted de lejos con el colchón?” “No… de la montaña conquense. Eso no queda a tiro de piedra”.

La mujer se ríe. Es una suerte poder provocar la risa de alguien, pienso. Le invito a una copa. “No bebo”. Ahora soy yo el que se ríe. No puedo parar de reírme. “¿Sabe?”, le digo con la voz entrecortada, “está a punto de darme el tercer infarto consecutivo y…”

Los dos nos partimos el culo de risa sobre el colchón suizo. El gordo nos llama la atención y nos largamos. “¿Pero vamos a dejar ahí el presente?” “Sí, y que les aproveche. ¿No necesitaban camas?, pues ahí tienen una…”

Horas más tarde seguimos bromeando en el bar de la esquina hasta que caigo redondo víctima de monumental atasco en las vías coronarias. Ella, a mi lado, asegura que también se muere. Al menos nos hemos saltado todas las listas de espera, le digo. Y ella se ríe, se ríe, porque dice que salió hace una semana y, claro, en casa estarán preocupados…

Nos damos un beso. Yo oigo cómo llega una ambulancia y unos camilleros entran en el bar. Pero ya estoy muerto.

Cuando abro los ojos, el mismísimo Franco me da la bienvenida al nuevo mundo.

“Bienvenido a la Isla de los dichosos”.

Por unos instantes me siento recompensado. Ser una persona fiel a los buenos principios tiene premio, aunque este premio haya que disfrutarlo como fiambre.

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