A Esperanza Aguirre

Julio Fernández Peláez

 

ABSOLUT AGUIRRE

Compré una impresora 3D y me puse a fabricar belenes a destajo para venderlos por los portales. Metía ovejas, gansos, reyes, burritos, jesusitos, josés y marías en el bombo, y la máquina me los devolvía duplicados e idénticos a los originales.

La impresora funcionaba muy bien y en apenas unos días logré colocar la primera tanda de belenes clonados. Se acercaba la navidad y tenía que darme prisa en sacar a la calle cuantos más belenes mejor. Pero nada más empezar la segunda tanda, la máquina duplicó al niño Jesús en un jesusito con la cara de Esperanza Aguirre.

No tengo ni idea de cómo pudo suceder, pero lo cierto es que pasó; y esto no fue lo peor: en el interior de la impresora 3D faltaba el jesusito original. Estaban los animales, los reyes y los padres, pero faltaba el recién nacido. ¿Cómo había podido ocurrir semejante desgracia? Miré al jesusito con cara de Espe y este me devolvió una desafiante y enorme sonrisa. Tuve la extraña sensación de que aquel recién nacido me la estaba jugando, pero de inmediato me quité este pensamiento negativo de la cabeza y me puse a buscar el jesusito original por toda la casa.

Cuando después de dos horas de infructuosa tarea regresé a la habitación donde estaba la impresora, tuve que frotarme los ojos para no pensar que estaba enloqueciendo. El nuevo belén estaba montado, y el jesusito con cara de Espe daba órdenes a los demás para que hicieran lo que él creía más conveniente. José, por ejemplo, se partía la espalda cercando una finca en lo alto de una colina donde reinaba un cartel: “Próxima parada de AVE”.

⎯Pero por Dios, jesusito, faltan veinte siglos para eso.

A lo que el nuevo Jesusito con cara de Espe me respondió con amenazas de que me tenía vigilado, que sabía más de mí que yo mismo, y que esa impresora 3D no era más que una auténtica mierda que unos degenerados ingenieros habían construido sin demasiado sentido.

Salí a la calle para acercarme a la tienda donde había adquirido mi impresora a pedir explicaciones de lo ocurrido, pero por desgracia la tienda se había trasladado a Marruecos. Regresé a casa con las manos vacías, y al intentar abrir la puerta me encontré con la voz chillona del rey Baltasar que me pedía una contraseña para poder acceder al interior. Empujé la puerta con fuerza y de inmediato comprendí en qué se había convertido mi casa: en un puto casino donde se veía a las claras que el jesusito con cara de Espe ejercía el control a su antojo; por ejemplo, obligando a las ovejas a que balaran constantemente mientras jugaban al poker.

Salí corriendo hacia el baño para desahogar mis necesidades inmediatas y allí el rey Melchor, apostado sobre la cisterna del inodoro, me informó de que la gestión del agua había recaído en sus manos, y que debía pagarle antes de desabrocharme la bragueta. Intenté darle un manotazo pero sólo conseguí golpearme la mano contra las baldosas.

Abrí la puerta del botiquín y allí estaba el rey Gaspar para echarme en cara la gestión indebida de las medicinas.

⎯Dame un euro y dejaré que uses el betadine ⎯me dijo.

⎯¿Cómo? ⎯le respondí totalmente fuera de mí.

⎯Todos los botiquines son, a partir de este momento, propiedad de la empresa “Reyes Magos” ⎯añadió la endemoniada figura.

Regresé a la habitación donde estaba plantado el belén. Sabía perfectamente a quién echarle la culpa de toda la revolución que había comenzado a gestarse a mis espaldas y en mi querido hogar. Pero el jesusito con cara de Espe faltaba del belén. La cunita de madera estaba vacía.

Busqué en el pesebre, entre la hierba que sirve de comida al burro, y entonces… apareció allí un sobre que contenía nada más y nada menos que 12 millones de euros del monopoly.

Miré al burro con cara de pocos amigos.

⎯¿De dónde los has sacado? ⎯le pregunté, y la virgen María se apresuró a defender al burro:

⎯Ese dinero es legal. El burro lo ha traído de Suiza gracias a la amnistía del altísimo.

⎯Pero el monopoly es sagrado, antes de ir a Suiza ese dinero salió de mi monopoly ⎯protesté ferozmente, a lo que José me replicó:

⎯Ya no es tuyo, sino nuestro. Pero no te preocupes, con él financiaremos la compra de nuevas figuras… ¿Qué te parece un perroflauta?

⎯Nuestro jesusito los odia ⎯intervino María⎯. Dice que son una plaga.

Me dieron ganas de prenderle fuego a la vivienda. No sin antes atrapar a quien yo creía culpable de todo aquel terrible desaguisado.

Miré hacia la ventana atraído por el ruido a motor de una libélula mecánica. Conduciendo el aparato se encontraba el jesusito con cara de Espe riendo a malévolas carcajadas. Vestía un jubón de cuero, llevaba en la mano un arco y a la espalda una carcasa llena de flechas.

⎯Acaba con ellos, no son de fiar ⎯me dijo.

Me quedé atónito. “Ellos” eran su familia.

Corrí hacia la ventana e intenté atraparlo. Pero el jesusito apretó el acelerador y no le dio ninguna oportunidad a mis manos.

⎯¿Pero adónde vas? ⎯le pregunté mientras se alejaba.

⎯A cazar talentos. 

 

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