El topo de Guimerà

Noelia Sender Núñez

Antoni Pons Biñefa (Guimerà, 1921)

Topo Guimera

La primavera del 38 me llamaron a filas, junto con cuatro más del pueblo: todos jóvenes. Decidimos ir caminando al centro de reclutamiento de Mollerussa, a unos 30 kilómetros de casa. Allí dimos nuestros nombres y un oficial nos metió en una sala con más gente: amontonados, como borregos. Desde el principio, conocíamos nuestro futuro, por eso los cinco de Guimerà permanecimos unidos en todo momento.

Tras semanas de espera, una vez reclutados todos los hombres, los soldados nos condujeron a un tren. Nuestro destino: el Ebro; íbamos a luchar en el bando republicano. Justo antes de subir al vagón que nos llevaría al frente, uno de nosotros —no recuerdo quién— susurró: «¿Nos escapamos?». Era la primera vez que alguien del grupo planteaba abiertamente la opción de fugarnos. «Yo me vuelvo a casa». La idea nos sedujo a todos, por lo que arrancamos a correr en dirección opuesta a las vías, huyendo del pelotón y hacia un bosque cercano. No miré atrás ni una sola vez. Solo fui consciente del alboroto formado por nuestra huida cuando observé la escena escondido detrás de una mata.

El tren marchó sin nosotros.

Al llegar la noche cerrada, uno a uno —los cinco— fuimos saliendo de nuestra guarida. Empezaba ahí nuestro camino de regreso. En uno de nuestros paseos nocturnos, nos topamos con una masía. “¿De dónde sois?”, preguntó el payés. “Estamos de paso”. “Seguro que os habéis escapado de Mollerussa” —acertó—. “Comed y bebed algo, y marchaos rápido; no quiero problemas”. Tres días más tarde, entrábamos en Guimerà.

Atardecía cuando llegué a la casa de mis padres. Debían ser las nueve: la hora en la que el pregonero acostumbraba a cantar el bando del día en mi calle. En consecuencia, tuve que agazaparme detrás de una tapia próxima. Cuando la vía quedó desierta, salí, tiré tres piedrecitas contra la ventana de la cocina y volví a ocultarme. Únicamente revelaría mi presencia si aparecía mi madre. Al tercer intento, ocurrió: «Hijo, ¿qué haces aquí? ¡Te matarán!». «Madre, ya estoy muerto, así que me quedo en casa».

Pasé seis meses soterrado en la bodega familiar. Accedía a ella a través de una trampilla en la cocina y mediante un pasillo de piedra y adobe. Mi habitación —por así decirlo— era amplia, tranquila y fría. La iluminaba una bombilla que colgaba del techo. Mi madre, que de haber estudiado podría haber sido espía, tradujo la frase sin peligro a toques de luz: si era de noche, o estábamos solos, o no había vecinos merodeando, accionaba el interruptor y yo entendía que el camino estaba libre para abandonar —momentáneamente— mi encierro. De proponérselo, pudo haber sido también actriz de las buenas. «Ay, dónde estará lo meu pobre fill», decía siempre entre sollozos cuando las vecinas preguntaban por mí.

Aunque yo salía poco. Casi siempre de noche para recoger lo que mi madre me dejaba camuflado en la cocina: una manta, ropa limpia, comida, algún cuaderno… Por lo general, no guardo mal recuerdo de mi reclusión. Solamente pasé miedo durante los bombardeos. En el pueblo se sabía que los aviones sobrevolaban los hogares para descargar sobre ellos sus proyectiles, por eso, al oírlos acercarse, la gente huía a las eras. Yo no podía: debía esperar bajo uno de sus objetivos favoritos a que decidieran marcharse.

Nos vinieron a buscar, a mis compañeros y a mí, en septiembre de 1938.

Tres civiles uniformados fueron a las tierras donde mi padre estaba respigando. «¿Dónde está tu hijo?», le preguntaron. «No lo sé. Lo llamasteis a filas hace unos meses». Había habido un chivatazo. «¿Seguro?» —añadió el cabecilla—. «Sabemos que está en el pueblo. Dinos dónde».

Mi padre me delató.

Acabamos incorporándonos a la ofensiva del Ebro. De los cinco de Guimerà, volvimos tres.

Mi escondite ya no existe. Se derrumbó un invierno de mucha nieve.

Luego he sabido que a mi padre le habían amenazado con pegarle un tiro si no les decía dónde estaba. ¿Qué habría hecho yo si me apuntasen con una pistola?

 

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