Basilea: tras los pasos de Erasmo

Lucía del Mar Pérez

“La Humanidad es una doctrina que hay que conquistar. No la recibe el hombre de manera pasiva” Fernán Pérez de Oliva. Humanista. (1494-1531)

2013-01-17 13.28.17

Basilea: ciudad de frontera en la que confluyen Alemania, Francia y Suiza. Situada en la región del Alto Rin, es conocida como “La esquina de los tres países”. Aterrizo en el Aeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo arrastrando mi pequeña maleta cargada de ilusiones. Ajusto cuidadosamente mi abrigo: estamos en febrero y a pesar de que el clima de Basilea es de los más benignos de Suiza, ha nevado. Aquí las nieves no son perpetuas ni predominan las nieblas como en otras ciudades helvéticas.

En el año 44 a.C. los romanos fundaron el asentamiento de Augusta Raurica junto al Rin. Dominada por los francos en el siglo VI, Basilea será reconocida en el año 1000 como ciudad libre dentro del Sacro Imperio Romano Germánico. En 1501 se adhiere a la Confederación Helvética. Está considerada la capital cultural de Suiza, además aloja importantes industrias farmacéuticas como Novartis o Hoffman-La Roche.

Basilea posee un casco antiguo de los más bellos e intactos de Europa, con un claro predominio de edificios del siglo XV. Paseo por el barrio de Sant Alban, repleto de romanticismo y casas históricas. Estrechas callejuelas y corrientes de agua caracterizan este barrio situado entre el Rin y el centro de la ciudad. Sin embargo, la ciudad  se abre a la innovación, combinando la antigüedad  con la arquitectura  más vanguardista, como en el Museo Vitra Design, de Frank Gehry,  que se encuentra entre los museos de diseño industrial de muebles más importantes del mundo, el Campus Novartis, situado en el área empresarial de Sant Johan, o la Torre Messeturm, el tercer rascacielos más alto de Europa. Contemplo la puesta de sol mientras degusto el  Basler Läckerli (en alemán ‘delicia de Basilea’)  un pan de jengibre tradicional, elaborado con harina de trigo, miel, fruta confitada (cáscara de naranja o limón) y frutos secos, cuyos orígenes se remontan al siglo XIV, creado por los comerciantes pertenecientes al Gremio del Azafrán que residían en el centro de la ciudad de Basilea.

Mañana es el Morgestraich, que  constituye el preludio de los carnavales, los más famosos de toda Suiza. Cuando el reloj da las cuatro de la mañana, tamborileros y flautistas disfrazados de charivari se ponen en marcha con sus lamparillas en la cabeza y tocando en la oscuridad del casco antiguo.  Lo mejor es  deambular por los callejones: individuos solitarios y grupos de máscaras se pasean por las callejuelas estrechas silbando y tocando el tambor  con los espectadores siguiéndoles al mismo ritmo. Soledades compartidas enredadas en la noche repleta de hipocresía. Noctámbulos ocasionales dotados de máscaras de invisibilidad, que ocultan dolores propios y borran los ajenos.

Pero mi viaje es una peregrinación, la búsqueda del más grande de todos los humanistas: Erasmo de Rotterdam. Fallecido en 1536 en Basilea, está enterrado en el Münster, la catedral protestante de la ciudad. Inicialmente de estilo tardorrománico, tras el terremoto de 1356, fue reconstruida en estilo gótico, como indican las apuntadas torres de su fachada. Camino con lentitud, en silencio, con el respeto que se merece Erasmo.  Especialista en lenguas clásicas, filósofo, teólogo, profesor y un incansable viajero. Se consideraba ciudadano del mundo. Hubo un tiempo de despertar, Europa se desperezaba  del sopor medieval, y se alejaba de la Escolástica de Santo Tomás y la subordinación de la ciencia a la fe. Hubo tiempo en el que se creyó en la dignidad del Hombre. Un tiempo en el que triunfó la Devotio Moderna: un Humanismo Cristiano basado en un diálogo directo con Cristo y en una interpretación directa de las Escrituras y que despreciaba el papel del clero como intermediario entre el Dios y el hombre. Fueron años de esperanzas, en las que un grupo  de visionarios confiaron en la bondad natural del ser humano al que consideraron maleable, susceptible de ser educado para alcanzar la virtus: la excelencia humana basada en la energía, la valentía y el esfuerzo. Erasmo fue el paradigma de humanista cristiano. Defendió del libre albedrío en su obra De Libero Arbitrio: el hombre es el único responsable del bien o del mal que le ocurra, y tiene la capacidad de elegir por sí mismo. Pero para elegir bien, debe ser educado. Una visión optimista que Erasmo extrapoló a la educación de los príncipes, y así la plasmó en su obra Educación del Príncipe Cristiano (1516), dedicado al joven emperador Carlos V.

Erasmo sintió la admiración que le profesaban sus contemporáneos. Fue profesor en Cambridge y trabó amistad con el malogrado Tomás Moro o John Collet. Viajó a Italia, pero sus ideas no eran apreciadas por todos, algunos le consideraban cercano al luteranismo reformador. Esa fue la causa por la que se encaminó a Basilea. Uno de los hechos más importantes que marcó el desarrollo de la ciudad fue la creación de su Universidad en el año 1460. Esto motivó la llegada de numerosos eruditos a Basilea, lo que convirtió a la ciudad en un auténtico centro del Humanismo. La ciudad suiza lo acogió con calidez. Se convirtió en profesor de su universidad, que ha contado después con docentes tan ilustres como Paracelso o Nietzsche. Fue un hombre de concordia: quiso mantener su independencia con respecto a la Reforma luterana, pero al fin fue acosado por unos y por otros. Su pensamiento era incómodo para la Iglesia Católica, coincidía con muchos aspectos del luteranismo, pero jamás se atrevió a una ruptura. Fue tachado de cobarde e indeciso. Pero él solo quiso dotar al hombre del XVI de una visión optimista y pacificadora, fue contrario a las guerras, y al poder político del papado. Deseó la paz y solo vio guerras. Su Philosophia Christi  fue despreciada por el viejo mundo corrupto, y lo convirtió  en un reaccionario para los reformadores. Se mantuvo en un precario equilibrio que lo llevó a abandonar Basilea cuando esta adoptó la Reforma, y se refugió en Friburgo, poblada por numerosos católicos. Por alguna razón inexplicable, regresó a Basilea en sus últimos años. Fue su última ruptura con el catolicismo. La Iglesia le acusó: “Usted puso el huevo, y Lutero lo empolló”, y Erasmo respondió: “Sí, pero yo esperaba un pollo de otra clase”.

Apoyo mi mano en su fría lápida. Guardo silencio. Recuerdo que tras su muerte, sus libros fueron prohibidos. Un hombre culto, honesto, ingenuo y optimista, sometido a los vaivenes de su tiempo, cuyo legado de confianza en el ser humano, de educación y de paz  deberían ser rescatados del olvido.

 

 

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