¿Por qué no besé a mis primeros amores?

Manuel Villa-Mabela
 
Aquella noche estaba recibiendo un homenaje en el Casino Cultural de Lisandra, una bella villa marinera asomada al cantábrico oriental. Todo transcurría con pasmosa normalidad: los halagos se multiplicaban, las cortesías corrían como el buen vino y la admiración no cesaba de progresar a mi favor. Yo, como casi siempre, ausente de la artificial verbena social, sonreía con desgana y practicaba el escapismo mental. Soy un auténtico malabarista de la fuga. Dejé mi cuerpo bien pertrechado de gestos y ademanes aprendidos en medio del oleaje mundano mientras me proyectaba emocionalmente hasta un rincón plácido y acogedor que me sirviera de atalaya para buscarte. Aún no habías venido. Si supieras cómo odiaba no poder gritar tu nombre.
Me quedé un buen rato custodiando la entrada del salón con la esperanza de verte aparecer. Temía que hubieras decidido quedarte en casa para llorar sola. No sé bien por qué, decidí recordar a mis primeros amores. Saludé primero a aquella niña de diez años con el pelo negro, perfumada de provocadora inocencia y vestida como una muñeca mayor. Nos pusimos a pasear enseguida cogidos de la mano como solíamos hacer entonces divertidos e ilusionados, siempre a escondidas, siempre evitando que conocieran nuestro amor. ¿Por qué nunca la besé? La acompañé hasta el portal de su casa para luego atravesar años y escenarios hasta encontrarme cara a cara con otro amor hospedado en los laberintos de mi mente. Las mismas trenzas, los mismos ojos despiertos y divertidos, el mismo olor a lápices de colores y goma de borrar. A este amor tampoco le besé, ni tan siquiera le hablé. Nos comunicábamos a través de las miradas, todo un surtido elenco comunicativo que nos sobraba para confitar nuestras esperanzas de amores. Conocíamos nuestros respectivos nombres y nuestros deseos, poco más. La tercera invitada a mi recuerdo era la adolescente más bella jamás creada en el universo de los amores. Su boca, su sonrisa, su piel aún siguen haciendo estragos en mi memoria y en mi fantasía. Nos quisimos mucho tiempo, demasiado, tanto que cada uno tomo un camino distinto para transformar nuestro amor en leyenda. A ella sí la besé pero no cuando debía, lo hice mucho, mucho tiempo después y casi sin querer. Sí, claro que hubo besos en mi vida: besos furtivos, besos robados, besos apasionados, besos aburridos, besos por compromiso, besos medicinales, besos contratados… Pero nunca besé a mis primeros amores.
Volví por un momento a mi cuerpo, ya aturdido y algo desencajado, para sacarlo de tanto compromiso. La gloria es muy cansina. Nos escondimos en el interior del ascensor del Casino, un viejo ascensor renacentista con asiento almohadillado y restos de terciopelo, testigo de tiempos mejores, que pese a no funcionar otorga glamour al ambiente. Fumé un cigarro y después otro más hasta consumir media cajetilla sin inmutarme. Tengo que dejar de fumar uno de estos días. Te lo prometí. Claro que te he prometido tantas ilusiones que has perdido buena parte de tus esperanzas.
Tal vez no debí besarte, tal vez no debiste permitir que te besara. Tal vez hubiera sido más sencillo ser tan solo amigos, pero no, tuviste que enamorarme de buenas a primeras, sin compasión, sin tratados de amnistía, sin pensar que me desarmabas ante el mundo. Ahora no pienso en condiciones, soy incapaz de trabajar y me paso el día soñando contigo ¿Es eso justo? Si no me proporcionas la felicidad de tu presencia estoy perdido, vagabundeo menesteroso hasta encontrarte para echarme a tus brazos. Sí, entonces me amas, me llenas de besos y me miras de esa maldita manera que me hace imposible vivir sin ti. ¿Por qué me quieres? A veces pienso que tu amor es un veneno y lo peor de todo es que me muero por ese veneno. Preciso dosis de ti con frecuencia enfermiza y rechazo cualquier suerte de metadona que pueda provocarme distanciamiento de tu magia. Me paso noches enteras arañando las puertas de tu laboratorio de filtros y hechizos reclamando amores. ¿Por qué nos hemos conocido? Claro, seguramente pedirías un deseo en la noche de San Juan y aparecí yo como un poseso en tu busca. Cuando dos personas están destinadas a conocerse, a amarse, a estar juntas, pasa precisamente eso, que se conocen queriendo o sin querer, se aman porque no han nacido para otra cosa que no sea amarse y están juntas porque si no están juntas no encuentran paz ni en este mundo ni en ningún otro mundo habido y por haber. ¿Y ahora qué hacemos? Ya, que el destino decida, muy bonito, muy dantesco, muy democrático, que decida el destino. ¿Sabes lo que ha hecho el destino conmigo hasta ahora? Me ha llenado de engaños, me ha hecho perder mi vida y me ha servido productos y amores perecederos.
Cuando te vi la primera vez me dije: “Esta mujer es un regalo, tengo que besarla para darle la bienvenida a mi vida”. No quería que me pasara lo mismo que con mis primeros amores. En nuestra primera cita, encuentro, reunión, charladuría de negocios, qué más da… te besé esa boca niña y me columpié en la dulzura de tu mirada. Sí, resulta placentero, tierno, onírico, cabalístico, todo es bien cierto, pero te echo tanto de menos cuando no te veo, cuando no te tengo entre mis brazos que preciso un exorcista de agonías que me equilibre y restaure. Necesito gritar tu nombre, sabes que quiero hacerlo, pero el destino se acerca sarcástico al oído y me susurra: “dame tiempo, está el mundo muy revuelto”
Ya estás aquí. Por fin has venido y yo aquí encerrado en este precioso ascensor que ha atrancado sus puertas y del que no consigo salir. Te veo radiante, maravillosa, increíble y tú lo sabes, vaya si lo sabes, no vas a saberlo. Ahora grito tu nombre desde el ascensor y no me oye nadie. Tú tampoco pero sabes que estoy ahí, siempre lo sabes. Sonríes y el mundo se alborota y te mueves como las diosas sin rozar el suelo para que ninguna astilla de la realidad te produzca una herida porque poca gente, muy poca, sabe que eres mitad mujer y mitad sueño. Me buscas, sí, me estás buscando, ves qué sencillo es hacerme feliz. Y yo aquí golpeando frenético este ridículo ascensor averiado que no me conduce a ninguna parte y rogando al destino o a un mecánico ascensorista o a un anónimo samaritano que me saque de aquí para llamarte por tu nombre. Fue un error no besar a mis primeros amores, pero no gritar el nombre del que deseo sea mi último amor sería un agravio a la virgen santa de los amores. Voy a salir de aquí, correr hasta ti y decirte bien claro y contundente mientras te miro firme a los ojos: No puedo más, toda tú eres responsable de que te quiera, así que te aguantas. Y no hay nada más que hablar. Ya verás cómo cambia mi filosofía de actuación en cuanto consiga salir del ascensor.

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