A Ana Botella

Julio Fernández Peláez

 

Estimada Ana Botella: soy una sin techo que malvive bajo un puente, exactamente bajo el puente de Vallecas, lo digo por si usted tiene a bien pasar por aquí y quiere, a cambio de una modesta cantidad de dinero, mejorar su dignidad como persona (y además que se sepa). 
Yo no soy como esa desagradecida que rechazó su limosna cuando se dio cuenta de que a usted, como es lógico, le venía muy bien ganar más popularidad de la que ahora mismo tiene. De sobra sé lo difícil que debe ser para alguien tan importante hacer pública la caridad que normalmente practica, porque bien es sabido que la auténtica caridad es la que no deja rastros ni vanaglorias. Por eso le ruego que confíe en mí: acuda con su legión de reporteros y grabe lo que necesite. Prometo no defraudarle y aceptar con humildad y cortesía sus monedas (o billetes). 
Al fin y al cabo, yo necesito ese dinero, y usted se muere por reconciliarse con el pueblo: sufre mucho pensando que no la quieren, se siente culpable, no puede dormir bien tratando de acallar el gusano de la mala conciencia, seguramente ha sacado ansiolíticos por la pública y los esté tomando a todas horas, su marido se pone tan pesado recordándole lo de los permisos a fiestas de Halloween que le darían ganas de meterse en un internado de monjas coptas y olvidarse de las obligaciones consistoriales (no confundir con las maritales).
No lo piense dos veces y venga.

Aquí en el puente de Vallecas sufrimos de auténtica necesidad, de necesidad de la buena, de la de verdad, de la de toda la vida. Una necesidad muy tradicional, de la de pasar hambre, de la de no tener donde lavarse, de la de pasar tanto frío que mejor sería no tener pies para no sufrir el dolor de los sabañones, de la de no poder soportar la ausencia de esperanza, de la de enfermar de alcoholismo por culpa de esos vinos de cartón tan barato, de la de vivir con el miedo en el cuerpo (miedo a morir quemada después de que esos niñatos cabrones que rondan el puente nos tiren una lata y le prendan fuego).

Si hiciera falta, le entregaría informes que avalaran la pureza de mi caso. Yo no entré en la indigencia por culpa de mi mala cabeza, no fui despedida, ni desahuciada. Tampoco soy inmigrante. Tampoco fui ni soy una puta. Soy, como quien dice, una auténtica pobre buena, de esas que apenas molestan y que sobreviven gracias al sacrificio y la resignación que nos mostró el Señor. Tuve un problema y no supe encontrar la solución porque la mala suerte se cebó conmigo. Eso es todo, doy fe de que así es (y que nunca, en estos 20 años de indigencia, fue de otra manera).
Anímese, señora Ana, y venga. Imagine los beneficios morales de su visita. No me diga que no son impagables. Mejor publicidad, imposible: mi aspecto es realmente repelente. Y aunque los olores no salen en la tele, se ve a la legua que apesto (traiga mascarilla y guantes y verá cómo además de ganar reputación como mujer piadosa la ganará como mujer valerosa).
Venga y pregunte por Julia.
Un fuerte apretón de manos.
 
 
 

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