A Alberto Ruiz Gallardón

Julio Fernández Peláez

Sufro de exceso de sentido de justicia. Eso quiere decir que me aprovecho de todas las oportunidades que tengo para reclamar lo que considero justo. Me reconozco víctima de este vicio que me acompaña como una sombra y que me empuja a la mínima de cambio a pleitear contra todo aquel que me infringe algún tipo de sanción o de daño.
Es por esto, querido Alberto, que te agradezco el tasazo que vas a promulgar, pues esta será  la única salida efectiva a mi adicción. Espero que a medida que me arruine comprenda lo inútil de mi actitud, pues he probado muchas otras técnicas, entre ellas las de acudir regularmente a un centro de “hiperjustos anónimos” (te parecerá mentira, pero van allí gentes de todos los colores y clases sociales), o la de tomar infusiones de mandrágora abúlica (dicen de esa planta que la tomaban los Borbones).
Además considero que, tal y como va el país, no hay derecho a que gente como yo se aproveche de todo lo gratuito para malgastar fondos y más fondos, y crear así problemas al Estado. Como si el Estado no tuviera bastante consigo mismo.
Soy malo, y he de corregirme. Pero el pronto me domina, y a la mínima, allá que voy, a poner un recurso contra la multa que me ha llegado cuando a pesar de la foto estoy seguro que no había ninguna señal de prohibido; allá que voy a denunciar a mi expareja porque el otro día y delante de testigos me dijo que me iba a matar y todo porque la muy zorra quería quedarse con la mitad del piso; allá que voy a meterle un paquete al vecino del quinto que como es muy listo se niega a pagar desde hace diez años la comunidad de la cual soy presidente, allá que voy a pararle los pies al alcalde la ciudad donde vivo porque al muy necio le ha dado por cortar los árboles de más de cien años; allá que voy a solicitar una indemnización porque el cirujano del Hospital de pago dijo que me quitaba las amígdalas para que no pillara más catarros y lo que me extrajo fue la próstata; allá que voy a reclamar lo que es mío al banco que me estafó con unas preferentes; allá que voy a echar del local que tengo alquilado a los mafiosos que lo utilizan como fábrica de aguardiente metílico, etc., etc., etc.
En fin, lo dicho, que no sabes lo que te agradezco, Alberto, tu magnífica idea del tasazo. Sólo comparable a subirle el precio del caballo a un jodido yonkie de la justicia, como yo.
Mi padre, cuando se enteró, lo primero que me dijo fue: “A ver si así espabilas, hijo”.
Y es que el peor enemigo está en uno mismo, y contra uno mismo no hay pleitos posibles. 
Tú sí que eres sabio, Gallardón.

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