Tempo: tres historias de la tierra de Lyr

Fernando Veglia

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I
 
Hubo una época sin tiempo, en la que los Inventores de la tierra de Lyr observaban su más preciada creación: el hombre. Una de las orillas del lago Ergos daba refugio a una precaria y pequeña aldea; un grupo de chozas de paja, madera y barro. En la orilla opuesta del bello espejo de agua estaba el mágico bosque de Lyr, hogar de fantásticas bestias y temido por los hombres. 
 
Los Inventores no comprendían por qué los habitantes de la aldea, siendo su mejor creación, temían a los otros seres y al entorno. Decidieron reunirse en el interior del árbol de la vida y perfeccionar al hombre, haciéndolo capaz de convivir con la naturaleza sin modificarla.
 
De las entrañas del árbol sagrado surgió un gigante; su cuerpo robusto era idéntico al de un hombre aunque tres veces más alto, su piel lucía como tierra fértil y los ojos como  lagos. Lo llamaron Gog.
 
El gigante había nacido adulto, sin padres ni recuerdos. Dotado de innata sabiduría, hizo del bosque su hogar. Día y noche vagaba, alimentándose de flores y admirando a los astros.  Todo ser viviente era su amigo y a ninguno hacía daño. 
 
Por las noches, la angustia lo asaltaba presionándole el pecho; pues el corazón lo impulsaba a encontrar un semejante y cada búsqueda culminaba en frustración. Dispuesto a encontrar el amor, decidió salir del bosque y cruzar el lago Ergos. 
 
Después de siete días de dura travesía alcanzó las bellas aguas dormidas. La recompensa fue inesperada: vio, recostada sobre la orilla opuesta, una pequeña aldea y a sus pequeños moradores. Amparado en la oscura noche, cruzó el lago a nado y, oculto en unos pajonales, aguardó el amanecer. Necesitaba comunicarse; estaba seguro de que hallaría a sus semejantes.   
 
Al amanecer, espió a los hombres; salían de la aldea para talar árboles, cazar, recolectar y sembrar. Espiar resultó un martirio; escuchaba los gritos de los árboles golpeados por las hachas, algunas bestias le imploraron que las protegiera de los cazadores y el gemido de la tierra, surcada por el arado, chirriaba en sus oídos.  
 
Decidió marcharse, nada tenía en común con los pequeños aldeanos. Sin embargo, una suave melodía lo detuvo. La siguió hasta llegar a una bella mujer, que lavaba frutas y cantaba. Fascinado y oculto en los pajonales, escuchó hechizado, imaginando que la pequeña cantante era diferente a sus pares, que en ella no había miedo, ni odio, solo amor. Un amor genuino e inocente, como el que buscaba.

 
La voz enmudeció y el gigante, dejándose ver, pronunció su nombre, con voz ronca y salvaje: Gog. La mujer chilló, y abandonando frutas y canasto, se fue a buscar refugio en la aldea. 
 
Una docena de guerreros, armados con hachas y palos, rodeó al supuesto agresor. El más viejo de los hombres, gritando como poseso, inició el combate. El gigante a todos derrotó y luego perdonó la vida. Herido de muerte nadó hasta la orilla opuesta del Ergos y,  recostado sobre la hierba, expiró.
 
El bosque, viendo el cuerpo sin vida, gritó desde sus entrañas, y enseguida lo envolvió con manos de ramas y lo sepultó en su vientre de flor. Los Inventores, enterados de lo ocurrido y enfadados con los aldeanos, urdieron un castigo; era preciso que los tercos hombres no temiesen a lo desconocido.
 
Todas las mujeres embarazadas de las tierras de Lyr, parieron bebés de piel blanca, negra, morena y amarilla. Cuando esos niños alcanzaron la adultez y en oposición a lo planeado por los inventores, se dividieron y ocuparon diferentes regiones. 
 
II
 
Los Señores del universo, entidades ancestrales y creadoras,  necesitaban mantener el equilibro en las esferas celestes, contenedoras de las galaxias. La necesidad, después de intensos debates y pruebas, fue satisfecha; crearon a los Inventores -divinidades invisibles a los ojos humanos, capaces de crear y de infundir el orden-  y a los Destructores -divinidades propagadoras de la ira y el caos-.
 
En cada planeta, los señores del universo creaban un árbol de la vida, capaz de hacer realidad los seres propuestos por los inventores o por los destructores. La posesión del  árbol, por una u otra divinidad, definía el destino del planeta.
 
Fue así que en el planeta, donde estaba el bosque mágico de Lyr, Inventores y Destructores lucharon siglos, disputándose el árbol de la vida. Fueron batallas donde la superficie era cubierta de lava y agua incansablemente, mientras que el cielo, cubierto de polvo, impedía que los rayos del sol deshicieran la oscuridad dominante. Finalmente los Inventores tomaron el árbol y confinaron a los Destructores a las fauces del volcán Lyborg.
 
La vida prosperó. El suelo fue cubierto de mantos verdes, bosques, selvas, montañas, acantilados, desiertos y nieve; el cielo fue pintado de celeste, el sol y la luna cumplieron su ciclo; las aguas estuvieron calmas, lagos, ríos, mares y océanos fluyeron de vida. Animales y hombre fueron trasladados a la región de Lyr; sobrevivir era simple, todo cuanto necesitaban estaba allí.
 
Los primeros treinta hombres y mujeres, temerosos e ignorantes, podían comunicarse gestualmente y con un puñado de sonidos; su lenguaje fue desarrollándose mientras vagaban por el bosque.
 
Al llegar a las orillas de un lago, lo bautizaron Ergos, fundaron una aldea.  Año tras año progresaba y crecía. La recolección de frutos bastaba para alimentar a todos los habitantes. Aquellos hombres aún desconocían la maldad y el sufrimiento.
 
Una noche, Idr, un joven atlético y curioso, pidió permiso a los ancianos para costear el lago y llegar hasta unas montañas blancas. Deseaba explorar, ir más allá de lo conocido, recabar información de la región. El permiso fue concedido y el muchacho, cargando pieles, comida y armado con una vara, fue hacia su destino.
 
Iniciaba las caminatas al amanecer y las finalizaba al anochecer. Los días transcurrían idénticos y el paisaje no variaba en absoluto, la orilla del lago parecía una lengua cristalina interminable y las montañas un sueño perdido en el horizonte.
 
Cuando había perdido las esperanzas, después de mucho caminar, la figura de un unicornio, bebiendo en el lago, lo sorprendió. Deslumbrado, caminó hacia la bestia mágica; deseaba acariciarla, estar a su lado. 
 
El animal, obedeciendo a su instinto, escapó, internándose en el bosque. Idr lo persiguió hasta que lo perdió de vista y, abandonado por la excitación de la persecución, comprendió que estaba extraviado y que nadie lo rescataría.
A medida que la luna ascendía, el bosque oscurecía.  El muchacho decidió detenerse al pie de un árbol inmenso, más alto que cualquier otro y robusto cual montaña. Con las pieles y unas ramas improvisó un refugio. Encendió una fogata, con la esperanza de que la luz del día trajese claridad a sus pensamientos.
El sueño comenzó a vencerlo, cerrándole los párpados a breves intervalos. Intentando resistir, clavó la mirada en la antigua danza del fuego. Cuando estaba por sucumbir, un anciano, de cabellos largos y barba blanca, surgió de las llamas, despabilándolo y paralizándolo.
 
La aparición lo miró, con ojos negros y calmos, presentándose amablemente 
-Soy un Inventor y tú has de ser Idr, hijo de Mid y Suc -el muchacho asintió con la cabeza- el árbol, al pie del cual has montado tu refugio, es sagrado; de él surgió todo cuanto puedes ver. Tu ser ha sido propuesto a sus entrañas y le ha dado vida. Sabemos que deseas pisar la tierra que ningún hombre ha pisado, conocer lo desconocido y lo aprobamos.
 
El Inventor colocó su mano sobre los ojos de Idr y cuando la retiró el joven estaba en la orilla del lago Ergos, al pie de las montañas blancas.
 
Feliz de haber vivido la insólita experiencia, de no hallarse en medio del oscuro bosque, de ver las aguas del lago, caminó cuesta arriba, hasta alcanzar la nieve blanda y revolcarse en ella. 
 
Continuó caminando en dirección a la cima, observando diferentes animales. Fatigado y padeciendo el frío, aunque empedernido en llegar a destino, escaló el trecho final y consiguió llegar a la cumbre. Contempló todo Lyr; su aldea -semejante a un puñado de manchas oscuras-, el extenso bosque verde, la inmensidad del lago, las montañas blancas y la gran boca del volcán Lyborg.
 
El volcán, esa herida humeante y oscura en un lugar gélido, atrajo su atención. Necesitaba verlo. Dos días de marcha y lucha implacable con el riguroso clima, fueron suficientes para alcanzar el borde de la enorme herida. Observó, mareado por los vapores y el intenso calor, los hervores de la lava viva y roja. No podía apartar la mirada del violento espectáculo. 
 
Las entrañas del Lyborg rugieron, el suelo tembló y una columna de hediondo gas amarillo envolvió al muchacho. El vapor adoptó forma humana, era un Destructor; la iracunda divinidad de fuego poseyó el cuerpo inmovilizado de Idr e inició la desesperada carrera hacia el árbol de la vida y la posterior dominación del mundo; atravesó, en un día y a costa de dañar irremediablemente al mortal, las montañas blancas y la espesura del bosque.
 
Al llegar a destino, comprobó que no había enemigos vigilando y colocó una mano sobre el tronco del gran árbol, penetrando en sus entrañas y abandonando el cuerpo, sin vida, de Idr. Los Inventores, alertados por los seres del bosque, expulsaron al invasor fuera del árbol sagrado. El Destructor, sin cuerpo que le permitiera huir hacia el Lyborg, expiró.
 
Los Inventores, apenados y reprochándose el descuido fatal, depositaron el cuerpo del muchacho en la entrada de la aldea. Los hombres, alarmados y horrorizados, recogieron los restos del viajero y,  por la noche, celebraron silenciosos ritos funerarios. 
 
Los ancianos debatieron largamente lo sucedido, afanosos de hallar una explicación. Finalmente, la muerte de Idr fue interpretada como un mal presagio y prohibieron viajar a las montañas blancas. Los habitantes de la aldea continuaron sin explorar la tierra de Lyr, sin conocer a Inventores y Destructores.
 
Lejos de los hombres y sus normas, el árbol de la vida aprobó el ser propuesto por el destructor; un hombre, de alma ambigua e inquieta, su nombre sería Ur y heriría de muerte a un gigante llamado Gog, convirtiéndose en el líder de la aldea.
 
III
 
Los hombres llegaron a la isla Iur, liderados por Ur, en el tiempo de los bebés de diferentes pieles y fundaron una nueva aldea. La pesca era la única actividad que los proveía alimentos; la tierra no era fértil y bondadosa como en las orillas del lago Ergos.
 
La población aumentó hasta que los pescadores dejaron de atrapar peces. El mar, por algún motivo, había dejado de brindarles alimentos, causando un mal hasta entonces desconocido, el hambre.
 
Los aldeanos exigieron una solución a su líder, Nur, hijo de Ur y Nar. La respuesta fue insólita, aunque aceptada; ordenó forjar tantas espadas como hombres pudieran empuñarlas. Nur y su ejército conquistaron, saquearon e impusieron sus normas, adueñándose de innumerables regiones.  
 
Los inventores, ante la violencia desatada y la arrogancia de los hombres,  decidieron no intervenir, ceder el mundo al líder que decía ser su dueño y anular la capacidad creadora del árbol de la vida. El bosque de Lyr, desprovisto de magia, fue transformado en un inmenso desierto habitado por un gigantesco árbol seco.
 
Nur, poseedor de todo, daba nombre a los lugares que exploraba o a los seres que descubría. Debido a una antigua prohibición, sólo un lugar le restaba por explorar: las montañas blancas. El gran ejército atravesó el desierto de Lyr, padeciendo incontables privaciones e internándose en la blancura de las altas cumbres prohibidas por sus ancestros.
Los soldados, habiendo alcanzado el objetivo y en medio de las montañas blancas, sentían que eran invencibles y capaces de realizar cualquier proeza, que nada, ni nadie, podía de detenerlos. 
 
Nur estaba feliz, lo dominaba todo y sentía la necesidad de proclamarse, ante sus hombres, dueño de todo lo conocido. La luz anaranjada, trepando por la boca del volcán Lyborg, le pareció un buen escenario. 
 
El ejército formó en perfecto orden y el líder lo arengó, proclamándose Señor de todos los hombres y poseedor de todos los suelos y mares. Los soldados rugieron el nombre de su lejana aldea, hasta que, en el momento de mayor euforia, el suelo vibró violentamente y de la boca del volcán emergió una columna de vapor, que, frente a Nur, adoptó forma humana; era un Destructor y estaba furioso.
 
El flamante Señor desenvainó la espada y preguntó, quién era aquél que se atrevía a enfrentarlo. El ser de fuego rió estruendosamente, diciendo: “Soy el condenado que habita, con sus miles de hermanos, en la lava de este volcán, soy lo que provoca, en tu interior, el impulso que te obliga a empuñar la espada, soy la parte indómita de tu inexplicable alma y tú eres parte de mí. Es la sangre, que fluye por tus venas, la que  ha querido reunirse con sus padres y compartir el fin”.
 
El Destructor saltó dentro del volcán, sumergiéndose en la lava y alcanzando el corazón del planeta. Transformando en una bola de fuego violeta, que segundo a segundo multiplicó su tamaño, estalló, quedando de la catástrofe una brillante estrella. Los Señores del universo la encapsularon en otra galaxia, destinándola a ser el sol de doce planetas, que Inventores y Destructores aún custodian.
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