El ciego y la santa (I)

Lucía del Mar Pérez



Siempre  estuve  co mi  compadre  Goya. M atrevo  llamarlo  así  porque compartí con él algunos de los episodios más duros de la historia de España. n retumban en mis dos la crueldad de las cargas de aquellos bastardos mamelucos el 2 de mayo de 1808. La ciudad se convirt en un lugar caótico, dominado por el horror y la barbarie.

Sin embargo, a pesar de todo, recuerdo aquel episodio con una punzada de nostalgia.  Sentimientos encontrados se arremolinan en mi interior, por un lado los horrores de la guerra, por otro, aquella amistad surgida del paisaje infernal de cuerpos sangrientos retorciéndose por un dolor infinito.

A partir de ese episodio mi vida quedó unid de un modo irremediable a la de aquel  geni sord malhumorad qu pasarí la  posterida com un d los grandes  d la  historia  del  arte.  Decir  qu éramo amigo sería  deci demasiado. Simplemente se desplegó un halo d simpatía mutua que nos acompañaría hasta el final de nuestros días.

Cuando las revueltas aguas volvieron a su cauce, cuando ese desgraciado de Pepe Botella  tuvo a bien atravesar los Pirineos y volverse   con su hermanito, aquel corso arrogante, Españ acogía  esperanzada la vuelta del Borbón. Mas, ¡ay, pobres ilusos!  Aquel  Fernand VII  n traería   consig nad más  qu desesperanz e inestabilida a un pueblo hastiado de sufrimiento.


Desde que abandoné mi pueblo, Valdemorillo, y marché a Madrid, mi vida transcurría en los aledaños del convento de San Felipe el Real (antaño famoso por ser el gran mentidero de la corte, y el lugar de reunión de los soldados de Flandes). Allí me ganaba la vida acariciando las sinuosas curvas de mi compañera de viaje, una guitarra, heredada de mi padre. Con  ella me ganaba la vida, ya que mi ceguera me impedía la dignidad de llevar una vida honesta, saber, o de rufn. Mi voz rica en matices,  suplía  con  creces  mi  incapacidad  visual.  Cuand entonab las  canciones populare del  viejo  Madrid u corro  d curiosos  se  agolpab mi   alrededor, escuchab su risas,  aspirab su  olor rancio  algunos,  con  aquella  característica acidez que penetraba a través de mis fosas nasales; otros perfumados hasta la médula, con esos hediondos perfumes de origen francés tan contumaces en ocultar la falta de higiene.

Yo,  con   mi   grotesca   cara   de   luna   redonda   y   mi   boca   desdentada,   fui inmortalizad por aquel hombre  torturado y sagaz, que navegaba en una continua dicotomía de luz y de sombras,  de razón y de supersticn. Aquel cuadro en el que plasmó mi nada agraciado rostro, fue heredad por Marianito Goya y Goicoechea,
nieto del pintor, junto a la famosa Quinta del Sordo. Pa por las manos del Conde de Doñ Marina,   del  Marqués  d Heredia último  propietario  conocid antes  de pertenecer a la colecció Rohoncz en 1935. Ya en manos del barón Thyssen, gran coleccionista de arte, su heredero tuvo bien hacerme abandonar aquella preciosa Villa Favorita de Lugano y volver a mi querido Madrid. Desde entonces mi hogar sería el palacio de Villahermosa.

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