Canto largo

Lucía del Mar Pérez

Mi nombre es Fernando María: un nombre de tintes aristocráticos. Vivo en una mansión situada en el centro de una gran ciudad. Desde mi morada contemplo la exuberante vegetación que aún puede ofrecerme el inmenso jardín en el que se pierde mi mirada. Cuando la luz del alba me despierta con su timidez habitual, abandono la rigidez de mi lecho y empiezo a calentar mi voz de barítono. La voz, como si de un músculo se tratase, necesita de cierto calentamiento antes de cantar, ya sea para no hacernos daño ni lesiones, ya sea para sacarle un funcionamiento y un sonido óptimo. Y he de decir que el crudo invierno de esta gran urbe, junto con la polución, se ha transformado en un cóctel explosivo para mis cuerdas vocales. Comienzo con los movimientos del cuello y la respiración diafragmal. Después con las escalas: un do-re-mi-fa-sol de esperanza. Por último, selecciono la pieza que me apetece interpretar: Nabucco, de Verdi. Hoy me siento con energía, anoche mi cena fue más frugal que de costumbre: una pequeña lata de atún, acompañada de un mendrugo de pan y un pequeño consomé fantasía del chef. Observo mis manos, llenas de mugre. Pero no me importa y mi pecho se hincha mientras canto.  Como Nabucco, acabo de ordenar la muerte de los judíos. Aparto mis amplias túnicas, lujosos andrajos en los que mi alma ya no está herida, pues se cura bajo el cálido cobijo del palacio de Babilonia. Contemplo  los Jardines Colgantes de mi reino, y a mi coro de esclavos, sentados en un banco frente a mí: Alfredo, Eusebio y José. Alfredo es un tullido que permanece en mi reino de miseria desde hace dos años, suple la falta de un brazo con una sonrisa luminosa, de esas que penetran en tu interior y te alegran el alma. Eusebio es el más joven: carga a sus espaldas un duro pasado de drogas. Desde que el banco le arrebató su casa, el anciano maestro de escuela, José, sufre alucinaciones transitorias en los que se transforma en diferentes personajes de la política: hoy se levanta como Franco, y mañana se acuesta  como Napoleón. El trío, sentado en el gélido banco del Parque del Retiro, entona el Coro de los Esclavos… “Va pensiero, sull’ ali dorate”. En ese preciso instante, un grupo de transeúntes se detiene, y nos lanza un par de monedas sobre el sucio jergón que cubre nuestros enseres de cocina. Mi voz se rompe, se vuelve quebradiza ante las burlas del prójimo. Interrumpo mi interpretación. Dirijo una mirada lastimera a mi coro de esclavos, y agarrando mi túnica de Nabucco para no tropezarme, me aproximo a mi mansión. Coloco mis cartones y el jergón, me cubro con una manta y cierro los ojos. Tampoco se está tan mal en este cajero automático. Mañana será otro día. Y yo volveré a entonar mi canto largo.

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