Confesiones de un escritor irreverente (XII)

Buscando algo de lectura para estos días me dirijo decidido a mis estantes. Miro los ejemplares ordenados por el azar, mezclados sin sentido ni afinidad alguna, alborotados todos entre olores a rancio y hoja vieja. Los veo formados frente a mí, erguidos, y me paseo marcial ante ellos golpeando el marcapáginas sobre la palma de mi mano. Clap, clap, clap. Los miro, decido y tumbo al fino por escaso, al grueso por exceso, derribo al viejo por débil y al nuevo… por nuevo. Me deshago de todo aquel conocido que no conozco, el que siempre estuvo ahí, el que pinta su lomo con enroscadas letras de orillo y al final me quedo con el diccionario Griego-Turco. Tendré que ir pensando en usar otro método.

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