El secuestro de las democracias

Jorge Majfud
Una de las confusiones más comunes y más estratégicas por mucho tiempo ha sido la confusión de la democracia y el capitalismo, de la libertad y el libre mercado, en gran medida como resultado de la dicotomía comunismo/capitalismo —países como China han probado que esta dicotomía es falsa.
En algún momento del Renacimiento el capitalismo y el dinero significaron un avance hacia la democracia, al destruir progresivamente el sistema de privilegios hereditarios del feudalismo y de la remanente aristocracia. De ahí que surjan los apellidos como forma de transmitir los bienes a los hijos de los plebeyos devenidos con algún poder social gracias al comercio y la industria.
Pero como es un patrón histórico, la tendencia hacia la concentración de poder rápidamente aprendió del nuevo sistema para reproducirse. Y como también es una constante de la historia, surgieron grupos y formas de pensamientos que resistieron ese proceso a lo largo de una larga lucha sin cuartel por la justicia social.
Algunas instituciones mayores, como el Estado moderno, fuertemente influenciados por la Revolución americana y por la francesa, nacieron con esa razón de ser: controlar  el abuso de los más fuertes. En su mayoría, los padres fundadores de Estados Unidos, con todas las contradicciones de una revolución compleja, llena de ideas radicales e históricamente sin antecedentes, lo articularon y lo expresaron de forma explícita.

Hoy en día esos mismos Estados —que apenas se justifican por las limosnas que devuelven a la población— son garantes de los dueños del mundo, de los especuladores privados que saben que pueden arriesgar fuerte porque el odiado Estado saldrá a rescatarlos en caso de que algo salga mal.
El valor antidemocrático de este modus operandi se sintetiza en la idea “un dólar un voto”, lo que significa que el poder concentrado también se expresa a través de los instrumentos de la democracia para anularla.
Como dice Noam Chomsky en Ilusionistas “aquellos que controlan la vida económica de un país también suelen tener una enorme influencia sobre la política de Estado de ese país. Esto, que es tan obvio, debería enseñarse en las escuelas primarias”.
De esta forma paradójica, vemos que el capitalismo, que surge en el Renacimiento como forma de superar el feudalismo y las castas aristocráticas, se ha convertido a su vez en una nueva forma de feudalismo. Quienes monopolizan el poder son las nuevas castas de aristócratas, impenetrables por pobres diablos que mueren creyendo que el acceso  a esas esferas del poder es sólo una cuestión de méritos en un mundo libre.
En las sociedades estamentales de la Era Medieval —y hasta bien avanzada la Era Moderna en España y en América Latina—, existían diferentes leyes para diferentes clases sociales. Un herrero iba preso por no poder pagar unas pocas monedas mientras un noble estaba exento de la cárcel por deber una fortuna. Hoy en día, si bien hay algunos ejemplos en que la justicia independiente puede alcanzar a grandes estafadores, nada puede hacer con aquellos que estafan a pueblos enteros de forma legal, o dudosamente legal, como viene ocurriendo con los millonarios desfalcos que han llevado al mundo a las peores crisis, las que han sido pagadas todas y sin excepción por los trabajadores que no participan de las masivas especulaciones con las que juegan los más poderosos en beneficio propio y a riesgo ajeno.
En nuestro mundo consumista, la democracia ha pasado a ser un producto más para los votantes y una estrategia de venta para las corporaciones, que invierten en candidatos y en propaganda cifras inimaginables para una persona común. Así, la democracia es un medio, no un fin. El fin es el aumento ilimitado del poder de las sectas financieras. El fin es una utopia de las corporaciones: llenar el infinito abismo de sus ambiciones.

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