Tan solo quedan dos días, Julián

Ricard Millàs

Julián se sentó al borde de la cama y observó en silencio la respiración de su mujer. El sonido de los bronquios, repletos de corrupción y mucosidades, se movía al ritmo de un fuelle renqueante que suplicaba por una última llama. Una lágrima se asomó tímida, la inhalación de un suspiro alentó al orgullo que afloraba cada vez que los sentimientos llamaban a la puerta. 
Ya era hora de que te desahogaras, Julián. 
María se pasó los últimos años de su vida dedicándose a la oración y a la devoción hacia un Dios invisible que, supuestamente, alimentaba los deseos de una mujer extremadamente religiosa. María nunca pudo despedirse su madre, que murió a la edad de 82 años. Un profundo deseo de reunirse con ella la obligó a dedicarse en cuerpo y alma a las alabanzas y rezos  para ascender al reino de los cielos por la vía rápida. Se construyó el camino más corto hacia las puertas del firmamento mediante la inclinación a una deidad cuya identidad siempre ha sido uno de los mayores misterios de la humanidad.
María no se había despedido de su madre antes de que esta muriera en la cama de un hospital con los azulejos demasiado limpios porque estaba disfrutando de los placeres del libertinaje junto a un hombre cuyos ojos escondían el poder de siete diablos. Sí, sus embestidas eran peores que los coletazos del mismísimo Moby Dick. Sus movimientos pélvicos dejaban al monstruoso Leviathan a la altura de un cachorro de gato. Todo era cuestión de técnica y de saber perderle el respeto a una dama sin borrar cualquier atisbo de caballerosidad que aflorara hacia ella.

Su madre se desvanecía entre gemidos de dolor mientras María ascendía al cielo con la entrepierna algo ocupada. Se podía llegar al firmamento por muchos caminos. 
El sexo era uno de ellos. 
Julián dejó que los sentimientos tomaran cartas en el asunto y cedió ante una lágrima que quiso despeñarse por su cara llena de arrugas de tanto sufrir durante los últimos meses. La expresión de su semblante se asemejaba a la de Popeye, con los ojos como dos finas líneas y la boca torcida. Julián era incapaz de articular una frase sin tener que encallarse con alguna palabra. Las situaciones en las que se vio envuelto en su propia habitación, harían temblar al mismísimo Van Helsing.
Convivir con una mujer poseída, no era fácil. Para nada.
Cuando María quedó extasiada de tanto practicar el sano ejercicio del placer casual, el hombre con el que había compartido los momentos más desconcertantes y placenteros de toda su vida acercó su cara a la suya y le dijo: Tienes el diablo en el cuerpo.
Sus ojos eran dos hogueras, dos pequeños infiernos ardiendo ante el deseo convertido en mujer. María se quedó desconcertada, una extraña sensación se adueñó de su cuerpo durante un par de segundos. Algo parecido a un relampagueo que recorrió todo su cuerpo en menos de un segundo.
Tienes al diablo en el cuerpo, rezaba la vocecilla que repitió la misma frase un par de veces dentro de su cabeza.
Se levantó de un salto y trató de vestirse mientras aquel hombre la miraba con una sonrisa de perlas lustrosas. Se puso las medias al revés y no acertaba con el cierre del sujetador. Se le cayó el bolso y el contenido quedó desparramado por el suelo. Al recoger el móvil, vio una llamada perdida de Julián, su marido. Se acordó de todos los años de  convivencia con aquel hombre y sintió pena por él. 
Los hombres buenos van al cielo pero se quedan sin follar antes de acostarse.
Se despidió del hombre que le dejó la entrepierna al rojo vivo con un furtivo beso en la mejilla y bajó las escaleras con la imagen de su esposo esperándola en casa con el semblante preocupado. Paró un taxi y se subió sin titubear.

Julián lloraba sentado al lado de su esposa. María tenía los ojos en blanco y comenzó a sacar un líquido verduzco por la boca junto a algunos espumarajos, ¿por qué diablos el demonio tenía que ser tan cerdo? No hacía ni media hora que Julián había cambiado las sábanas. El Anticristo, embutido en el cuerpo de una mujer que antes había sido hermosa, le sonrió mientras le anunciaba la inminente muerte de su esposa. 
-Tan sólo quedan dos días Julián, ¿qué vas a hacer?
Envuelto en lágrimas, Julián lloró durante más de una hora. Fue al comedor, se bebió un vaso de whisky y se quedó dormido en la butaca de su habitación. Mientras, el diablo le ofrecía la mejor de sus sonrisas desde la cama.
Durante toda la noche.

El taxi se detuvo frente a la puerta de su casa. María subió las escaleras totalmente a oscuras y sacó las llaves de su casa, las metió en la cerradura y de repente no recordó nada más.  
Los ojos en blanco, la mente perdida en algún rincón del averno. María entró en trance o lo que algunos expertos llamarían ‘un primer contacto con el diablo’. 
Julián se levantó del sillón y terminó de abrir la puerta. Su mujer le esperaba en la entrada con los pelos erizados y la boca totalmente abierta. Cuando su marido levantó la vista y la miró a los ojos, el vaso que llevaba en la mano se rompió en el suelo en mil añicos.
A partir de entonces, María estuvo en cama retorciéndose en cientos de posturas imposibles, hablando en latín e imitando a un montón de gente, entre ellos al doble de los años sesenta de Groucho Marx. Los primeros días nadie pudo ayudarle, ni su hermana, ni sus amigos, ni ninguno de los médicos que la visitaron. Todos se marcharon corriendo, asustados. Tan sólo lo llamaban por teléfono de vez en cuando para saber cómo andaba su mujer. Julián nunca había sido un hombre religioso pero lo que estaba sucediéndole a su esposa no era normal, no era algo que un hombre con los pies en el suelo pudiera entender, así que después de pensarlo unas cuantas horas, sentado en la butaca enfrente de su cama y con su esposa emitiendo ruidos de animales y sacándole la lengua obscenamente a la vez que le mostraba sus órganos sexuales, se levantó y decidió ir a hablar con alguien en la iglesia del barrio.
El padre Ricardo escuchó con incredulidad lo que le Julián le contó y trató de calmarlo recomendándole que acudiera un especialista en psiquiatría o tal vez, un hipnotizador. El hombre, desesperado, trató de convencerlo para que se acercara un momento a su casa y observara el estado de su esposa, pero el religioso se negó, afirmando que tenía que celebrar una misa en diez minutos. Julián atravesó la puerta con una triste expresión en su cara.

Al día siguiente se despertó en la butaca de su habitación. El diablo lo miraba con los ojos abiertos como platos. Sin parpadear. La grotesca sonrisa que dibujaba en la cara de su mujer no impidió que Julián se levantara y se encarase hacia aquella aberración que ocupaba el cuerpo de María desde hacía unos días.
-¿Porqué no te largas? Deja a mi mujer en paz, todo esto no tiene ninguna gracia.
-No hay nada que tenga gracia, Julián. Tu esposa hizo lo que nunca debería haberte hecho. Es una pecadora, una folladora compulsiva que no duda ni un segundo en abrirse de piernas ante el primero que se ponga por delante. Ahora ha llegado mi turno. Me la estoy follando delante de tus narices y no hay nada que puedas hacer.
El diablo parecía disfrutar con aquello. Julián, extrañado, no sabía de qué le estaban hablando.
-¿Qué mi mujer se acuesta con quién?  
-Realmente eres más tonto de lo que pareces. Omnis peccator pereunt ad pedes meos*. Voy a hacer lo que me plazca con ella.
El cuerpo de su mujer se levantó como si tuviera un resorte en la espalda y se situó a dos centímetros de la cara de Julián. 
-¡Omnis peccator pereunt ad pdes meos! ¡Omnis peccator pereunt ad pdes meos! Tu mujer es mía, hijo de puta.

El mayor error que pudo cometer María fue el de tratar de convertirse en una mujer extremadamente religiosa. La hipotética fuerza espiritual que se inculcó durante todas las horas que pasó de rodillas en la iglesia, aun la hicieron más susceptible y voluble a una incursión espiritual dentro de su cuerpo. La devoción por las deidades divinas, aumentaron su fragilidad y sin quererlo, invitó inconscientemente al diablo a entrar en ella. Por otro lado, la némesis de Dios, se sintió seducida por la causa de una mujer que, aunque convencida de que ascendería al reino de los cielos una vez muerta, no podía dejar de meterse en la cama de otros hombres. La unión del pecado y la redención de un alma que se sentía culpable, se convirtieron en la mejor de las invitaciones para ser poseída.
El rollo que os contaron de las tablas guija, no era cierto.
Pero eso era algo que María nunca le había contado a su marido. Julián pensaba que mientras la madre de su esposa murió en un hospital demasiado aséptico, esta se encontraba en una importante reunión de trabajo. Pero como todas las personas infieles, llega un día en que sus coqueteos con el sexo efímero salen a la luz. 
Aunque esta vez fue el diablo quien reveló su secreto.

El corazón de Julián latía rápido. Demasiado. Con el diablo a dos centímetros de su cara hablándole en latín e informándole de las aventuras amorosas de su esposa, le comenzaron a temblar las piernas. Todo su cuerpo impulsado por el ataque epiléptico de las patas de una araña agonizante. La presencia que habitaba dentro de su esposa abrió la boca y le vomitó encima.
Julián, lleno de vómitos y con las piernas a punto de ceder, trató de llegar a la butaca situada pero cayó al suelo en el intento. El diablo estalló en carcajadas.
-¡Pobre Julián! Aterrado por las palabras de su esposa, ¿tanto miedo te da? Ahora lo entiendo todo. Te da miedo, siempre te ha provocado un sentimiento oculto de pavor. Por eso casi nunca practicas sexo con ella. Por eso la pobre María necesita acostarse con otros.
Otra carcajada hizo retumbar las paredes de la habitación. Julián, comenzó a sentirse realmente asustado, pero a su vez, un sentimiento de odio hacia aquel ser le ayudó a levantarse y a esgrimir el bate de beisbol que reposaba desde hacía años en el hueco existente entre la pared y el armario. El diablo, en un burdo intento de parecer asustado se arrodilló encima de la cama y simuló clemencia. De su boca salieron palabras con la voz de su mujer.
-¿Qué vas a hacer con esto maridito? ¿Me vas a pegar? ¿Es que me vas a pegar? 
Julián estaba decidido a romperle la cabeza a lo que fuera que tuviese delante.
-Me importa una mierda que aún le queden dos días de vida a mi mujer, si ella tiene que morir para que dejes de atormentarnos, que así sea.
Un primer golpe tumbó al cuerpo en la cama. La sangre comenzó a teñir de rojo las sábanas manchadas de vomito. Julián le asestó dos golpes más en la cabeza y tiró el bate al suelo entre gemidos. La mueca de orgullo y socarronería que mostraba el diablo en todo momento había desaparecido. En su lugar, la cara de su mujer era atravesada por una gota de sangre. 
-¡Y ahora qué hijo de puta! ¡¿Qué vas a decirme ahora?! –su voz temblaba.
El cuerpo siguió inerte, sin inmutarse ante la provocación de Julián. Este le tomó el pulso y no lo encontró. Salió de la habitación, se sirvió un vaso de whisky y se lo tomó de un golpe. Volvió a llenar el vaso y corrió de nuevo hacia donde reposaba el cuerpo de su esposa. Volvió a buscarle el pulso. No lo encontró. Estaba muy nervioso. Rompió a llorar. Se mojó un dedo y lo puso debajo de la nariz de su esposa. No había actividad pulmonar. Estaba muerta.  Corrió hacia el mueble bar y se bebió el vaso del tirón. 
Después lo hizo estallar contra el espejo. 
Julián se quedó mirando su imagen, que se multiplicó por todos los fragmentos que se aguantaban en el marco. Unos nueve hombres idénticos a él le miraban con expresión triste. 
Todos menos uno, que con una sonrisa un tanto socarrona, le miraba fijamente a los ojos.










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